Los campos de concentración de Castro
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Para colaborar con Mariela Castro (II)

UMAP, Homosexuales, Represión

Para colaborar con Mariela Castro (II)

Segundo de una serie en seis partes, sobre las atrocidades sufridas por
quienes fueron enviados a las UMAP

Félix Luis Viera, México DF | 23/08/2011

Los gritos de "¡De pie!" se escucharon antes del amanecer. Algunos de
los hombres, también gritando, dijeron que no sabían qué significaba "De
pie". Los soldados llevaban lámparas de mano y recorrían el barracón
instando a levantarse. Algunos de ellos pateando con fuerza el piso
mientras repetían "antes del amanecer, antes del amanecer".

El barracón estaba rodeado de jeeps y tres o cuatro camiones del
Ejército. Los faros de estos ofrecían la única luz. Serían en total 80 o
90 hombres. En la penumbra, los soldados repartieron un pedazo de pan
con algo que debía ser mantequilla. Algunos de los citados exclamaban
"". Un soldado, sobre todo ése, cuando escuchaba esta expresión
respondía en alta voz: "¡En el ejército no hay sindicato!".

Debieron subir a los camiones en medio de la oscuridad. De nuevo, en los
extremos de la plancha iban soldados con fusiles. El silencio, el
silencio de los hombres, se podía tocar, si descontamos algunos
quejidos, rezos, suspiros. Se escuchaban realmente los ruidos de los
motores, de algún ave nocturna, de las ramas pegando contra los
laterales de los camiones: el camino era de tierra y estrecho, lo decían
los baches.

Antes de la parada final, los camiones se detuvieron. Reanudaron la
marcha cuando el sol ya apuntaba. Finalmente, fueron a dar a una
explanada rectangular cruzada por las líneas del ferrocarril. Allí
estaban otros militares, que "recibieron" a los encartados de mano de
los anteriores. Arrimaron a los hombres hacia un lado, los amontonaron
más bien custodiados por un grupo de guardianes con fusiles en posición
de Apunten. Se sintió a lo lejos el ruido de una locomotora, que al fin,
cuando pasó, resultó ser de color negro, antigua, de vapor, y que
arrastraba una ristra de vagones de carga, cerrados. El convoy se detuvo
y dos soldados, que tenían aires de jefe, fueron hasta uno de ellos y
regresaron con otros militares que cargaban unas calderas grandes que,
luego se sabría, contenían leche. Una leche acuosa, tibia. No todos los
citados traían vasos y esto demoró el trámite: unos debieron esperar a
que terminaran de beber los otros, los que sí traían vasos.

Ya en la claridad, fue posible ver que el promedio de los citados se
hallaba magullado, con las ropas renegridas de churre y cagarrutas de
chivo, y el miedo en toda la cara. Unos, extrañamente, habían acudido a
la citación vestidos de blanco.

Los soldados ordenaron hacer una fila paralela a los últimos vagones, y
cuando la avanzada de los reclutados llegó justo a la entrada del
primero de estos últimos, que tenía la puerta abierta, mandaron a subir.
Uno de los hombres, gordo más bien, de pelo y piel rojizos, quizás de 25
años de edad y que cuando estaban repartiendo la leche se había hecho
llamar María Elena, dijo entonces: "Yo no puedo subir", mientras
mostraba sus manos ocupadas con sendos maletines y, agarrada contra una
axila, una bolsa de tela. Se apartó de la fila. Un soldado se le acercó
moviendo la cabeza de un lado a otro. Lo conminó rozándole el pecho con
la culata del fusil. Pero el de pelo rojizo negó con la cabeza y, con
varios gestos de cara, volvió a llamar la atención sobre su equipaje. El
soldado silbó llamando a uno de sus pares que se encontraba lejano de la
fila. Éste se acercó y a una orden tomó los dos maletines del pelirrojo
y los impulsó hacia dentro del vagón. Y abrió la bolsa de tela. Era un
osito de peluche, muy gastado, raído, rosado un día. A una orden, el
soldado que se había acercado lanzó el osito lejos, contra la yerba.

Los laterales de las líneas estaban rellenos de piedras filosas,
sobresalientes. Para los hombres de más edad, para los más pesados, para
los menos preparados físicamente en fin, no resultaba sencillo subir,
desde las estelas de piedras que atemorizaban a la vez que dificultaban
el equilibrio, de un solo movimiento al piso de los vagones, como
querían los soldados. Uno, que luego diría se llamaba Agustín San Román,
muy alto, delgado, mulato, de unos 30 años de edad, trastabilló y fue de
rodillas contra las pierdas. Se quejó en silencio. Cojeando, recogió sus
pertenencias y las deslizó hacia dentro del vagón. Dos de los que ya
estaban dentro lo ayudaron, tuvieron que arrastrarlo hacia sí.

Cuando ya todos habían subido, aparecieron por un camino enyerbado,
enfrente, otros camiones de donde los escoltas hicieron bajar a grupos
semejantes. Pasaron por el mismo proceso, leche incluida desde las calderas.

Cuando ya los últimos en llegar habían subido, las puertas de los
vagones, sin , continuaron abiertas. Y unos minutos después se
escuchó el ruido propio de otras que se abrían; eran las de los vagones
delanteros. Voces que llegaban desde allá. Gritos de los soldados que
hacia allá, lejos, acarreaban otras calderas de leche.

En un rincón del vagón que ocupaba, María Elena se mesaba su diezmada
cabellera rojiza, sentado sobre sus dos maletines. Tenía la vista
perdida en el piso, repleto con los cuerpos de sus compañeros de viaje.

Si se miraba hacia los cuatro puntos cardinales no se veía a nadie que
no fueran los soldados y los citados.

Se escucharon gritos que avisaban que ya iban a cerrar las puertas. "El
tiempo apremia", gritaba uno de los que venían dando la orden a los que
se hallaban apostados en las puertas.

Era la media mañana del domingo 19 de julio de 1966.

En el vagón que le había tocado, uno de los hombres, de unos 20 años de
edad y cuya cabellera debió de ser frondosa —negra era— antes de pelarse
al rapado, como exigía la citación que lo había llevado hacia donde
estaba ahora, gritó casi:

"Los golpes se pueden cobrar, pero no hay vida que alcance para cobrar
la humillación".

http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/para-colaborar-con-mariela-castro-ii-267317

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