Los campos de concentración de Castro
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La verdadera realidad cubana (I)

La verdadera realidad cubana (I)

junio 11, 2012

Yusimí Rodríguez

HAVANA TIMES — Desconfíe de títulos como este. Desconfíe de cualquier

texto que intente decirle una verdad absoluta sobre algo, sobre todo si

ese algo es Cuba.

Tome un dado en sus manos e intente ver sus seis caras al mismo tiempo.

La verdad es como un dado, pero con más caras. Esto tampoco es una

verdad absoluta, ni comprobada, es apenas mi opinión. Por tanto,

desconfíe también.

Hace casi dos meses, el país conmemoró otro aniversario de la Victoria

de Playa Girón, lograda contra tropas mercenarias que invadieron la Isla

por Bahía de Cochinos. En el mes de abril, el espacio televisivo de la

Mesa Redonda dedicó uno de sus programas a este hecho histórico.

Confieso que solo veo el programa en ocasiones especiales. Esta no era

una, pero el televisor estaba encendido y lo escuchaba desde la sala de

mi casa. La invitada principal de aquella tarde era Nemecia, la niña del

poema "Los zapaticos blancos," del Indio Naborí. Esa niña es ahora una

mujer de más de sesenta años.

Por mucho tiempo no supe que Nemecia era real. Estudié el poema en la

primaria, pero solo en un reportaje sobre el Sexto Congreso del Partido

Comunista de Cuba, celebrado en el 2011, vi en carne y hueso a la

protagonista del poema. Ahora, la escuché contar su historia en la Mesa

Redonda.

Nemecia fue muy pobre antes de 1959. Su madre apenas lograba mantenerla

a ella y a sus hermanos. Nunca pudo comprarle zapatos blancos, ni de

ningún color. Al escucharla, pude imaginar lo que fue la llegada de la

Revolución cubana, a la vida de los habitantes de aquella comunidad.

Y justo cuando empezaba a salir el sol para Nemecia, llegó la invasión

mercenaria. Nemecia supo que el país estaba siendo invadido, de la forma

más directa. El transporte en que viajaba con su madre y sus hermanos

fue alcanzado por los bombardeos. Su madre murió frente a ella. Sus

hermanos fueron heridos.

A lo largo de mi vida, Girón ha sido un hecho lejano, cantaleta

triunfalista del discurso oficial, que tuve que aprenderme para un

examen de historia en cuarto grado: "Girón, primera derrota del

imperialismo yanqui en América, 19 de abril, de 1961." Punto. Ahí

termina Girón para mí. Nací en 1976. No estuve allí para vivirlo. Por

suerte.

Para Nemecia, Girón es cada día que recuerda a su madre. Todos los días.

¿Cómo se recupera una de haber visto, a los doce años, a su madre morir

en un ataque mercenario? No lo sé. No sé si una se recupera. Nada que

pueda imaginar me acercara a lo que sintió Nemecia.

Escuchándola, recordé una escena de la película "Ché, el argentino," de

Steven Soderbergh: el Guerrillero agradece la invasión de Playa Girón,

porque unió más al pueblo en torno a Fidel. Nadie sabe para quién trabaja.

¿Cuestiona Nemecia alguna vez los errores cometidos por los mismos

líderes que trajeron a su vida la luz de la Revolución, los atropellos

contra los homosexuales; los que se comenten ahora contra quienes exigen

cambios; que la Constitución de 1940 nunca fue restablecida (como

prometiera Fidel Castro)? Supongo que no. Y la entiendo.

En Cuba, los términos "disidente" y "opositor" han sido transformados

por el poder en sinónimos de "mercenario." Quienes exigen libertad de

expresión, de asociación, de prensa, son catalogados por el gobierno de

mercenarios, sin derecho a réplica. Ya sabemos lo que la palabra

"mercenarios" debe traer a la mente de Nemecia.

Visité la comunidad de Pon, en la provincia de Pinar del Río, en el año

2002. Allí, los campesinos no contaban con agua corriente ni

electricidad. Debían sacar agua de un pozo; existía un solo televisor

colectivo, que funcionaba gracias a un panel solar. No sé si las cosas

en Pon habrán cambiado, pero había que escucharlos hablar de Fidel

Castro en aquel momento, en aquellas circunstancias: "Gracias a Fidel,

se acabó el desalojo"; "Gracias a Fidel, mis hijos no pasan hambre";

"Gracias a Fidel, tenemos tierras."

Esa era su verdad, y no podía evitar que me conmoviera su agradecimiento

hacia la Revolución cubana, a pesar de que en pleno siglo XXI tuvieran

que sacar agua de un pozo; aunque sintiera que la vida se acababa a las

siete de la noche, cuando oscurecía, y quedaba aquel televisor colectivo

como única opción.

Conozco a un hombre de 67 años que describe a Fidel Castro como "el

único presidente que le dio dignidad a este país." En su adolescencia,

antes de 1959, lo expulsaron de una playa por ser negro.

Más tarde, durante años, no pudimos entrar a las instalaciones

turísticas, no por ser negros, mulatos o blancos, si no por ser cubanos.

A mi amigo esto no le pareció indigno, sino necesario.

También le pareció necesario que durante mucho tiempo los cubanos (que

tuvieran suficiente dinero) no pudiesen adquirir carros, excepto si eran

artistas, deportistas de alto rendimiento o miembros del Consejo de

Estado; que solo fuera posible comprar una casa de manera ilegal.

Si el Estado no ha pedido disculpas por habernos privado de esos

derechos, "es que era necesario". Si tampoco se ha disculpado con los

homosexuales expulsados de las universidades, de sus centros de trabajo,

enviados a las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) es que

también era "necesario."

Tampoco es indigno, sino necesario, que los cubanos requiramos un

permiso especial para salir del país. Cuando eso cambie, si es que llega

a cambiar, como se anunció durante el Sexto Congreso del Partido,

tampoco recibiremos una disculpa.

Mi amigo de 67 años participó en la campaña de alfabetización, sembró

café, aplaudió al gobierno cuando se eliminó incluso la pequeña

propiedad privada que existía en el país, "como último vestigio de la

burguesía." Esa fue la justificación de entonces.

Mi amigo formó parte de aquel proceso. Aquello no puede haber sido un

error, porque también sería su error. Sus horas de trabajo voluntario

donadas a la Revolución no pueden haber caído en el vacío. Los que

murieron en Angola, no pueden haber dado su vida en vano.

Aunque la casa se le esté cayendo encima, aunque su jubilación simbólica

le dure exactamente diez días, necesita seguir creyendo en aquel futuro

mejor que le prometieron los líderes en 1959.

Lo más cercano a esa promesa fueron los años ochenta del siglo pasado;

es triste escucharlo hablar de esa época, cada vez más lejana,

convencido de que regresara, mientras sobrevive gracias al invento,

nuestra forma eufemística de llamar a las pequeñas actividades

pseudo-ilegales que garantizan la subsistencia.

Mi amigo es uno de los tantos jubilados que venden jabitas (sin

licencia), periódicos, el café de la cuota, o lo que les caiga en las

manos, pero que nadie le hable mal de la Revolución y sus líderes,

porque aún tiene fuerzas para "pelear por esto" y pulmones para gritar

consignas.

Continuará…

http://www.havanatimes.org/sp/?p=65614

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