Los campos de concentración de Castro
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La Iglesia cubana vive, sufre, espera y trabaja

Posted on Wednesday, 12.24.08
La Iglesia cubana vive, sufre, espera y trabaja
By JOSE CONRADO RODRIGUEZ ALEGRE, Pbro
Especial para El Nuevo Herald

Una mirada retrospectiva de los últimos 50 años nos mostraría la
presencia, o más bien omnipresencia, de una figura fatal y emblemática
en el escenario nacional: vituperado por unos y ensalzado por otros,
aceptado y rechazado, amado y temido, dentro y fuera de la isla, Fidel
Castro, y el proceso histórico que ha encabezado, han tenido una
profunda repercusión en la vida de todos los cubanos, y también en la
vida de la Iglesia Católica en Cuba, de sus pastores y de sus fieles.

La línea de continuidad entre la Iglesia cubana de 1959 y la Iglesia que
hoy vive, sufre, espera y trabaja en Cuba, es indiscutible. Como
indiscutible es la diferencia entre lo que fuimos y lo que somos. Además
de las dinámicas internas en la vida de la misma Iglesia (citemos a
nivel universal, el acontecimiento del Concilio Ecuménico Vaticano II; y
al regional, las Conferencias del Episcopado Latinoamericano en
Medellín, Puebla y Santo Domingo; y recordemos, a nivel nacional, al
menos, el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) y la visita del Papa
Juan Pablo II a Cuba), está lo que pudiéramos llamar el "avatar
revolucionario'' y los profundos cambios que ha generado en nuestra patria.

El triunfo revolucionario de 1959 fue recibido con efusivas muestras de
apoyo por parte de la jerarquía eclesiástica y de los fieles. La
participación de numerosos laicos, incluso religiosos y sacerdotes en la
lucha contra la dictadura de Batista, generó en la Iglesia, lo mismo que
en las masas populares, un apoyo entusiasta y un profundo sentimiento de
pertenencia a la revolución. La carta del Arzobispo de Santiago, Mons.
Enrique Pérez Serantes, Vida Nueva, es un ejemplo de esto. Se esperaba
una restauración de la democracia y la instauración de la justicia
social, a través de un gobierno justo, finalmente al servicio de la
causa de los pobres. Las cartas y documentos publicados por Evelio Díaz,
administrador apostólico y luego Arzobispo de La Habana y por Mons.
Alberto Martín Villaverde, obispo de Matanzas y por todo el episcopado a
lo largo de 1959, incluso el apoyo a la ley de Reforma Agraria, nos
muestran esa adhesión de la Iglesia al proceso popular revolucionario.

Pero ya el 7 de agosto de 1960, en su Circular Colectiva del Episcopado
los obispos señalan de modo explícito, "el creciente avance del
comunismo en nuestra patria''. La condenación del comunismo es por su
ateísmo, por la persecución contra la Iglesia, y por las graves
violaciones contra los derechos humanos, y además, porque impone un
régimen dictatorial de terror policial, a través del sometimiento de la
economía a la política, con sacrificio de los intereses del pueblo, y
convirtiendo a los ciudadanos despojados del derecho a la propiedad,
"más que en empleados, en verdaderos esclavos del Estado''. Al hacerse
dueño de los medios de comunicación el Estado niega al ciudadano el
derecho a la verdad y le impone sus propias opiniones.

Después de éste y otros documentos críticos, vino el silencio. Cada
declaración de los pastores era seguida por el encarcelamiento y la
represión de los laicos, amenazas y campañas de terrorismo
antirreligioso, expulsión de agentes pastorales… Y culminó con la
expulsión de un obispo y 131 sacerdotes en septiembre de 1961, en el
barco Covadonga.

"El hombre que parecía que iba a abrir todos los caminos es el que ha
cerrado todas las puertas'' la frase, referida a Fidel y atribuida a
Lezama, expresa un sentimiento y una constatación. En abril de 1961,
Fidel mismo declaró el carácter socialista de la Revolución. El gran
delito cometido por los obispos fue decirlo con unos meses de
anticipación, y lo pagaron caro. En año y medio, el desmantelamiento de
la institución no pudo ser mayor: intervención de los colegios
católicos, desaparición de la casi totalidad de asilos, clínicas y
hospitales regentados por las órdenes religiosas, las publicaciones e
imprentas y el acceso a los medios masivos de comunicación.

Esta Iglesia, reducida a su mínima expresión comenzaría un largo
peregrinar en circunstancias adversas. Los primeros años de
confrontación supusieron el abandono de la Iglesia por parte de los que
optaron por la revolución, por las razones que fueran: por convicción,
por arribismo o por temor. Y el éxodo al exterior, que ha significado
una constante sangría para la Iglesia. El ''fervor revolucionario'', y
el carácter mesiánico del marxismo, unido al carisma personal del
''líder máximo'' como movilizador y manipulador de masas, más el control
casi absoluto de la información y de los medios de comunicación, le
dieron al proceso ese carácter cuasi religioso, que se pudo observar
sobre todo en los años 60 y que aún perdura en las regiones más aisladas
y empobrecidas del país. Cuando se habla del carácter "confesionalmente
ateo'' del Estado hasta los años 90, de lo que se habla es de esta
dimensión de "Iglesia militantemente atea'', y por eso, opuesta a toda
otra Iglesia, desde el poder del Estado y con el control absoluto de sus
instituciones jurídicas, legales, económicas y políticas.

