Los campos de concentración de Castro
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Los nombres que los Castro no quieren mencionar

Los nombres que los Castro no quieren mencionar
Viernes, Junio 7, 2013 | Por Leannes Imbert

LA HABANA, Cuba, junio, www.cubanet.org – En 1965, una madre cubana
gritó, con dolor e impotencia: “¿Habrá alguien, que no sea Dios, con
poder suficiente para arrancarle a una madre su hijo, sin decirle
siquiera para dónde lo lleva?”. Entonces esa madre ignoraba que Fidel
Castro y su pandilla tenían el poder para hacerlo.

Hace algunos años, la sexóloga Mariela Castro Espín dijo, para la
revista Alma Mater, que “había pedido que la protección de la
Constitución de la República de Cuba incluyera explícitamente a los
homosexuales”, para evitar la discriminación de que eran víctimas. Y más
adelante, el ex presidente Fidel Castro admitió públicamente su
“responsabilidad” por las conocidas UMAP (Unidades Militares de Ayuda a
la Producción). Entonces, los ilusos creyeron que la revolución cubana
comenzaba a cambiar, después de larga represión e injusticia, y que se
proponía tomar el camino correcto.

Pero se trataba solo de otra jugada para limpiar los nombres de los
ancianos comunistas, y pretender que saldaban su deuda con los
centenares de inocentes que habían sido víctimas de su intolerancia, su
odio y su maldad.

No hay dudas de que uno de los grupos sociales que más sufrió (y sigue
sufriendo) la represión del régimen cubano ha sido la comunidad LGBT
(Lesbianas, gays, bisexuales y transgéneros). A partir de 1959, fueron
muchos los horrores perpetrados contra esta comunidad, contra la cual la
dictadura se ensañó de modo muy especial. Por ejemplo, las redadas
policiales, en 1962, contra proxenetas, prostitutas y “pájaros”
(homosexuales), conocidas como “La noche de las tres P”, o el Primer
Congreso de Educación y Cultura, en 1971, que decretó el despido masivo
y la condena al ostracismo de artistas e intelectuales “de vida amoral
y extravagante”; o la aprobación, en 1974, de la ley 1267, que condenaba
el “homosexualismo ostensible”, etc.

En las UMAP, creadas en noviembre de 1965, fueron confinados unos 25mil
hombres, sobre todo en edad militar, dentro de los que se encontraban
religiosos, homosexuales y disidentes, que fueron catalogados como
parásitos, vagos y antisociales, mediante uno de los peores engendros
“legales” de los Castro.

En los últimos años, este régimen (que es el mismo de siempre y continúa
en manos de la misma familia) ha simulado que intenta resarcir aquel
horror, sacando a la luz obras de artistas homosexuales que antes había
condenado al ostracismo, al exilio y al suicidio; o rindiendo homenajes
póstumos que, ante los ojos de quienes no hemos podido perdonar tanto
odio y abuso, por los cuales no se ha pedido ni siquiera una disculpa,
no aparecen sino como otra de sus comedias de pésimo gusto.

Muchos, sean o no homosexuales, se preguntan si algún día lograremos que
los impunes dictadores admitan sus crímenes y se dispongan a pagar por
ellos, sean, entre otros, las 72 muertes por torturas y ejecuciones, los
180 suicidios, o los 507 enviados a hospitales psiquiátricos, que, según
el escritor Norberto Fuentes, han reflejado las fuentes oficiosas.

¿Tendrán el valor de mencionar, uno por uno, los nombres de sus víctimas
y los hechos que, como decía Manuel Zayas, en un artículo del pasado 6
de mayo, “no sólo los hermanos Castro, tampoco Mariela se atreve a
mencionar”?

