Los campos de concentración de Castro
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La impunidad del silencio

HISTORIA
La impunidad del silencio

Raúl Soroa

LA HABANA, Cuba – Enero (www.cubanet.org) – El 1 de enero de 1959 comienza para Cuba la etapa más compleja de su historia como nación. Uno de los elementos más importantes a tener en cuenta al analizar este año es la forma en que Fidel Castro y sus hombres utilizan los medios de información para cumplir sus objetivos de dominación, de asunción del poder absoluto.

Fidel, un estudioso de las experiencias totalitarias europeas, conocía perfectamente el papel que jugaba el control de la información en el proceso de toma y control del poder. Ya su admirado José Stalin había dicho en 1936: “El poder de la propaganda es tan grande que altera la percepción de la realidad”, y él aplicaría esa máxima con verdadera maestría.

Los medios cubanos antes de 1959 no se limitaban a reportar escándalos, chismes y noticias sensacionalistas como se quiere hacer ver hoy. Los debates que se sostenían en la Cámara de Representantes eran informados con detalle a la población, y no existía un tema político, económico o social que escapara al escrutinio de los medios. Desde esos mismos medios Eduardo Chibás y los ortodoxos atacaron, denunciaron y difamaron sin piedad a los gobiernos auténticos. En esos mismos medios, y estando preso en Isla de Pinos, Fidel publicó artículos incendiarios contra Fulgencio Batista. El mismo Fidel no puede evitar reconocer en “La historia me absolverá”, libro basado en su alegato de defensa en el juicio a que fue sometido por el ataque al cuartel militar Moncada, de Santiago de Cuba, en 1953, que en Cuba existía una prensa que era ejemplo de libertad y transparencia.

Durante los primeros meses de 1959, Cuba parecía hechizada por el embrujo de los barbudos liderados por Fidel Castro. El pueblo asistía a un gran espectáculo, muy a la medida del gusto nacional por los culebrones, los buenos de la película, valientes y honestos, que derrotaban a los malos, asesinos, ladrones y torturadores. El guión incorporaba elementos clave, como democracia, libertad de prensa, estado de derecho. Nadie sospechaba lo que tres o cuatro individuos fraguaban a la sombra de tantas promesas y sueños. Muchos creían que iban a realizar sus ilusiones. Todos esperaban algo de la nueva clase revolucionaria.

Para el mundo, los revolucionarios cubanos eran los ídolos del año. Europa deliraba con las nuevas estrellas del firmamento democrático. Eran los héroes del momento, y las democracias occidentales, encandiladas con los jóvenes guerreros, les concedieron total crédito.

El primer síntoma pasó casi inadvertido. Nadie recuerda a ciencia cierta cuándo comenzó aquello de “enemigos de la revolución”. El “jefe” rebelde empezó a decir que revolución era lo que comenzaba ahora, que la recién nacida criatura necesitaba cuidados especiales para sobrevivir. La frase “defensa de la revolución” comenzó a escucharse cada vez con más frecuencia.

Bajo el signo de la “necesaria unidad” se dijo “Elecciones, ¿para qué?” No era el momento de fundar partidos políticos. ¿Para qué? La tarea fundamental era hacer la revolución, defender a la recién nacida criatura, ya habría tiempo para esas cosas.

La mayor parte de la prensa optó por ser delicada en el tratamiento de los nuevos virtuosos gobernantes. El Diaro de la Marina y unos pocos órganos de prensa criticaron lo que estaba pasando, pero sólo fue una minoría, la mayoría se plegó o prefirió esperar.

Le acusaban de ser comunista, y el líder lo negaba una y otra vez. “La revolución cubana es verde como las palmas”. Entre junio y diciembre de 1959, los ministros moderados y el presidente fueron sustituidos. Renacieron los Tribunales Revolucionarios. Si ya se había fusilado a casi todos los sicarios de Batista, ¿para qué hacen falta esos tribunales?, se preguntaron algunos. Entonces ocurrió la primera purga de oficiales rebeldes que denunciaron o se opusieron a la penetración comunista. Eran los más peligrosos enemigos, veteranos de la lucha en las montañas y las ciudades, demócratas, cristianos, anticomunistas.

La lucha por el control de los medios informativos comenzó desde el mismo 1 de enero. Aquéllos que no cedieron, que no se prestaron al juego, cayeron uno a uno. El último viso de libertad informativa se perdió el 13 de mayo de 1960 con el cierre del Diario de la Marina.

El control absoluto de la información, el secretismo comunista, clasificó en Cuba como restringidas, confidenciales o secretas cuestiones lo que hasta el año 59 era de dominio público. En nombre de la defensa de la población, de preservar al pueblo de la contaminación innecesaria del derrotismo, se mintió -y se miente- sin escrúpulos. Ocultar la verdad y exagerar a bombo y platillo las supuestas victorias se convirtió en método de trabajo. Consignas como “¡Silencio, el enemigo escucha!” o “la discreción, un arma de la revolución”, se hicieron habituales y se repitieron en carteles y pegatinas. La crítica quedó terminantemente prohibida. ¿Para qué dar argumentos al enemigo?

Así, nada se supo de los fusilamientos de la Cabaña, de la muerte de Pedro Luis Boitel, de los crímenes que se cometían a diario en el Presidio Político. El silencio de los medios proporcionaba al régimen la necesaria impunidad.

Nada se supo de las Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP), de los centros de tortura, de los asesinatos, de los abusos. Reinaba el silencio más absoluto sobre las arbitrariedades, las persecuciones. Se ocultó y se ocultan los desastres económicos, los disparates y errores, los desatinos y la corrupción de los jefes de la nomenclatura.

Eso sí, se repetían, y hasta el cansancio, con cifras y pelos y señales los robos, la violencia en Estados Unidos, la guerra de Vietnam. Muestras de la decadencia y el próximo fin del imperialismo.

El cine, concebido a imagen y semejanza de su homólogo soviético, para cumplir igual fin que aquél recibió todo el apoyo oficial, y se crea el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica.

En 1961, Fidel aclara a los intelectuales que “dentro de la revolución, todo; contra la revolución, nada”.

Nada escapó al control. El Estado monopolizó todos los medios: el cine, la radio, la televisión, el libro, la prensa escrita. Se creó un país ficticio, una especie de imagen virtual de país, donde todo es perfecto, tan perfecto que resulta, por suerte, increíble para muchos.

Este control le ha servido, además de lograr impunidad, para insultar, degradar, humillar a sus enemigos, presentarlos siempre como la hez de la sociedad, para engañar, mentir, desinformar.

La forma en que Fidel Castro y sus seguidores más cercanos hicieron callar a la prensa cubana, silenciaron una prensa libre, caracterizada por su transparencia y eficacia, por el respeto y defensa de la democracia, merece un estudio más profundo. Este escrito persigue el objeto de llamar la atención sobre este hecho de singular importancia, sin el cual la dictadura totalitaria más larga de la historia latinoamericana no habría podido mantenerse en el poder.

< div>http://cubanet.org/CNews/y06/jan06/23a8.htm

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