Los campos de concentración de Castro
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Sin rostro ni obituario: los muertos de las UMAP

Represión

Sin rostro ni obituario: los muertos de las UMAP
Manuel Zayas | Nueva York | 6 Mayo 2013 – 7:22 am.

La dinastía Castro quiere que los nombres de las víctimas queden en familia.

Al terminar el año 1965, Ramón Lamadrid parecía un muchacho alegre. El
día de Navidad se reunió con sus amigos en el restaurante habanero 1830,
en cuyos jardines se tomó las que serían sus últimas fotos. Un mes
después, aquel joven de 18 años era un rebelde en fuga, escapado de un
campo de concentración. Y como tal, recibía unos disparos en el vientre.

“Él fue el primer monaguillo de San Juan de Letrán. Yo entré allí en el
59 o 60 y él fue el que me enseñó a ayudar en misa”, me escribió su
amigo Alex Hernández desde Miami. El muchacho “se ganaba la vida como
mensajero de la farmacia Rojas, cuya dueña era Célida Rojas y estaba
justo al lado de la bodega La Mascota, en [las calles] G y 17. Su
bicicleta era parecida a la que sale en la película Pee Wee”.

“A Ramoncito le dispararon al salir de la casa de su madre en Marianao,
el 24 de enero de 1966. Le tiraron y le agarraron el bajo vientre los
jenízaros de la policía militar castrista porque se había fugado del
campo de concentración de la UMAP en Camagüey unos días antes”.
Malherido “lo llevaron al Hospital Naval, donde dos semanas después
falleció. Las únicas que lo iban a ver allí fueron Dulce, Regina y
Rosalía Álvarez”, quienes frecuentaban la iglesia de San Juan y eran
vecinas de la farmacia donde el muchacho trabajaba.

Ramón Lamadrid fue uno de los 30.000 jóvenes cubanos considerados
desafectos por el régimen que fueron enviados entre 1965 y 1968 a los
campamentos de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP).

“Nunca conocí a la familia de Ramoncito ni fui a su casa ni supe donde
vivía exactamente, pero estudiamos en la misma primaria de G entre 15 y
17, en lo que había sido la Escuela Baldor. Yo vivía por allí, en 17
entre F y G, con mis abuelos y padres hasta que en 1973 nos mudamos a
México”, relata Hernández, quien no puede olvidar la historia del
compañero muerto. “Lo enterraron en el panteón de Dulce María
González-Lanuza, que en aquel tiempo era directora del catecismo en San
Juan de Letrán.”

Según fuentes oficiosas, el saldo del horror de las UMAP dejó como
resultado 72 muertes por torturas y ejecuciones, 180 suicidios y 507
personas enviadas a hospitales siquiátricos. El escritor Norberto
Fuentes ha sido portavoz de esas cifras. El régimen cubano ha preferido,
en cambio, mantener esos números en el mayor secreto.

Archivo Cuba, un proyecto de registro de víctimas de la represión del
régimen cubano, tiene documentada la historia de Ramón Lamadrid entre
nueve casos de ejecuciones extrajudiciales o deliberadas y de
desapariciones relacionadas con las UMAP.

A sabiendas de que no han sido las únicas muertes que se sucedieron
allí, el registro de los nombres de las víctimas, de sus historias o de
alguna memoria gráfica, resulta una tarea difícil por la falta de
libertad de prensa y la inexistencia de una justicia independiente en la
Isla, a lo que se suma el secretismo del régimen cubano, que no ha
permitido una investigación ni la apertura de sus archivos.

La historia de Ramón Lamadrid es solo un ejemplo del encubrimiento con
que se han asociado las muertes violentas de las UMAP. De entre los
escasos nueve casos documentados, el suyo es el único que se acompaña de
memoria gráfica: unas fotografías facilitadas por un amigo constituyen
la única fe de vida de cómo lucía aquel joven de 18 años en las lejanas
navidades de 1965. En su ficha de Archivo Cuba se señala lo que parece
ser otra incógnita: la causa de la muerte no aparece reflejada en su
certificado de defunción.

‘Consejos de Guerra’

Un discurso pronunciado por Fidel Castro en la escalinata de la
Universidad de La Habana el 13 de marzo de 1966 ya había puesto en
alerta a la población cubana de la existencia de aquellos campamentos.
El Máximo Líder se había explayado, amenazante.

