Los campos de concentración de Castro
We run various sites in defense of human rights and need support to pay for more powerful servers. Thank you.

Los de enfrente

Los de enfrente
CAMILO LORET DE MOLA | Miami | 26 Sep 2013 – 10:14 am.

Fuera de Cuba y a lo largo de los años, músicos, escritores y
funcionarios afines al castrismo se han reunido con el escritor y
político Carlos Alberto Montaner, acusado de ‘terrorista’ por el
régimen. ¿Cómo han sido esos encuentros?

La propaganda oficial no escatima epítetos para presentar constantemente
a Carlos Alberto Montaner como un importante miembro de “la mafia cubana
de Miami”, alguien con un pasado violento —terrorista— y un presente
dedicado por entero a perjudicar los intereses de los cubanos de la isla.

Sin embargo, sorprende que, a pesar de este esfuerzo, muchos de los
artistas e intelectuales que residen en Cuba, junto a varios
funcionarios oficiales, busquen encuentros con Montaner durante sus
viajes al exterior.

Algunas de estas reuniones han trascendido públicamente; otras se han
manejado con discresión por temor a represalias contra quienes han de
regresar a la Isla.

Montaner no maneja ningún lobby de influencias gubernamentales, ni se
encuentra dedicado a una labor de proselitismo y zapa para promover la
deserción de los cubanos que visitan otros países. Prueba de esto es que
ninguna de las personalidades que han mantenido encuentros informales
con él ha terminado rompiendo sus vínculos con Cuba o cambiando sus
posiciones políticas.

Son más bien reuniones con un “amable enemigo” para conocer el otro lado
del problema cubano, o para contarle y hasta defender con pasión sus
puntos de vista.

Ningún testimonio es mejor que el de propio Montaner para tratar de
identificar la causa de esta preferencia.

¿No temes perjudicar, si los mencionas, a los artistas o intelectuales
que se han reunido contigo a lo largo de los años?

Por el contrario. Los intelectuales y artistas cubanos de la Isla deben
terminar con el miedo que trata de infundirles el Gobierno. Por
dignidad, deben negarse tajantemente a continuar haciendo informes sobre
las conversaciones que mantienen cuando salen al extranjero. Tienen que
recuperar el control de sus afectos sin interferencia de los comisarios.
La manera de ayudarlos a vencer el miedo es revelando esos contactos, en
los que jamás ha habido conspiraciones ni nada ilegal, para que
proclamen su derecho a tratar a quien les dé la gana.

¿Por qué tienen que ocultar que se han reunido a conversar con una
persona que acaso tenga un punto de vista diferente al oficial? El
reciente incidente de Robertico Cascassés, la reacción de Silvio
Rodríguez y, sobre todo, la de su hija, la actriz Violeta Rodríguez,
demuestran, otra vez, que los artistas cubanos, y toda la
intelligentsia, están hasta el gorro de que el Gobierno les diga lo que
tienen que pensar o decir. Después de más de medio siglo de ignominia es
hora de que estos adultos, generalmente bien formados, proclamen su
derecho a hablar con quien les plazca y a tener las ideas que libremente
escojan.

¿Por qué crees que te identifican como un oportuno embajador del lado
del exilio?

Me imagino que el propósito es que nadie se me acerque. ¿Por qué?
Supongo que al núcleo estalinista cercano al poder le molesta lo que
escribo o lo temen. Por eso han desatado una sórdida campaña en mi
contra dentro de la modalidad llamada “asesinato de la reputación”. He
participado en un libro que denuncia esas “medidas activas” del aparato.
Se llama El otro paredón. Me acusan de “terrorista”, una estúpida
falsedad que desmiente todo el que me conoce. Yo odio la violencia y
especialmente el terrorismo, y ésa es una de las razones por las que
detesto a un gobierno que lleva más de medio siglo dedicado a esos
menesteres siniestros.

