Los campos de concentración de Castro
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La Vina del Doctor Castro: Entre el Guao y el Marabu

La Viña del Doctor Castro: Entre el Guao y el Marabú
2006-12-22
Pedro Corzo

Si rectificar es de sabios me estoy aproximando a esa condición de
excepción, porque admito públicamente mi error al interpretar un término
que se usa con extrema frecuencia en este singular universo de la
oposición política cubana en el exterior.

El término de marras es "Reconciliación" y es que en más de una ocasión
había comentado con mis amigos que tal palabra no tenía sentido entre
nosotros porque con la dictadura cubana no era posible tal
acontecimiento y con el pueblo no era necesario porque nunca habíamos
estado en conflicto con él.

Sin embargo, la lectura y el escuchar a varias personas que en su
momento estuvieron asociados al régimen me hizo reconsiderar esa opinión
porque he percibido que junto a los naturales sentimientos de
frustración y amargura que debe producir perder la fe por lo que se ha
luchado buena parte de la existencia cohabita entre algunas de estas
personas mal llamadas desertores la convicción de que solo la vertiente
de la generación que llegó a la adolescencia cuando el triunfo de la
insurrección y que se incorporó al proceso revolucionario, se
encontraban en el camino justo. También he creído percibir en algunos
de ellos cierto resentimiento, animadversión hacia aquellos que no
compartimos su pasado.

Esa percepción me ha determinado a escribir estas líneas porque aunque
no dudo que la mayoría de los jóvenes que se sumaron a la Revolución
estaban asistidos de los mejores ideales- lo comprueba el hecho de que
cuando el castrismo torció el rumbo del proceso muchos empezaron a hacer
oposición y lideraron esta- también es verdad que "todos no eran justos
ni estaban entre ellos todos los justos".

Tal vez las reflexiones que me han provocado lo leído y escuchado no
sea políticamente correcto hacerlas públicas pero aun así creo
imperativo decir mis puntos de vistas al respecto porque coincido con un
artículo que publicó la doctora Hilda Molina en el diario El Nuevo
Herald hace varios años en el que expresaba "es imprescindible que no
nos engañemos y que valoremos objetivamente el pasado y el presente del
país".

Los acontecimientos políticos que se desencadenaron a partir de 1959 en
Cuba mediaron de una forma determinante en toda la vida nacional pero
muy en particular en lo que podemos llamar muy libremente la generación
de los 60. La influencia en los jóvenes de aquellos años -hoy pasamos a
garrocha los 60 por lo tanto tenemos licencia para escribir sobre
ciertas cosas-, alcanzó extremos que no tenían precedentes en nuestra
historia.

Aquella generación se incorporó casi masivamente a la vida política
nacional y una buena parte de ella asumió el discurso oficial como
propio y participó en la imposición a como diera lugar de los conceptos
ideológicos y políticos en boga. Unos practicaron la violencia, el acoso
y la intimidación no solo contra los que rechazaban al nuevo orden, sino
también contra aquellos que en disfrute de un derecho natural se negaban
a involucrarse en la gran marcha al luminoso futuro y otros dieron la
espalda a la realidad y aprovecharon las oportunidades que les ofrecía
el nuevo orden.

No pongo en tela de juicio el sacrificio de muchos de lo conversos.
Algunos creyeron sinceramente en la trinidad, Fidel Castro, Cuba y la
Revolución. Cultivaron la tierra, fueron a alfabetizar, cursaron
estudios en Cuba y en el extranjero, se separaron de sus familiares,
trabajaron con la Seguridad del Estado, se incorporaron a las milicias
para perseguir a los alzados. En fin, lucharon arduamente a favor de lo
que creían y quizás un sinnúmero no se percató que el uso de ciertos
medios hacia imposible que se pudiera construir el paraíso prometido.

Por supuesto que todo no fue cortar caña, participar en actos de repudio
o ir a la Plaza a dar vivas al Mesías. También fueron tiempos de tocar
el cielo con las manos. Se disponía de poder y de todo lo que este se
deriva incluyendo las satisfacciones materiales a las que puede acceder
una nueva clase en un régimen totalitario, viajes, estudios,
intercambios internacionales, embajadas, etc. y los gozos espirituales
de desarrollar proyectos en los que se cree se van a concretar las
ideas que dogmáticamente se suponía que iban a beneficiar a todos
porque, y agrego esto por necesario, de todo ha habido en la viña del
señor Castro.

Fueron decenas de años de entrega y dedicación y no pocos murieron
por defender en lo que creían. El tiempo fue el mejor maestro en
aquellos que en su buena fe se hicieron cómplices de innumerables
tropelías. Con canas, arrugas y achaques tropezaron con la realidad. En
plena madurez se dieron cuenta de lo estéril que había sido el
sacrificio. Habían ofrendado todo por nada y en cierta medida habían
ayudado a empujar la carreta que tiene al país en el borde del abismo.

No tengo dudas de lo azaroso que debe ser aceptar el haberse equivocado
y estar consciente de que se es responsable de esos desaciertos. Por eso
escribo para aquellos que creyeron en el proyecto y que en su corazón no
se han reconciliado con sus errores y culpan en cierta medida a los que
no incurrieron en las pifias. Los que están conciliados con su realidad
no tienen porque sentirse aludidos.

