Los campos de concentración de Castro
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Quién es y a qué juega Jaime Ortega?

Iglesia

¿Quién es y a qué juega Jaime Ortega?
Iván García
La Habana 19-03-2012 – 9:25 am.

Unos ven al Cardenal como un árbitro imparcial. Para otros, juega con la
cancha inclinada hacia las posiciones del régimen.

Si el papel del Cardenal Jaime Ortega Alamino fue rescatar a la Iglesia
nacional de la ignominia y el olvido a la que durante tres décadas la
condenó Fidel Castro, entonces su misión ha sido cumplida.

La historia de la Iglesia católica después de 1959 es un culebrón de
odio y ostracismo dirigido por unos barbudos de verde olivo que veían al
clero como aliado natural de la burguesía criolla y enemigo ideológico
del carril comunista tomado por la revolución el 16 de abril de 1961.

El comandante único expulsó a decenas de monjas y curas del país,
nacionalizó escuelas católicas, prohibió publicaciones religiosas y
castigó a cientos de devotos, destrozándoles su futuro profesional y
académico.

Con las misas y festividades apagadas por decreto estatal, las
parroquias se vaciaron y sus curas, demonizados, vivieron una larga
travesía por un sendero plagado de consignas anticlericales.

Un entonces joven Jaime Ortega (Jagüey Grande, Matanzas, 1936), sufrió
la intolerancia en carne propia. En 1964 fue obligado a cortar caña y
marabú en un campo de castigo de la Cuba profunda.

A esos campamentos, conocidos por la sigla UMAP (Unidades Militares de
Apoyo a la Producción), además de religiosos, fueron a parar
homosexuales, roqueros y jóvenes indiferentes que no colaboraban en la
construcción de la nueva sociedad.

Luego, en una de esas inauditas volteretas políticas, Fidel Castro dejó
de hostigar a los templos y optó por la estrategia de aliarse con su
antiguo adversario.

Corría la década de 1990, los años duros del "período especial", una
crisis económica estacionaria que dura ya 22 años, y la URSS con su
petróleo, su armamento y los millones de rublos en subsidios que por
tubería enviaba a Cuba, dijo adiós a la estrafalaria doctrina marxista.

Castro se adaptó a los nuevos tiempos. E hizo de la iglesia y su recién
nombrado Cardenal Jaime Ortega un aliado táctico. Aunque no se puede
decir que Ortega ha sido siempre un socio cómodo. No.

En 1993, cuando los cubanos sufríamos apagones de 12 horas y pasábamos
hambre y caíamos enfermos, el Cardenal y la Iglesia católica cubana
emitieron un crítico documento, El Amor todo lo puede, que diseccionaba
la dura realidad social del país.

En sus movidas de ficha posteriores, Ortega ha sido más prudente. Por no
decir timorato. Y a pesar de sus posiciones ambiguas, una parte del
clero ha seguido haciendo un discurso a favor de cambios sociales y
políticos.

Recordemos a Monseñor Pedro Meurice, que sin temblarle la voz, en enero
de 1998, en una plaza abarrotada de Santiago de Cuba y teniendo de
espectadores al Papa polaco Juan Pablo II y a un irritado General Raúl
Castro, ofició una misa condenando la falta de libertades en el país.

Mientras eso sucedía, el Cardenal consolidaba sus relaciones con el
régimen. Se dice que Jaime Ortega, gran aficionado al béisbol, basa su
juego a largo plazo. Y que en lo más íntimo considera que tiene
destinado un papel, el de salvador de la nación.

La hora del Cardenal llegó de forma un tanto inesperada. De carambola.
La muerte en prisión, producto de una huelga de hambre, del disidente
pacífico Orlando Zapata Tamayo y las vibrantes marchas callejeras de las
Damas de Blanco, en 2010, pusieron en jaque al régimen.

Por lo que se sabe, no fue iniciativa de Ortega propiciar un diálogo que
aflojara la tensión entre las Damas y las autoridades. Partió de Castro
II la decisión de utilizar como intermediario a su comodín estratégico.

El régimen, en su afán de ignorar a la disidencia y no reconocerla
públicamente, utilizó al Cardenal como interlocutor. El General estaba
contra la pared. Una fuerte campaña internacional amenazaba con desoír
sus reformas económicas, urgentes y necesarias para darle algo de
oxígeno a su estancada revolución.

El juego de Castro con Ortega resultó exitoso en su intento de lavar la
imagen del régimen y coger un poco de aire. Solucionó varios problemas.

Para soltar lastre y ganar cierto reconocimiento mundial, autorizó a
caminar a las Damas de Blanco sin agobios ni golpizas por la 5ta.
Avenida habanera, y excarceló a los prisioneros políticos de la
Primavera Negra de 2003. A modo de culminación, gestionó con el
canciller español, Miguel Ángel Moratinos, el destierro a España del
grueso de los opositores excarcelados.

Durante toda esa jugada, Jaime Ortega fue quien dio la cara. Era él
quien llamaba por teléfono a las precarias cárceles donde se encontraban
presos los opositores para anunciarles su "liberación".

El papel desempeñado por el Cardenal ha sido polémico. Por un lado,
disidentes liberados y sus familiares aprueban su gestión. Pero sectores
de la oposición y del exilio, condenan su falta de agallas por no
plantearle al General Raúl Castro, mirándole a los ojos, la imperiosa
necesidad de reformas políticas en Cuba.

Algunos opositores ven a Ortega como un árbitro imparcial. Para otros,
juega con la cancha inclinada hacia las posiciones gubernamentales.
Estos últimos ponen de ejemplo la misa oficiada por la salud de Hugo
Chávez en la iglesia de la Catedral, y que no haya sido capaz de
celebrar una tras la muerte de Laura Pollán o Wilman Villar (aunque
recientemente haya visitado en prisión a Ernesto Borges Pérez debilitado
por una huelga de hambre).

El Cardenal no se contenta con ser un simple mensajero. Aprovechando los
espacios abiertos, el Arzobispado de La Habana organiza conferencias con
personalidades del patio o extranjeras, y publica revistas como Espacio
Laical, donde se llama al diálogo entre todos los cubanos.

Pero pocos logran intuir qué se propone el Cardenal con sus maniobras. A
ratos parece un aliado de Castro II y un enemigo de la disidencia interna.

Quizás su diplomacia sea muy sutil, pues juega sus bazas con un dúo de
autócratas que son conspiradores en estado puro. O, a lo mejor, está
jugando en una liga que le queda grande. Si Jaime Ortega es un fantoche
o una persona que actúa por el bien de la nación, se sabrá con el tiempo.

La iglesia, al igual que el partido comunista, no es dada a la
transparencia. El misterio y la maquinación son habituales en su forma
de actuar. En eso se parecen bastante.

http://www.diariodecuba.com/cuba/10169-quien-es-y-que-juega-jaime-ortega

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