La otra acusación es de “agente de la CIA”, mentira que es, además,
imposible, puesto que, desde hace décadas, de acuerdo con la legislación
norteamericana, y eso es muy serio en Estados Unidos, ningún periodista
que trabaje en medios de difusión en el país, y yo lo hago, entre otros,
en The Miami Herald y en CNN, puede tener vínculos con los servicios de
inteligencia norteamericanos.

El aparato de difamación de la dictadura sabe que miente, y jamás ha
presentado la menor prueba en mi contra, porque no existen, pero no le
importa. El objetivo es tratar de aislarme profesional y políticamente,
algo que, felizmente, nunca han conseguido, pues el nivel de
credibilidad de ese régimen es mínimo. Nadie puede tomar en serio los
reclamos de inocencia de un gobierno al que hoy, en nuestros días,
mientras declara que exporta azúcar, le capturan un envío clandestino de
armas, explosivos y aviones nada menos que a Corea del Norte, poniendo
en peligro, incluso, al Canal de Panamá.

¿Alguno de estos encuentros ha terminado en un enfrentamiento o en una
discusión violenta?

Nunca. No solo porque no es mi talante, sino porque las personas con las
que he conversado, aunque tengamos opiniones diferentes sobre ciertos
asuntos, son educadas y, en privado, suelen ser muy críticas de los
peores aspectos represivos del Gobierno. Siempre hemos podido expresar
nuestros puntos de vista francamente sin abandonar un aspecto clave de
las relaciones humanas: la cordialidad cívica. Eso, precisamente, que la
dictadura ha tratado de extirpar del comportamiento de los cubanos
auspiciando los actos de repudio y los linchamientos físicos y morales.
El gobierno de los Castro es el único en la historia del país que ha
secuestrado la libertad afectiva de los cubanos prohibiéndoles tratar a
los familiares y amigos “desafectos” o exiliados.

Todos conocemos tu polémica epistolar con Silvio Rodríguez. Más allá de
ese intercambio, ¿te has encontrado con él personalmente?

La polémica epistolar fue respetuosa. Eso es bueno. Los cubanos debemos
reaprender a discrepar sin insultos. También fue útil. Me consta que en
los medios intelectuales cubanos dicho intercambio fue muy
provechosamente leído. Hace muchos años Silvio y yo cenamos en Madrid en
casa de un matrimonio de escritores cubanos que eran amigos de Silvio.
Fue una cena grata, en la que los temas políticos se tocaron muy
tangencialmente, pero aquel Silvio que yo conocí estaba más cerca del
cantautor contestatario de fines de los años sesenta que del diputado a
la ANPP que fue más tarde.

Parodiando al propio Silvio, ¿la discusión entre ustedes ha tenido una
segunda cita?

Así es. Y ojalá haya una tercera. Me han gustado mucho las canciones de
su hijo Silvito el Libre, y la carta que acaba de publicar su hija, la
actriz Violeta Rodríguez a propósito del incidente con Robertico
Carcassés. La muchacha dice una cosa clave que, a mi juicio, representa
el sentir de la intelligentsia cubana: los artistas e intelectuales
están cansados de la “escuelita”. Es decir, de que unos comisarios les
dicten lo que deben pensar y los traten como niños o retardados
mentales. Esa es una intolerable humillación.

¿En qué condiciones te reuniste con el escritor Lisandro Otero?

Lisandro estuvo en mi casa de Madrid junto al novelista canario Juancho
Armas Marcelo, un demócrata, buen amigo de ambos. Conversamos durante
varias horas y Lisandro se mostró muy crítico de la dictadura. Esto
sucedió en medio de la debacle del mundo comunista, cuando parecía que
el gobierno cubano sería arrastrado en la misma dirección. Realmente, no
hubo discrepacias. A él todo lo que sucedía en la Isla le parecía un
horror. Era una persona muy gentil y aguda. Tuvo palabras muy críticas
contra Fidel y Armando Hart. Fidel le parecía un monstruo y Hart un
idiota. Fue muy halagador cuando habló de Cabrera Infante y Reinaldo
Arenas. Luego volví a verlo en México para entregarle un libro y
conversamos brevemente. En ese momento su postura ya era más temerosa.
Era obvio que el gobierno cubano había pasado su peor momento.