Este carácter "religioso'' del sistema, se apoyó además, en la "bondad''
y "elevada moralidad'' del proceso y de sus líderes, dioses a un tiempo
cercanos y lejanos: envueltos en el aura de su fama pública y su vida
personal y familiar, privada, celosamente oculta. Los ideales
internacionalistas, los logros en los servicios sociales (educación,
salud, deportes, atención a los minusválidos) dentro y fuera de las
fronteras nacionales, van acompañados por la imposibilidad de
cuestionamientos o críticas. Por otra parte, se vive el contraste de un
paraíso del que los beneficiarios quieren huir. El resultado final es
una población empobrecida y sumida en la desesperanza, a pesar de sus
ansias de vida mejor en todos los sentidos.

Definir como "persecución religiosa'' lo ocurrido en los primeros años y
pensar que esto terminó en el 61, significaría no comprender bien la
política del Estado cubano con relación a la iglesia y los cristianos.
Se dice que Fidel Castro afirmó "que no haría mártires'', como ocurrió
en otros países comunistas. Lo que significó que habría grandes
restricciones a la actividad de las iglesias, pero sería una represión
de baja intensidad. Cuando se crea la UMAP, (Unidades Militares de Ayuda
a la Producción), en realidad campos de trabajos forzados, sacerdotes,
seminaristas y jóvenes cristianos fueron encerrados en estos campos, con
personas consideradas enemigas de la sociedad (homosexuales, desafectos
de la revolución, alcohólicos).

La revolución se impuso: las nuevas leyes sociales, la promoción de las
clases más pobres y humildes, como la escuela obligatoria y el acceso a
l
os estudios superiores para miles de jóvenes, incluidos los hijos de
los campesinos, el trabajo para todos (llegó a ser obligatorio y el no
trabajar, hasta causa posible de encarcelamiento) formaron parte de este
complejo proceso de 50 años de socialismo fidelista en Cuba. Una amplia
(y agresiva) política internacional, hizo a Cuba estar militarmente
presente en muchos países. Con el final de la Guerra Fría, esa presencia
se ha ido reorientando a campos como la medicina y la educación y, por
supuesto, el lobby político.

La estrategia del miedo

En Cuba no se "cerraron las iglesias'', sencillamente, la gente tenía
tanto miedo a las represalias sociales que entrañaba identificarse como
"religioso'', que dejó de asistir a ellas. Las iglesias se vieron
reducidas a su mínima expresión. Pero sobrevivieron. El largo camino de
la restauración, se hizo posible por el testimonio de esas pequeñas
comunidades, y la labor de los obispos y los pocos sacerdotes,
religiosos y religiosas y por supuesto, por el trabajo de los fieles. La
organización laical más importante, la Acción Católica, fue finalmente
disuelta, a mediados de los años 60. Pero los laicos se hicieron cargo
de la labor catequética, litúrgica, y asistencial, en especial de
ancianos y enfermos, en el seno de la comunidad cristiana. En el año 67,
con su lúcida mirada de profeta, Mons. Enrique Pérez Serantes, volvería
a dar en el clavo, cuando dijo a un visitante extranjero: "llegamos a
confiar demasiado en nuestros colegios y en nuestras instituciones, al
final nos hemos dado cuenta de que sólo Dios basta''.

El pronóstico de una posible desaparición de la Iglesia en el término de
20 años, augurada por un alto dirigente del Partido Comunista, y
curiosamente, por un alto dignatario vaticano, sería ampliamente
desmentida por los hechos. A finales de los años 70, la diezmada iglesia
cubana, comenzaría un serio proceso de reflexión y renovación eclesial,
(la REC, Reflexión Eclesial Cubana), que culminaría en 1986, con el
Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC). La Iglesia, después de un
proceso de concienciación que alcanzó a todos los miembros de la misma,
hasta en las más pequeñas comunidades, se lanza a definir su misión y
los retos que la realidad le plantea. Una reflexión sobre la realidad
nacional, sus dificultades y posibilidades, y la toma de conciencia de
lo que suponía ser cristianos en Cuba, tuvo como resultado un nuevo
esfuerzo evangelizador, que encontró su cauce en la "Misión de la Cruz''.

Con motivo de los 500 años del comienzo de la Evangelización del Nuevo
Mundo, el Papa había propuesto a los obispos latinoamericanos lanzar una
misión por todo el continente, y para ello entregó a cada país, una
réplica de la cruz que Colón trajo a América. Esa cruz, entregada a los
obispos cubanos, caminó por toda la Isla desde el 85 al 92, y dio lugar
a un profundo reencuentro de la iglesia con el pueblo. Las Iglesias
católicas se volvieron a colmar de fieles, y las comunidades se
multiplicaron. Miles de jóvenes y niños, oyeron hablar por primera vez
de Jesucristo. Y muchos de los que abandonaron la iglesia en tiempos más
difíciles, retornaron a ella.

