Los campos de concentración de Castro
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El legado de la intransigencia

El legado de la intransigencia

Miriam Celaya | La Habana | 27 Mar 2013 – 11:56 pm.

'Salir al paso', combatir la 'blandenguería', la 'tendencia al

individualismo', la homosexualidad, las creencias religiosas, las

'desviaciones pequeño burguesas'… ¿Cuánto daño hizo (o hace) a la nación

la loada 'intransigencia revolucionaria'?

Digamos que desde hacía tiempo no escuchaba en los medios oficiales la

frase maldita, (aunque debo admitir que no soy exactamente una seguidora

de dichos medios). De cualquier manera, también los discursos la han

estado omitiendo, evitándola con disimulo, como quien elige soslayar en

lo posible las expresiones duras del período estalinista anterior a

1989. Sin embargo, hace pocos días, durante la transmisión de un

noticiero, una joven y elegante locutora la mencionó y sentí que cayó en

mis oídos con la fuerza de una bofetada: "quedó demostrada en la

actividad la 'intransigencia revolucionaria' que caracteriza a nuestro

pueblo".

Intransigencia revolucionaria, dijo la muchacha, y su rostro, lejos de

mostrarse ceñudo y fiero, lucía el entusiasmo feliz de quien alude a un

mérito invaluable.

Es sobrecogedora la carga negativa de la palabreja y de algunos de sus

sinónimos –intolerancia, fanatismo, obstinación, testarudez,

pertinacia–, pero comprendo que ninguna palabra es mala en sí misma. De

hecho, casi todos nos negamos a transigir en algunas cuestiones

esenciales o de principios, sin que ello suponga dañar a los demás y sin

que tal actitud encierre una deliberada, insuperable rigidez de

espíritu. Sin embargo, el contexto marca las diferencias. En lo

personal, me enferma el recuerdo de toda la pesadilla que trajo consigo

la práctica de la intransigencia revolucionaria como vehículo de terror

y de control social en tiempos que, quizás ingenuamente, preferimos

asumir como pasado.

Repasemos brevemente algunas formas de expresión de esa estrategia

oficial llamada intransigencia, que signó la vida de todos en la Cuba de

los Castro y en virtud de la cual cada cubano debía delatar al compañero

ante la menor sospecha de que aquel no apreciara suficientemente el

proceso y a sus líderes o no mostrara el celo o entusiasmo (también

revolucionarios) adecuados en cada circunstancia:

"Salir al paso", incluso a las mínimas manifestaciones de crítica

–aunque fuesen veladas o moderadas, que éstas solían ser las más

"peligrosas"–, ya fueran dirigidas al gobierno, a las disposiciones

oficiales, a un simple militante del PCC, etc.; combatir la

"blandenguería", la "tendencia al individualismo" y ciertas

"aberraciones" como la homosexualidad, o azotes tan enraizados y dañinos

como las creencias religiosas de cualquier denominación; demostrar

claramente el rechazo a las "desviaciones pequeño burguesas" tales como

el gusto por los artículos, las modas, la música, etc., de los países

capitalistas, en especial de EE UU (pecados que clasificaban como

"diversionismo ideológico" y entre los cuales el uso de jeans, escuchar

la música rock y tener la melena larga se contaban entre los más

graves); y muchas más. Ni qué decir de reconocer algún tipo de opinión

política diferente de la línea cuidadosamente monitoreada desde Moscú.

El daño pasado y presente

Debido a la aplicación de la intransigencia como estrategia al servicio

del poder, en la Isla se han producido crímenes como los paredones de

fusilamiento, las Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP),

las Escuelas al Campo, la discriminación y hostigamiento a individuos y

grupos por motivos de credo religioso o por sus preferencias sexuales,

los mítines de repudio en cualquiera de sus diferentes gradaciones –que

aún persisten–, la anulación de la sociedad civil independiente y de la

prensa libre, y muchas otras variantes diabólicas destinadas a encerrar

en el puño de hierro del totalitarismo hasta el menor atisbo de voluntad

ciudadana.

La intransigencia ha sido la madre de la censura en la literatura, el

cine y otras manifestaciones del arte y la cultura, e igualmente ha

amordazado la creación y la iniciativa en todas las esferas de la vida

nacional. No por casualidad Ernesto Guevara es considerado el paradigma

de la intransigencia y de lo que debía ser el "hombre nuevo".

Podríamos hablar de otros eventos desastrosos que nos ha legado la

intransigencia a lo largo de nuestra historia, incluyendo ejemplos de

todas las etapas anteriores a 1959, pero me temo que el recuento se

haría demasiado extenso. Si prefiero referirme a la etapa llamada

"revolucionaria" es porque fue después de aquel engañosamente luminoso

enero cuando ser intransigente se generalizó al establecerse como

política y se convirtió en un rasgo de decoro y de reconocimiento

social. Muchos lo aceptaron, otros tantos callaron y todos,

absolutamente todos, temieron. Por eso pudo hacer tanto daño.

Es así que quedé perpleja cuando una sonriente locutora de apenas

treintitantos años de edad pronunció el vocablo maligno, y me estremecí

ante el poder regenerativo de la perversidad del sistema que trata de

perpetuarse como una costra en la psiquis de ciertos individuos de

nuevas generaciones.

¿Sabrá esta muchacha cuánto dolor ha producido a la nación el

revolucionario intransigente? Desde entonces y en lo adelante, combatir

la intransigencia revolucionaria se ha convertido en un punto permanente

de mi agenda personal.

Perdonen los lectores si tal decisión me hace parecer un tanto

intransigente.

http://www.diariodecuba.com/cuba/1364424996_2377.html

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