¿Es cierto que te has reunido hasta con ministros del gobierno cubano?

El único ministro de Castro con el que me he reunido fue José Luis
Rodríguez, el titular de Economía y Planificación, y lo hicimos
públicamente en un seminario organizado por una universidad en Halifax,
Canadá. Fue durante la perestroika, a fines de los ochenta, y el mismo
Rodríguez, con cierta gracia, subrayó la paradoja que los dos
estuviéramos en el mismo panel, pero yo defendiendo la perestroika de
Gorbachov y él atacándola. Yo a favor de esos rusos y él en contra. En
ese evento supe que Rodríguez tenía su escritorio lleno de planes
reformistas paralizados por Fidel Castro. Debo decir que fue una persona
muy correcta.

Pero en esa multitudinaria conferencia tuve varias gratas sorpresas. Una
noche se me apareció en la habitación Raúl Gómez Treto, un dirigente
católico que venía en la delegación oficial cubana. La conversación fue
para mí muy útil. También era un duro crítico del gobierno de Fidel.
Aparentemente, defendía el socialismo desde el catolicismo, pero el
hombre con el que yo conversé despreciaba profundamente no solo el
Gobierno, sino también el sistema.

No era el único. En la sauna del hotel coincidí con un científico muy
agradable de apellido Limonta. No hablamos de política, sino del
desarrollo de ciertos fármacos en Cuba. Por el tono de la conversación
podía inferirse que no se tomaba en serio las instrucciones de ser
ríspido y sectario con el “enemigo”. Yo no era su enemigo. Él tampoco
era mi enemigo. Éramos dos cubanos que hablaban civilizadamente.

Esa fue también la actitud de quien entonces era diplomático del
regimen, Juan Antonio Blanco, y hoy dirige un centro de estudios
internacionales en el Miami Dade College. Nos pasamos varias horas
conversando distendidamente. Diez años más tarde Juan Antonio desertó y
desde entonces hemos mantenido una buena amistad.

¿Es cierto que Pablo Milanés se te presentó como un convencido defensor
del pensamiento de izquierda?

Conocí muy brevemente a Pablo Milanés, cuyas canciones me encantan y, en
efecto, creo recordar que me dijo, cortésmente, que él era un
revolucionario crítico o algo así. Fue un encuentro corto y amable. Esto
no es nuevo. Desde hace muchos años Pablo Milanés ha tenido esa posición
de criticar los peores aspectos de la dictadura sin romper del todo con
el proceso. Supongo que no olvida que, cuando era muy joven, lo
internaron en los campos de la UMAP para “reeducarlo”. Vive entre Cuba y
España y sostiene sus criterios sin miedo. Es un revolucionario crítico
que ya no acepta excusas absurdas. Me parece una posición muy válida. No
es la mía, porque estoy convencido de que el marxismo y el colectivismo
son disparates que inevitablemente conducen al empobrecimiento y a los
calabozos, pero creo que en una Cuba plural hay espacio para todas las
posturas que se defiendan dentro de la ley. La democracia es eso.
Milanés me parece una persona mucho más diáfana, transparente y
comprometida con la verdad que Silvio Rodríguez.

Pedro Luis Ferrer es conocido como alguien muy bueno buscando pretextos
para polemizar. ¿Qué tal te fue con él?

No recuerdo claramente la conversación con Ferrer, pero me encantan sus
canciones irónicas, y, a juzgar por las letras, no creo que hayamos
discrepado excesivamente. Disfruté mucho el concierto que dio en Miami.
Creo que a los cubanos les gusta esa posición de francotirador musical
sin miedo que no hace concesiones.

¿Es cierto que en tu juventud conociste al tío de Pedro Luis, el poeta y
comunista histórico Raúl Ferrer?

Raúl Ferrer era amigo de mi padre y en cierto momento de mi bachillerato
me enseñó matemáticas. Nadie debe sorprenderse de que los viejos
comunistas del PSP fueran amigos de personas de diferentes ideologías.
Hubo épocas en que Nicolás Guillén, Juan Marinello, Blas Roca y el resto
de la cúpula del Partido, eran personas amables que no odiaban a los
adversarios políticos ni eran odiados por ellos.

