Los campos de concentración de Castro
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Cuba, política y homosexualismo

Publicado el lunes, 09.20.10
Cuba, política y homosexualismo
By ALEJANDRO ARMENGOL

Asumir la identidad, desde el punto de vista de la preferencia sexual,
se convirtió en una causa de disidencia en Cuba. Pero no siempre fue
necesario aparentar lo contrario –también desde el punto de vista
sexual–, sino convencer de que se era revolucionario. Aunque a nadie se
le permitió gritar a los cuatro vientos que era homosexual, a un grupo
privilegiado se le permitió serlo sin problema.

Mientras abundan los relatos de los que sufrieron persecuciones y fueron
marginados, merece también una novela la descripción de las
complejidades y los temores de quienes disfrutaron de los beneficios del
poder, pero al mismo tiempo sabían que su “defecto'' podría ser
esgrimido en cualquier momento, para ponerlos en apuro o arrancarles sus
privilegios.

No me refiero simplemente al escritor, artista o funcionario que en
determinado momento cayó en desgracia por sus preferencias sexuales para
luego ser “reivindicado''. Hablo del recuento de lo ocurrido al que
nunca molestaron, que vivió de forma escurridiza aceptando una dualidad
más o menos desafiante. Quien fue, al mismo tiempo, vencedor de las
circunstancias y cautivo de no poder expresar a las claras su
orientación sexual.

La represión a los homosexuales en Cuba tiene dos características que
con frecuencia se confunden. Una es la más conocida: la persecución al
ciudadano por sus preferencias sexuales. En esto el gobierno de la isla
no se diferenció de otros regímenes totalitarios. Hitler, por ejemplo,
mandó a los campos de concentración a la mayoría de los homosexuales
alemanes, quienes anteriormente habían conocido una época de abierta
libertad sexual durante la República de Weimar. La creación de las
Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) representó el ejemplo
clásico, pero no el único: las condenas a prisión, las redadas, las
vejaciones y las expulsiones se extendieron por un período que abarca
antes y después de la existencia de la UMAP.

Durante los años de persecución declarada, predominaron dos actitudes
ante los homosexuales: la línea dura consideraba que eran depravados; la
vertiente liberal argumentaba que eran enfermos. En ambos casos, el
Estado se consideraba en la obligación de actuar contra la
“anormalidad''. El cambio vino no por voluntad gubernamental, fue
impuesto por las circunstancias. En la crisis del Mariel, declararse
homosexual –fuera verdad o mentira– equivalía a ser expulsado del
país. Fue en ese momento que los verdaderos homosexuales le ganaron la
batalla a Fidel Castro. Hasta entonces el gobierno había intentado
“curarlos'' o “reformarlos''. De ahí en adelante se declaró vencido.

Al igual que en otros regímenes totalitarios, la persecución homofóbica
en Cuba tuvo su origen en un objetivo unificador –el afán en acabar con
lo diferente–, pero también fue guiada por esa evaluación machista que
caracteriza al homosexual como un “enfermito'', alguien fácil de
aniquilar o doblegar. Resultó todo lo contrario. La victoria implicó un
cambio en la escala de valores de los cubanos. En una sociedad
tradicionalmente machista, muchos fingieron “partirse'' con tal de
abandonar la isla. Ser “afeminado'' pasó de ser un estigma a
convertirse en un privilegio. A Castro no le quedó más remedio que
pactar. Pero el cambio de actitud que implicó ese pacto dejó fuera el
segundo aspecto de la represión homofóbica.

La segunda característica de esta represión es que no fue hacia todos
los homosexuales, sino entre los homosexuales. En este caso, la
fidelidad o vinculación con el régimen fue utilizada como patente de
corso. Parodiando una frase muy repetida, “todos los homosexuales eran
iguales, pero habían algunos más iguales que otros''. Así existieron
determinados refugios, sobre todo en los organismos culturales, como la
Casa de las Américas, el ICAIC y el Ballet Nacional. Se consideraban
“nidos de locas'', pero también sitios vedados.

El homosexual “respetado'' ejerció una doble función: su impunidad era
a la vez un privilegio y una burla.

Despertaba el desprecio, pero también la envidia a los ojos del
militante de esquina, machista y resentido. Simbolizaba una esperanza
torcida para el otro, el que compartía con él igual orientación sexual
pero se veía excluido por criterios políticos.

Para muchos homosexuales, la disyuntiva no fue entre ser “macho'' o ser
“loca'', sino entre ser un revolucionario “pasivo'' o “activo''. Fue
por ello que la homosexualidad actuó como un intensificador de las
actitudes revolucionarias y contrarrevolucionarias.

No es la primera vez que me refiero a este tema, y trato de ampliar el
concepto del “closet'' mucho más allá de la preferencia sexual. Me
llama la atención el relativo éxito que ha tenido el gobierno cubano,
sobre todo en la esfera internacional, en su intento de reducir la
represión –y en especial en el caso de los escritores– a los
homosexuales. Sin embargo, en algunas esferas del campo cultural –a
diferencia de lo que ocurría en la educación y el ejército, por
ejemplo– la orientación política expresada en la fidelidad absoluta al
responsable del organismo, y no la sexual, fue el criterio definitorio.

aarmengol@herald.com

http://www.elnuevoherald.com/2010/09/20/v-fullstory/805363/alejandro-armengol-cuba-politica.html

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