Los campos de concentración de Castro
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La utopía y los kilómetros

Utopía, Socialismo

La utopía y los kilómetros

La utopía, como hoy sus rastrojos, hizo del largo y tortuoso camino una
de sus divisas

Haroldo Dilla Alfonso, Santo Domingo | 12/03/2012 11:00 am

A la salida de Alamar, sobre la Vía Blanca, hay un cartel que indica que
Matanzas está a 86 kilómetros y Varadero a 186. Lo vi en una foto que me
envió un amigo y que ahora encabeza este artículo.

Miré la foto un buen rato, tratando de imaginar la razón de esas cifras
tan discordantes que colocan a Varadero a 100 kilómetros de Matanzas,
cuando todos sabemos que si tomamos la excelente carretera panorámica
que une a ambas ciudades, la distancia es de poco más de 30 kilómetros.

Me incliné a pensar que fue un error de alguna persona que tuvo que ver
con el cartel, y de ahí para arriba. Pero, para hacer las cosas más
complicadas, me otorgué una licencia divagadora e imaginé que la
información había sido manipulada ex profeso por alguien que consideró
la pertinencia de otro camino, más largo y trabajoso.

Pues efectivamente, hay una posibilidad de hacer ese recorrido por unos
186 kilómetros, más o menos. Si a la altura de Peñas Altas, en lugar de
tomar la vía costera, nos adentramos por la añeja y angosta carretera
central, pasamos Gelpi, Limonar y Coliseo; y en Jovellanos torcemos al
norte hasta Carlos Rojas y Cárdenas. Y de ahí, a Varadero, siempre
teniendo cuidado con la peligrosa curva del cementerio que todos los
cardenenses vinculan con algún accidente aparatoso y fatal. Es un
recorrido, cuando menos, aburrido, escoltado por planicies de tierra
roja repletas de cañaverales y pueblos tristes. Es además, largo y
peligroso.

Si alguien quiso indicar este camino para llegar a Varadero, hizo algo
realmente estúpido, pero no inusual en Cuba, donde en los últimos 50
años se han escogido los caminos más largos, severos y tortuosos como
una forma de probar a los caminantes. Y de producir una suerte de
selección artificial de súbditos templados (como el acero) en las
mayores adversidades, pero capaces de continuar imaginando una marcha
indetenible hacia la utopía.

Y entonces la utopía, como hoy sus rastrojos, hizo del largo y tortuoso
camino una de sus divisas. Para alcanzar algo había que pasar trabajo,
pues lo que se obtenía fácilmente, aún cuando fuese inobjetablemente
fácil, no merecía ser considerado virtuoso.

Conozco una anécdota muy ilustrativa. En los tempranos 60 ––cuando aún
se podía hablar de una revolución— estuvo en Cuba un sociólogo inglés
que asesoraba el desarrollo de un sistema de poblamientos rurales que
—dos metas loables— facilitara la provisión de servicios básicos y
redujera la dispersión de la población campesina. Cuando presentó sus
resultados a la comisión estatal encabezada por Osvaldo Dorticós, este
le preguntó la razón por la que los asentamientos estaban ubicados cerca
de los principales nudos viales y poblacionales. El experto le explicó
que era una manera de conseguir los propósitos al menor costo, pues ello
suponía ahorros sustanciales en las inversiones infraestructurales.

Narra el sociólogo que el presidente subalterno no lo dejó terminar la
explicación. Simplemente le recordó que la validez de una obra
revolucionaria se medía por el mayor esfuerzo para conseguirla. "Todo
aquí hay que hacerlo, espetó, con el mayor esfuerzo". Lo que obviamente
implicó el desperdigamiento de las comunidades por un vasto territorio
sin más justificación que el arrebato ideológico de unos nuevos
dirigentes que ofrecían la austeridad plebeya como el ethos de la nueva
sociedad.

Es el problema de las utopías. Se imaginan a sí mismas fundando algo,
cambiando radicalmente al mundo, sin entender que los principales
cambios en el mundo han sobrevenido por procesos metamórficos que han
usado muy discretamente sus utopías. Los seres humanos nunca hemos
podido prescindir de ellas, y creo que seguiremos elaborándolas en el
futuro. Pero coincido con Karl Popper en que cuando se superponen a sus
sostenedores, cuando cobran vida propia, o cuando se atascan en las vías
de la historia, producen, como el sueño de la razón en los caprichos de
Goya, monstruos insaciables.

La utopía en Cuba —y esa brutal acumulación originaria de moral que
produjo— sirvió por igual para hacer una campaña de alfabetización que
para fusilar muchas personas sin garantías mínimas; para promover una
intensa movilidad social de las mayorías que para meter en las
ergástulas de la UMAP a cuanta persona fuera considerada extraña a sus
propósitos; para abrir la puertas de una educación masiva de buena
calidad que para frustrar a los educandos que terminaron largándose del
país o sumiéndose en una resignación aniquiladora.

Es la historia que todos vivimos de una u otra manera: ejercicios
militares incomprensibles, trabajos voluntarios costosos e
improductivos, ropas monocolores y zapatos rígidos, escuelas en el campo
que perjudicaban a todo el mundo, túneles faraónicos de concreto en una
ciudad que se cae a pedazos, alimentación aburrida y asignada, toda una
gimnasia política que llegó a su paroxismo en los 90, cuando Fidel
Castro intuyó que solo le quedaba la retórica y un enemigo: el
imperialismo. Y que convirtió al cansancio y a la extenuación en
mecanismos de dominación política.

Hoy pocos hablan de utopías. El propio Partido Comunista apenas menciona
la palabra socialismo. La revolución se ha convertido en una suerte de
caja de pandora que incluye todo y por eso no significa nada. Solo unos
pocos izquierdistas doctrinarios siguen hablando de la utopía, como una
perfecta excusa para mirar al vacío sin prestar atención al mundo real
en que malviven. Para poder seguir confiando en una regeneración
socialista y revolucionaria de lo que nunca fue socialismo y hace mucho
tiempo dejó de ser revolución.

Pero en este tema, estimado lector, cada cual debe cargar su propia
cruz. Y, por si acaso viaja usted rumbo a esa utópica península de
Hicacos, no se deje confundir por el cartel y siga por la vía costera.
Al fin y al cabo los principales instigadores de los largos y tortuosos
caminos, como nos sugiere el cartel de Alamar, hace mucho tiempo
aprendieron a usar los atajos que los están llevando al disfrute de los
nada discretos encantos del mercado desde la atalaya del poder político
incontestado.

http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/la-utopia-y-los-kilometros-274851

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