La carta de los obispos El amor todo lo espera de 1993 significó un
aldabonazo, un llamado a la conciencia nacional para arreglar "entre
cubanos'' la grave situación que atravesaba el país. Un urgido llamado
al diálogo y a la reconciliación nacional, que provocó una airada
respuesta gubernamental a través de sus voceros oficiosos. El impacto
popular fue enorme, pero la valiente y sabia propuesta de los obispos
aún sigue siendo desoída por las autoridades gubernamentales. En 1994 el
Papa nombraría un nuevo cardenal para Cuba, en la persona del Arzobispo
de la Habana, Jaime Ortega y Alamino. Ese año, en la visita al Ad Límina
de los obispos cubanos, Mons. Jaime había definido ante el Papa lo
ocurrido en Cuba, y en el mundo comunista, como "el triste despertar de
un sueño arruinado''. Para luego añadir: "salvar ese sueño sería una
quimera, pero sí [se debe] mantener y potenciar los frutos positivos de
esta etapa histórica difícil''.

En 1995 fueron erigidas tres nuevas diócesis, (Santa Clara, Ciego de
Avila, y Bayamo-Manzanillo) que se añadían a la de Holguín (1979). En
1998 le tocó el turno a Guantánamo-Baracoa. Al ser elevada a
Arquidiócesis la de Camagüey en 1999, se completaría el actual estado de
la Iglesia en Cuba: tres sedes arzobispales y 8 sedes episcopales.

En la comunidad católica fue creciendo en todos esos años el deseo de
ser visitados por el Papa Juan Pablo II. Después de arduas
negociaciones, al fin esa visita se pudo efectuar en enero de 1998. El
trabajo realizado por las comunidades superó, incluso, a la misión de la
Cruz. La movilización popular, el sentimiento de libertad, fraternidad y
paz que se respiró en esos días, y en la previa preparación, han hecho
de los "días del Papa'' (21 al 25 de enero) el mayor y mejor recuerdo en
muchos años para muchos cubanos. Las palabras del Arzobispo Primado,
Mons. Pedro Meurice en Santiago, 13 veces ovacionadas por el pueblo
reunido en la Plaza Antonio Maceo, descubrió al Papa la realidad difícil
de la vida del pueblo, sus sufrimientos y esperanzas. El arzobispo hizo
una profunda y valiente radiografía de la realidad eclesial y social,
tocando los problemas más acuciantes, sus causas y remedios posibles.
Nunca sonó más alta ni más clara, ni más universalmente, la voz de la
Iglesia en Cuba.

Retos de un futuro complejo

La iglesia en Cuba enfrenta retos que comprometen su presente y su
futuro. A ese futuro lo llamo complejo y no "incierto'' o "difícil'',
que fueron las primeras palabras que me saltaron a la mente. La Iglesia
tiene cinco de esos retos en:

* La situación de descristianización del pueblo, fruto del ateísmo
estatalmente inducido desde el poder. Esto incluye la pérdida de valores
morales y de motivaciones espirituales, la falta de fe y la presencia de
la desesperanza en buena parte de la población, unido a la ignorancia
religiosa.

* El diálogo y la colaboración con las otras iglesias cristianas, con
las que la iglesia comparte y condivide el servicio espiritual del
pueblo cubano, en especial el servicio de la Palabra Evangelizadora.

* La atención respetuosa y el trabajo constructivo con esa parte del
pueblo que ha accedido a la fe religiosa a través de la "piedad
popular'', de carácter sincrético, y cuya referencia institucional pasa
por la Iglesia católica.

* La apertura e integración en la realidad cubana de la isla de los
cubanos del exilio, en parte considerable de origen católico.

* La articulación e implementación de canales de participación de todos
los cubanos, creyentes o no, en un diálogo verdaderamente nacional, de
carácter metapolítico, y que pueda iniciarse desde ahora e incrementarse
en el futuro, como un camino de reconciliaci&#
243;n religiosa y social, que
incluya también a los no creyentes. Esto supondría una relectura
creativa de nuestra historia y una propuesta de acción y reflexión que
nos permita superar divisiones, exclusiones y demonizaciones, que han
hecho de nuestra patria "una tierra triste, como tierra tiranizada y de
señorío''.

Una iglesia que se atreviera a transitar por este camino, con humildad y
valentía, permitiría revertir el presente difícil e incierto, en un
futuro luminoso y posible, basado en el respeto y aceptación de las
diferencias, y de los diferentes, neutralizando todo intento de
hegemonización opresivo y excluyente. Un diálogo así sería la mejor
plataforma para una democracia pluriforme y abierta.

http://www.miamiherald.com/1321/v-fullstory/story/825918.html

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