Justo un mes después, la opinión pública resultaba tan desfavorable a
las UMAP que el Gobierno echó a andar su maquinaria de propaganda, la
prensa oficial, la única permitida en Cuba. Es así que en un mismo día,
el 14 de abril de 1966, las ediciones de los periódicos El Mundo y
Granma publicaron sendos reportajes a página completa sobre los campamentos.

Mientras elogiaba las bondades de las UMAP, el reportaje de Granma
señalaba que los abusos cometidos allí fueron resueltos mediante
Consejos de Guerra.

“Cuando comenzaron a llegar los primeros grupos que no eran nada buenos,
algunos oficiales no tuvieron la paciencia necesaria ni la experiencia
requerida y perdieron los estribos. Por esos motivos fueron sometidos a
Consejo de Guerra, en algunos casos se les degradó y en otros se les
expulsó de las Fuerzas Armadas”, escribió el periodista oficialista Luis
Báez.

En el reportaje de Granma no se hablaba de la naturaleza de los abusos,
ni de cuántos oficiales fueron sancionados con degradación o expulsión
del Ejército. Ni se mencionaba siquiera el nombre de Ramón Lamadrid,
muerto violentamente poco tiempo atrás. En aquel párrafo se le ponía
inicio y fin a la crueldad de las UMAP: eso era lo que el periódico del
partido único se permitía hablar de los crímenes cometidos en aquellos
campos de concentración cubanos.

Más de tres décadas después, el profesor e investigador cubanoamericano
Emilio Bejel escribiría en el libro Gay Cuban Nation: “Aunque no es
fácil obtener documentación precisa, es conocido que inicialmente
algunos reclutas fueron tratados tan inhumanamente que algunos oficiales
responsables fueron luego ejecutados”. ["Although precise documentation
is not easy to obtain, it is known that initially some recruits were
treated so inhumanely that some of the officials responsible were later
executed."]

En septiembre de 2012, Bejel participó en un panel sobre la situación de
los gays bajo Castro, organizado por la Biblioteca Pública de Nueva
York. Intrigado por aquellas ejecuciones mencionadas por el profesor y
conociendo el reportaje de Granma donde se decía que la única condena
que tuvieron aquellos oficiales fue la expulsión o la degradación
militar, me acerqué a preguntarle a Bejel cuáles eran sus fuentes. En su
libro hacía hincapié en lo difícil de obtener documentación, pero a
seguidas señalaba las ejecuciones como hecho “conocido”.

—¿Cómo supo de esas supuestas ejecuciones a los responsables? —pregunté.

—Yo no dije que todos los responsables fueran ejecutados. Solo algunos
—me respondió, corrigiéndome de memoria.

—De los Consejos de Guerra mencionados en Granma no se dice eso. Se dice
que los responsables de los abusos fueron degradados o expulsados del
Ejército. ¿Dónde leyó usted que fueran ejecutados?

—No sé, figúrate. Es que es muy difícil obtener documentación. Envíame
ese documento —y se despidió.

Un corresponsal extranjero se cuela en un campamento

Hacia agosto de 1966, la existencia de aquellos campos de trabajo
forzado era la comidilla entre diplomáticos y corresponsales extranjeros
en La Habana. Solo la prensa oficial había informado escuetamente de los
abusos, pero ya era vox pópuli que las injusticias no habían terminado
con los Consejos de Guerra, ni con la expulsión de algunos militares al
mando. El escritor inglés Graham Greene, que entonces visitaba la
capital cubana, narraría sobre ello.

Pero el más intrépido de los corresponsales fue, sin dudas, Paul Kidd,
quien aprovechó su credencial de periodista canadiense para viajar por
toda Cuba y entrar a uno de los 200 campamentos de las UMAP “ubicado
cerca del batey El Dos de Céspedes”, en Camagüey.

En un escrito, Kidd definiría esa experiencia como única para un
periodista occidental, “la de poder seguir la pista de un campo de
trabajo forzado escondido en un exuberante campo de azúcar en el centro
de Cuba”.

Después de 12 días en el país, el corresponsal de Southam News Services
era expulsado, supuestamente por haber fotografiado armamento antiaéreo
en el malecón habanero y por fingir ser un diplomático canadiense, según
el régimen cubano, que se cuidó en extremo de mencionar la visita
clandestina de Kidd a un campamento de las UMAP.

En contacto con Judy Creighton, viuda de Paul Kidd, supe que él había
muerto el 13 de febrero de 2002. “Como corresponsal extranjero para
Southam News de Canadá, Paul viajó extensamente por Europa, el Medio
Oriente y fue reportero en Washington y Naciones Unidas antes de ser
enviado a Latinoamérica. Creo que amó esa designación de seis años como
ninguna otra”, me escribió Creighton.

