Los campos de concentración de Castro
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Mariela y el tapadillo

Mariela y el tapadillo
JOSÉ PRATS SARIOL | Arizona | 5 Nov 2013 – 8:12 am.

¿Qué pretende la popular representante del nuevo patriciado criollo, la
señora Castro Espín, con su lucha por la diversidad sexual?

La señora Mariela Castro Espín, popular representante del nuevo
patriciado criollo, sabe que no logrará tapar los desmanes machistas
cometidos por tío y papá. Apenas nublar un poco los hechos. Aunque el
propósito es otro.

La moral de “tapadillo” —quizás la leyera en alguna crónica neoyorkina
de Martí— funciona a otro nivel: más astuto, más allá de aprovechar los
ámbitos académicos como tribuna para su divulgación política.

La lenta aceptación de la diversidad sexual —respecto incluso de países
latinoamericanos— tiene objetivos menos “históricos”. No solo se trata
de limpiar recuerdos de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción
(UMAP), de represiones y depuraciones contra homosexuales, transexuales,
bisexuales y demás. Para borrarlos está la desmemoria, el cansancio, el
no vale la pena… Sobre todo el transcurrir ignorante en las generaciones
emergentes.

Las últimas participaciones de la locuaz dama no dictan clases de
historia antigua. El disfraz es pragmático. Ni siquiera le hace falta
—en la segunda década del tercer milenio— hablar de tolerancia. Va por
nuevas legislaciones: aprobar el matrimonio entre personas del mismo
sexo, legalizar herencias por cohabitación comprobada, penalizar
discriminaciones laborales…

Lejos están los tiempos en que a los padres de un gay no se les ocurría
intentar que su hijo entrara a la escuela Lenin o pudiera matricular
carreras universitarias reservadas para compañeros “normales”. Lejos las
recogidas de la policía tras un concierto o en pleno carnaval.

Porque la moral de “tapadillo” va por otro rumbo. Y con una ganancia de
premio mayor en la lotería: la gratitud. “Gracias a este Gobierno y a
nuestra Hada Madrina, pronto seremos tan libres como los
heterosexuales””. ¿Cómo hablar mal del benefactor? ¿Morderemos la mano
amiga?

La señora sabe lo que hace. Muy bien instruida, intenta tapar lo
esencial: la disidencia política. Y de paso procura tapar la
discriminación racial, trágica realidad que el “hombre nuevo” arrastra
como si fuera una carretilla llena de consignas deterioradas, discursos
herrumbrados, lineamientos del Partido.

Sus acciones —dentro y de gira artístico-revolucionaria por fundaciones
y universidades, siempre occidentales— quieren dar la impresión de que
se trata de un fenómeno inherente a cualquier país democrático, donde se
producen polémicas parlamentarias entre sectores conservadores y
liberales, aperturistas o retardatarios. Nada más normal que esa
disputa, típica de sociedades abiertas, de poderes autónomos, donde el
estado de derecho se enriquece cada día.

Por ahí va, como si no fuera Cuba.

Su mamá, la guerrillera señora Vilma Espín de Castro, llamaba a las
criadas de su casa y de la sede nacional de la Federación de Mujeres
Cubanas, “compañeras de servicios”. Mariela lo mismo. La hipocresía no
se hereda. Pero como el sabio refrán alemán: “Lo que Juanito no aprende,
Juan no lo sabe”. Y Mariela sabe.

A sus 52 años, la pizpireta sexóloga dirige el Centro Nacional de
Educación Sexual de Cuba (CENESEX) y su revista Sexología y Sociedad,
como si fuera en Chile o Uruguay, casi como si estuviera en San
Francisco o en Copenhague. Hay que leer sus textos e interiorizar que
nunca contextualiza, que elude la dictadura familiar y el sistema
totalitario, los escombros de un proyecto que ilusionó hace medio siglo
a la mayoría de sus compatriotas.

La diputada a la Asamblea Nacional del Poder Popular —eso sí— nunca ha
caído en contradicciones. Se las deja a los ingenuos que la aplauden.
Coherente en la defensa del régimen y del clan familiar, apunta a que
ella y sus hijos y nietos disfruten —como el patriciado que surgió en el
siglo XIX— de los bienes y distinciones que supone ganados, luchados,
arañados.

Los dividendos de la sexología permisiva son muy jugosos, visten en una
casa italiana de modas, aunque caminen por una sociedad que parece Cuba
en 1898, tras la guerra, como puede apreciarse al comparar las fotos de
entonces con las de hoy, las crónicas y documentos.

Ella lo sabe y está consiguiendo manipular a las minorías sexuales —sin
excluir a sus figuras mediáticas, como Miguel Barnet o Nancy Morejón— a
favor de una transición que no aleje mucho del Poder a familiares y
amigos, que les permita disfrutar las inversiones sin tener que emigrar.

Lo otro —los derechos de cualquier ser humano— es una simple tarjeta de
crédito. “Maricón” y “tortillera” quedan para el vulgo, como un rezago
poco elegante. La alta sociedad cubana de hoy analiza respuestas para
epítetos más ofensivos, peligrosos, como “negro de mierda”. Y el más
temido por Mariela: “mercenario”, a punto de desaparecer como
calificativo de disidente político, porque cada vez son menos los que
tragan sin masticar.

La hipocresía de la nueva clase se parece a cuando el viejo patriciado
presentaba a la pareja de Gabriela Mistral como su secretaria. O decía
que Siboney —la canción de 1929— no estaba inspirada en un mulatón
amante del compositor, sino en un enamorado de la hermana… Pero Ernesto
Lecuona desvistió el tapadillo de hoy, al ordenar que sus restos no
regresasen hasta que Cuba se librara de los Castro.

Source: Mariela y el tapadillo | Diario de Cuba –

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