Los campos de concentración de Castro
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El epitafio del dictador

El epitafio del dictador
Domingo 05 de Septiembre de 2010 20:07 Bertrand de la Grange

Fidel Castro no ha "resucitado" para expiar sus culpas, porque no
reconoce ninguna. Y si ahora admite su responsabilidad política en la
"gran injusticia" cometida en los años 60 con el confinamiento de miles
de homosexuales en Cuba, se autoabsuelve del pecado enseguida: "En esos
momentos no me podía ocupar de ese asunto". Vivía a salto de mata "para
escapar a la CIA" y, en cualquier caso, no tenía "ese tipo de
prejuicios", ha dicho Castro a La Jornada en una entrevista que ha
llevado a sus huestes al éxtasis —"¡qué grandeza de liderazgo aceptar
una equivocación!", escribió un lector, embobado por tanta pulcritud moral—.

Pues parece que no es cierto y que, sí, el Comandante tenía esos
prejuicios. Varios blogueros han revisado los innumerables e
interminables discursos pronunciados por Castro y han encontrado una
perla. Fue el 13 de marzo de 1963, en la conmemoración del VI
aniversario del asalto al Palacio Presidencial, celebrado en la
escalinata de la Universidad de La Habana. Allí denunció los "shows
feminoides" y los "árboles torcidos". "La sociedad socialista no puede
permitir ese tipo de degeneraciones", dijo una y otra vez ante un
público que le reía las gracias machistas.

Y, para reeducar a esos "degenerados", fueron creadas las Unidades
Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). Unos 25 mil cubanos pasaron
por esos campos de trabajos forzados entre 1965 y 1968, hasta que las
protestas de varios intelectuales extranjeros afines a la revolución
obligaron a cerrarlos. No terminó allí la represión contra los
homosexuales. Muchos fueron obligados a exiliarse cuando el Gobierno
aprovechó el éxodo del Mariel, en 1980, para deshacerse de más de 125
mil cubanos que le estorbaban. Y, hasta hoy, siguen las redadas
ocasionales. Además, a finales de los años 80 y en los 90, cientos de
pacientes seropositivos fueron encerrados en los llamados sidatorios,
donde se les aislaba del resto de la población, como se hacía con los
leprosos en otras épocas.

¿Estaba realmente el jefe de la revolución tan ocupado como para ignorar
esa realidad? Sería subestimarle. Él estaba enterado de todo y tenía una
opinión "científica" sobre todo. ¿Por qué se descuelga ahora con esas
mentiras? Castro ha logrado irritar a varios colectivos gays que se
habían quedado callados hasta ahora. Los brasileños, incluso, amenazan
con llevarlo a la Corte Penal Internacional de La Haya por "crímenes
contra los homosexuales".

Al dictador retirado no parece importarle mucho ese tipo de reacciones.
Él está por encima de esas nimiedades, del bien y del mal. En esa
segunda vida que le ha dado la medicina —no la cubana, que casi lo mata,
sino la española, que lo salvó—, el octogenario intenta limpiar su
expediente para los libros de historia. Quiere que triunfe su versión de
los hechos y, últimamente, se ha dedicado a escribir, o dictar, nuevos
capítulos autobiográficos. Su obsesión con "la inminencia" de una
conflagración nuclear, que provocaría la destrucción del planeta, es
parte de esa campaña para revindicar su propia figura. Su militantismo
antinuclear de hoy busca hacer olvidar que, hace casi 50 años, él
intentó convencer a los soviéticos de que lanzaran una guerra atómica
contra los Estados Unidos.

Todos sus esfuerzos no lograrán borrar los testimonios y sus propios
discursos. En ese sentido, Internet es un instrumento fabuloso para
desenmascarar las manipulaciones de los académicos o periodistas que
colaboran en las operaciones de maquillaje de la historia. Fidel Castro
tiene, sin embargo, un punto a su favor: ha tenido medio siglo para
hacer desaparecer las huellas de sus crímenes. Ha mandado destruir todos
los documentos comprometedores e, incluso, ha acelerado el tránsito al
otro mundo de muchos de sus más cercanos colaboradores, desde Che
Guevara, el general Arnaldo Ochoa o el coronel Tony de la Guardia hasta
José Abrantes y Manuel Barbarroja Piñeiro, que compartían con él los
secretos nauseabundos del régimen.

A los hermanos Castro no les pasará lo que a la Stasi alemana, que no
tuvo tiempo de destruir casi nada de su enorme archivo cuando se
derrumbó el muro de Berlín. Y tampoco lo que a Wikileaks, que tanta
admiración suscita en Fidel. En la Cuba castrista no hay filtraciones
porque no hay documentos. Sólo hay un hombre que intenta torcer la
historia para escribir su propio epitafio.

http://www.diariodecuba.net/opinion/58-opinion/3092-el-epitafio-del-dictador.html

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