Me pregunto si antes de partir de este mundo, los dos ancianos Castro
tendrán el coraje y la decencia de colaborar con la “exhaustiva
investigación” que supuestamente lleva a cabo el CENESEX (Centro
Nacional de Educación Sexual), para relatar la verdadera historia de sus
víctimas, y no sólo de las más conocidas como Arenas, Lezama, Piñera,
Cabrera Infante, Padilla, sino también la de cientos de confinados en
las UMAP, como René Ariza, José Mario, Héctor Aldao, el pintor Aníbal,
Jorge Ronet, Félix Luis Viera, Emilio Izquierdo (hoy dirige la
Asociación de ex confinados UMAP), Bernardo Aloma Ortiz (cuya madre,
Clara Ortiz, me ha contado sobre los horrores que padeció su hijo en
aquellos campamentos), el dramaturgo Héctor Santiago, Luis Becerra
(estudiante de 16 años de Santa Clara), Jorge Blondín Iparraguirre
(protestante de 26 años y trabajador agrícola del central Washington),
Julio Rivero (oficinista de Santa Clara), Rigoberto González (homosexual
de 40 años, dueño de un taller automotor), Pedro Bernia (campesino
evangelista de 20 años de edad), Manuel Valle (de la Logia de Orfelos,
de 20 años de edad), Eurípides Ferrer (estudiante de Cabaiguán, de 23
años), Víctor Soriano (obrero fabril de Cienfuegos), Guillermo Jiménez
(de Ranchuelo, 30 años), más un larguísimo etcétera.

Es cierto que aquellos campos de trabajo forzado causaron dolor no sólo
a los homosexuales y sus familiares, sino también a “artistas,
bailarines, testigos de Jehová, aristócratas, católicos, desertores del
Servicio Militar Obligatorio, vagos, proxenetas y poetas”, como ya lo
narró Félix Luis Viera. Pero, como homosexuales de hoy, nos corresponde
sacar a la luz todo aquel horror que a muchos les hizo recordar el libro
Los hombres del triángulo rosa, de Heinz Heguer, que narra la manera en
que los nazis alemanes cargaron con los homosexuales en Berlín y los
llevaron al campo de concentración de Sachsenhausen.
Los “judíos” de la dictadura cubana

Ya lo dijo una vez Jean Paul Sartre: “A los homosexuales cubanos les
tocó ser los judíos de este proceso”. Y estos son los nombres que los
Castro no quieren mencionar, los nombres de inocentes, víctimas,
personas que no habían cometido delito alguno, o si eran responsables de
alguno, sería el de profesar una religión, o de tener orientaciones
sexuales calificadas de prejudiciales por las autoridades de gobierno, o
de expresar modas y maneras que no se avenían con el proyecto de
alcanzar, en un futuro lejano, ese sueño del Hombre Nuevo, que, como
tantos otros venidos del mismo lugar y momento de la historia, nunca
llegó a realizarse.

Las UMAP fueron un engendro fascista que el CENESEX no tendrá manera de
justificar. Como bien dijo el autor de Un ciervo herido, “no fue un acto
defensivo, no fue una medida para enfrentar esta u otra posibilidad de
agresión presente o futura, fue, simplemente, un acto atentador contra
personas inocentes, una acción discriminatoria que tiene su origen en la
enjundia excluyente del sistema político que concibió esta afrenta”.

Cuando ex confinados de la UMAP se dieron cita, el pasado 3 de marzo, en
Estados Unidos, y expresaban que de alguna manera hubo pecado también
en el hecho de que muchos cubanos se quedaron sin hacer nada cuando
ellos comenzaron a gritar con todos sus pulmones que “los
revolucionarios estaban violando sus derechos”, con la esperanza de que
otros vinieran en su ayuda, tenían absoluta razón.

Coincido con ellos en que el miedo a la ira de los Castro, el miedo a la
muerte, fue lo que impidió a muchos enfrentarse a la tiranía en aquel
momento. Hoy, en nombre de la generación de homosexuales y luchadores
que anhelamos la libertad, me pregunto, como algunos sobrevivientes de
la UMAP, ¿qué podemos hacer para que esa historia no se repita?

Creo que la respuesta es simple: Aunque es cierto que el exilio cubano
(así lo expresó Héctor Santiago), por un problema tal vez de prejuicios
moralistas, no ha sabido hacer hincapié en el tema de la discriminación
y la represión que han sufrido los homosexuales en Cuba, pienso que los
que aún estamos en la Isla y los hermanos de la diáspora debemos
emplazar, juntos, al régimen para que admita sus crímenes y pague por
tanto dolor.

Se sabe que el régimen hizo desaparecer muchos documentos y pruebas,
para borrar las huellas del sufrimiento que infligió sistemáticamente a
tantas personas inocentes. Pero se equivocan los Castro si creen que lo
lograrán. Los cubanos no olvidaremos ese capítulo de nuestra historia y
continuaremos insistiendo en que, al menos, quede claro quienes fueron
los responsables de tanto horror, aunque mueran sin pedir disculpas.
Las víctimas y sus familiares no pueden, ni deben, olvidar.

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