A mi juicio, fue Fidel Castro el que impuso ese tipo de relación hostil
cuando secuestró la afectividad de los cubanos y la puso de manera
obligada al servicio de su gobierno. Fue Raúl Ferrer quien, al principio
de la revolución, cuando yo era un adolescente, me advirtió, sin odio,
quizás con simpatía, que el país iba hacia el comunismo y que yo, como
todos los jóvenes, tendría que decidir si me sumaba o me oponía. Yo me
opuse, aunque no se lo dije, claro.

¿En que se diferenciaron las reuniones con los cantautores Carlos Varela
y Polito Ibáñez?

Con Carlos Varela me reuní en Madrid en un almuerzo propiciado por Andy
Blanco, un amigo común. También fue una relación fluida, grata y
pública, porque Varela tampoco tenía miedo, aunque no descartaba que lo
vigilaran. Hablamos del sentido crítico de sus estupendas canciones y
tuvo palabras de elogio para Willy Chirino, Gloria Estefan y el resto de
los buenos artistas exiliados. Me gustaron su actitud abierta y su
generosidad.

Con Polito Ibáñez la relación ha sido diferente. Yo conocía algunas de
sus canciones y me parecían muy buenas, pero no coincidimos hasta un
programa reciente de televisión, al que fuimos convocados por María
Elvira para comentar el incidente del censor con Robertico Carcassés. En
general, me gustó lo que dijo Polito. Me pareció sincero y abierto. Es,
como casi todos los artistas cubanos, un espíritu inconforme y
reformista. El mundo artístico es el talón de Aquiles de ese régimen
desde el conflicto con Orlando Jiménez-Leal a propósito del documental
PM. Ahí comenzó un enfrentamiento que no terminará hasta que ese
disparate desaparezca.

¿Te has visto con otros del régimen?

Bueno, no sé si del régimen, pero sí oficialmente vinculados al
Gobierno. Entre ellos, por ejemplo, mi viejo amigo Guillermo Rodríguez
Rivera, un notable poeta. Guillermo y yo estudiamos en el Instituto del
Vedado. Recuerdo que me repasó Sociología para el examen final, una de
las asignaturas del quinto año de bachillerato. Siempre fue un tipo
ocurrente e inteligente. Él se quedó junto a la revolución y yo me opuse
a ella, pero los lazos personales creo que se mantuvieron intactos. Lo
vi en Madrid hace unos cuantos años, y luego en Miami, y fue muy
agradable. Recuerdo que discutimos sobre el embargo comercial que le
mantiene Estados Unidos a Cuba, pero como dos amigos que tienen
posiciones encontradas. No me pareció dogmático ni sectario. Defendía
sus posiciones cordialmente, como debe ser.

Hay otro sector de la sociedad civil que no suele mencionarse, pero que
es importante: la jerarquía católica. ¿Has visto a los jerarcas de la
Iglesia?

Por supuesto. La Iglesia hace muchos años que está intentando desempeñar
un rol de puente entre el Gobierno y la oposición. La Iglesia cree en la
necesidad de un diálogo constructivo que conduzca a la apertura. No creo
que lo haga porque desee el mantenimiento del sistema comunista, sino
porque quisiera que el régimen evolucionara pacíficamente hacia la
democracia y las libertades. De distintas maneras, con más o menos
pasión, eso se lo he oído al Cardenal Ortega, a Carlos Manuel de
Céspedes, a Dionisio [García, arzobispo de Santiago de Cuba], al
valiente sacerdote José Conrado, incluso a Dagoberto Valdés, un
dirigente laico con gran prestigio entre los católicos que ha sido
injustamente orillado por el Cardenal. Todos ellos saben que yo soy
agnóstico, pero eso no les importa, de la misma manera que a mí todas
las creencias religiosas me parecen igualmente respetables, mientras no
se impongan por la fuerza.