Cuando esa vertiente de mi generación se entregó a su sueño, la otra
parte, en verdad minoritaria, vivió y padeció por sostener ideas
diferentes.

También ellos querían lo mejor para Cuba al extremo que se enfrentaron
a un gobierno que disfrutaba de la simpatía y la militancia de la mayor
parte de la ciudadanía y la admiración casi general de todos los pueblos
y muchos gobiernos en el mundo.

Anhelaban justicia y querían Pan para todos pero bien sazonado de
Libertad. Para ellos el disfrute de una dignidad personal que no fuese
menoscabada por autoridad alguna era fundamental para que existiese una
genuina soberanía popular. Por esas querencias fueron discriminados sin
piedad alguna. Se les expulsó de centros de estudio y trabajo. No
disfrutaron de becar ni planes especiales. Los calificativos de traidor,
vendepatria y gusano les fueron endilgados sin consideración alguna.

Los que practicaban una religión se convirtieron en delincuentes. Se
exhortó a la delación. La Revolución estaba antes que la familia, la
amistad, la fe, la profesión y el que no acatara tal mandato estaba en
contra y por lo tanto era un enemigo. El repudio, 20 años antes que el
conocido proceso del Mariel, fue una dolorosa experiencia para todos.
Gustar de otra música, usar ropas irregulares o cuestionar una
orientación u orden, era una herejía. El sexo se vínculo a la política.
Una inclinación sexual heterodoxa era objeto de severo castigo y de
atroz discriminación.

La salida del país, el desarraigo, el cambio de vida, el alejamiento de
la familia y los amigos junto al aborrecimiento y el desprecio que
conllevaban ciertas despedidas era la injusticia de aquellos que se
proclamaban justos, al extremo que si hoy muchos exiliados
, no todos,
disfrutan de ventajas económicas no dudo que la mayoría hubiera deseado
permanecer en Cuba por tal de no haber enfrentado aquellas traumáticas
experiencias y sufrir en plena adolescencia la perdida de la familia y
empezar a vivir como adultos cuando apenas habían dejado de ser niños.

Pero el exilio fue menos terrible que la prisión política que devoró la
juventud de millares, menos doloroso que aquellos campos de
concentración de la UMAP y los Pueblos Cautivos. La cárcel fue crisol
pero también un quebranta-sueños solo comparable al cruel paredón, a los
desaparecidos en el mar o a la tortura física y moral de la que tantos
fueron objetos.

Creo que un entendimiento sincero entre las dos riadas de esa
generación es más que imperativa para que se pueda producir una
Reconciliación Nacional, pero hay que admitir que la buena fe o la
ingenuidad, las convicciones y la confianza en un liderazgo determinado
no confiere el derecho de imponer convicciones y menos aun, afectar el
derecho del prójimo a que labore por el progreso de sus opiniones.

Me uno a la ya referida exhortación de la doctora Molina de que "no
nos engañemos", porque solo cuando se está dispuesto a aceptar como
maléficas ciertas acciones y se acepta rechazar al Mr. Hide que muchos
llevan dentro, que traidor al País o lacayo de yanquis o rusos eran
calificativos injustos que se sustentaban en la intolerancia de quienes
lo proferían y en el sectarismo que emanaba de las ideologías en que se
militaba no se estará aptos para la Reconciliación.

Mientras algunos sigan creyendo que estaban Iluminados y habían sido
Escogidos para salvar al mundo y que por lo tanto estaban por encima de
las miserias humanas individuales y colectivas que sus actos provocaban,
no estarán listos como un todo para enrumbar la República al sano
equilibrio social que reclama y necesita.

A la Reconciliación no se puede llegar por la amargura del fracaso ni
por la euforia del triunfo, pero menos aun con los restos de una
soberbia que inmuniza ante la pena ajena. No se es mejor por haber
tenido la oportunidad de dar una conferencia en Moscú o Washington. Si
acaso hay alguien sobresaliente es aquel que dio todo lo que tenía por
lo que creía y no dudo que de esos habían en las dos riveras.

Nunca he sido religioso y si algún día lo soy será por convicción y no
por frustración de otras expectativas. La Reconciliación es en mi
opinión un acto de constrición, de arrepentimiento, de autocrítica. Un
análisis sincero de nuestros actos que haga posible, en primer lugar, el
reconocimiento de los errores y disposición a enmendarlos con la
humildad a que solo se llega cuando se sabe que no se es perfecto y que
como actor se es responsable del libreto que se interpretó.

La penitencia de airear nuestros errores y aceptar responsabilidades
éticas y judiciales de existir estas, tal vez sean la única patente que
garantice una Reconciliación que posibilite el renacer de la nación y el
compromiso de Nunca Más permitir que se repitan los horrores del pasado
por muy bellas que sean las promesas y carismáticos sus cantores.

Diciembre 18, 2006.

http://www.miscelaneasdecuba.net/web/article.asp?artID=8232

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