“Después que fue ordenada su salida de Cuba, viajó a México desde donde
transmitió las fotografías a agencias de noticias de todo el mundo.
Entiendo que recibieron amplia cobertura”, precisó la viuda de Kidd.

Y en efecto. El 9 de noviembre de 1966, la agencia de noticias United
Press International (UPI) transmitía al mundo la primera noticia sobre
los campamentos de las UMAP. El despacho, firmado por Paul Kidd, se
hacía acompañar por fotografías de su autoría, “las primeras imágenes
sin censurar tomadas dentro de uno de aquellos establecimientos”.

Una versión más completa de esa noticia circuló años después dentro de
un artículo del mismo autor.

“Por trabajar un promedio de sesenta horas semanales —escribió— los
confinados recibían 7 pesos al mes, apenas el precio de una comida medio
decente en Cuba. Excepto cuando se esforzaban trabajando bajo la mirada
de un guardia armado en un campo cercano, los confinados usualmente
permanecían en el campamento por al menos seis meses. Supuestamente
elegibles para una breve licencia después de noventa días, a pocos
reclutas de las UMAP se les permitía visitar a sus familias hasta que
hubieran estado en el campamento el doble de ese tiempo”.

Y anadió: “El sistema de disciplina era simple. Los confinados que no
trabajaban, no recibían alimentación. Y a menos que su trabajo llegara a
la norma asignada, no se les autorizaba salir. En el segundo domingo de
cada mes, a los confinados se les permitía recibir visitas de sus
familias, que podían traerles cigarrillos y otros pequeños artículos. Si
un confinado no obedecía órdenes, esos objetos eran retenidos. Los
informes de brutalidad física en los campamentos circulaban ampliamente
en Cuba”.

El corresponsal resumió la existencia de las UMAP como una fuente de
mano de obra casi esclava, hecha a la medida.

Paul Kidd recibió el Premio Maria Moors Cabot de 1966, que otorga la
Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia. El PEN de
escritores canadienses concede cada año un premio con su nombre, el Paul
Kidd Courage Prize.

Verde Olivo y otros misterios

Después de que el corresponsal canadiense fuera expulsado, la revista
Verde Olivo, órgano de propaganda del Ministerio de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias, publicaba un reportaje elogiando las bondades de esos
campamentos y reseñaba un acto que “desbarataba una vez más la sarta de
mentiras echadas a rodar por los enemigos de la Revolución que trataban
de presentarla como una institución de sometimiento”.

El singular acto consistió en la premiación a algunos “macheteros” de
las UMAP con la entrega de “motocicletas, refrigeradores, radios y
relojes”, además de la imposición de medallas a “cuadros de mando”. Este
sería el tono de los próximos reportajes de la publicación militar
cubana. En sus páginas tampoco habría espacio para las víctimas.

Escasa documentación oficial ha circulado sobre aquellos campos de
trabajo forzado. Pero entre la que he encontrado, una que llama mi
atención: una carta enviada desde las Oficinas del Primer Ministro en la
que se le notifica a una madre que “se ha dispuesto dar cuenta de su
petición al Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias” a su
solicitud de investigación por la muerte de su hijo.

Esa carta aparece reproducida en el libro La UMAP: el gulag castrista
(Universal, Miami, 2004) de Enrique Ros, y documenta lo que parece ser
otro caso de muerte misteriosa: la de Cayetano Berto Rafael Ramírez
Benítez, un joven de “débil complexión”, que fue ubicado en el
campamento de las UMAP de “entronque de Cunagua”, y que fue “castigado
reiteradamente por el sargento Biscet”. “Bajo fuerte afección nerviosa
fue trasladado al Central Pina y de allí al hospital Psiquiátrico de
Camagüey, donde murió.”

“Nunca el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias respondió a
la solicitud de la madre de Berto Rafael”, dice una nota de Ros al pie
del facsímil de la carta oficial fechada el 20 de octubre de 1967 y que
lleva la firma de Celia Sánchez, ayudante de Fidel Castro.

Esos nombres de muertos son los que ninguno de los hermanos Castro
quiere pronunciar. Tampoco Mariela Castro, directora del Centro Nacional
de Educación Sexual, quien había prometido una investigación a fondo de
aquellos crímenes.

http://www.diariodecuba.com/cuba/1367784014_3109.html

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