La última carta pastoral de los obispos, aunque pudiera haber sido más
enérgica, y acaso debiera haber denunciado los atropellos físicos a las
Damas de Blanco y solicitado una investigación imparcial sobre la muerte
de Oswaldo Payá y Harold Cepero, pide cambios sustanciales y es
importante que la voz de la Iglesia se haga oír. Algunas personas me han
dicho que Raúl Castro agradece ese tipo de presión porque lo obliga a
bascular hacia los cambios, pero no estoy seguro de que sea cierto. La
evidencia apunta a que cada día dan más palos y maltratan más a los
demócratas.

¿Qué le aportan a Carlos Alberto Montaner estos encuentros?

Me aportan varias cosas, que son, precisamente, las que el Gobierno
desea ocultar. Me aporta la oportunidad de debatir cómo puede llevarse a
cabo la transición hacia un tipo de gobierno similar al de las 25
naciones más prósperas y felices del planeta. Me aporta un modo muy
sencillo de probar que la oposición está llena de personas sensatas y
moderadas. Me aporta la vía para que los interlocutores visualicen su
propio futuro en esa Cuba democrática y diferente.

Has sido criticado por algunos sectores del exilio por mantener este
tipo de encuentros y conductas. ¿Qué le respondes a estos críticos?

Les respondo que me muestren otra manera de procurar la transición.
Desde fines de los años ochenta y principios de los noventa, cuando
desaparecieron Pinochet, el primer sandinismo y el mundo comunista
europeo, prácticamente todas las transiciones a la democracia se han
hecho mediante negociaciones y procesos electorales. Los resultados han
sido desiguales, pero lo que ha salido de esos cambios ha sido
infinitamente mejor que lo que había. Cuba no se merece la ineficaz y
cruel dictadura dinástica que ha sufrido por 54 años.

Supongamos que mañana un miembro histórico de la cúpula del gobierno de
los Castro te propone reunirse, ¿aceptarías?

Por supuesto, aunque he abandonado las actividades políticas para
dedicar la tercera edad a redactar unos cuantos libros que me apetece
escribir “antes que anochezca”, como tituló Arenas sus memorias. Cuando
abandoné la presidencia de la Unión Liberal Cubana y la vicepresidencia
de la Internacional Liberal, es decir, cuando dejé las actividades
políticas, en la ULC eligieron al Dr. Antonio Guedes para que me
reemplazara, una persona honorable y muy competente. La lucha sigue. Te
digo más: cuando desapareció la URSS y parecía muy improbable que Cuba
persistiera en el error, tuve una reunión en Madrid con un viceministro.
¿Lo mandaron a que conversara conmigo? ¿Lo hizo motu proprio? No lo sé,
pero él estaba más convencido que yo de que no había forma de sujetar al
régimen. Evidentemente, los dos estábamos equivocados.

Si esta hipotética reunión debiera realizarse en La Habana, ¿aceptarías
viajar a Cuba?

Si fuera una reunión libre y sin condiciones lo aceptaría, pero
carecería de sentido. En Cuba hay docenas de opositores valiosos con los
que el Gobierno debería hablar, si en efecto tuviera una actitud
realista y quisiera cambios. ¿Para qué va a conversar con un escritor
exiliado si en la Isla hay muchas personas y organizaciones
representativas de la oposición democrática? Además, dado el aumento de
la represión, por ahora parece obvio que el régimen quiere perpetuarse
sin hacer concesiones.

La brutal golpiza a la actriz Ana Luisa Rubio es una muestra del
contumaz estalinismo del régimen. Otra es el probable asesinato impune
de Oswaldo Payá y de su colaborador Harold Cepero. Los cambios que trata
de introducir el raulismo no son de carácter político. Raúl solo quiere
que su Gobierno se mantenga en el terreno material con las prácticas del
capitalismo. Como dicen los españoles, “quiere la misa con sexo, sangre
y violencia”. Eso es imposible.

Source: “Los de enfrente | Diario de Cuba” -
http://www.diariodecuba.com/cuba/1380183247_5248.html

Tags: , , , , , , , , , , ,

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *