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Generaciones de tristes adjetivos

Generaciones de tristes adjetivos
DARIELA AQUIQUE LUNA | La Habana | 22 Abr 2014 – 12:08 pm.

‘X’, ‘Cero’, ‘Y’, ‘Saltada’…: de los años 60 del siglo XX a la primera década del XXI, varias generaciones de cubanos se han visto frustradas. A todos nos toca cambiar.

Hace poco leí un post del escritor Leonardo Padura con el sugerente título de “La generación saltada”. Si conceptualizamos la palabra generación, estaríamos frente al siguiente enunciado: “conjunto de personas nacidas en la misma época, que han recibido educación e influjos culturales y sociales semejantes”. La rapidez con que se operan cambios en las tendencias socioculturales nos harían concordar que el período en que se conforman las generaciones es de aproximadamente una década. Entonces, de 1959 a la fecha, habrían nacido en nuestro país cinco generaciones. Padura llama a la suya (los que hoy tienen más de 50), “la generación saltada”. Yo pertenezco a la generación que sigue, y llamo a la mía, “la generación frustrada”.

La generación de los 70 en Cuba es definitivamente singular, nacida tras una década del triunfo de la revolución. Ya se había tumbado el águila imperial y se había prometido poner en su lugar una paloma de Picasso, que nunca llegó. Ya se habían derribado los carteles de Texaco y de la United Fruit Company y se proponía colocar vallas con consignas transformadoras. Ya habían pasado los tribunales populares, la crisis de los misiles y la Operación Peter Pan. Ya se había ido mucha gente por Camarioca, y no entendíamos bien qué significaban las siglas UMAP y la palabra “parametrización”.

Nacimos en medio de una apuesta que le quedó grande al país. Se debía hacer un zafra de 10 millones de toneladas de caña de azúcar, pero no se cumplió. Quizás esa fue la primera señal que como un sino marcaría a los de mi generación: la promesa incumplida. Germinamos en medio de la escasez, mas como éramos tan pequeños no lo recordamos bien.

Pero nuestra niñez y adolescencia sucedió en los fabulosos 80, bajo la ayuda de los “amigos” soviéticos y sus aliados. Las penurias económicas, por tanto, fueron pocas. Tomamos bastante compota y jugo de manzana. Y aunque normados, podíamos escoger los juguetes que se exhibían en las vidrieras de las tiendas.

Quedaban aún excelentes maestros. A algunos de nosotros les tocó ir a las Escuelas al Campo, o a las becas en los países del campo socialista. A otros les tocó estudiar inglés, pero fue en esos años donde se hizo más fuerte el tutelaje de los países de Europa del Este y especialmente el soviético, de modo que otros no tuvimos tanta suerte y nos tocó estudiar ruso.

De todas formas, no puede negarse que fuimos una generación bastante bien preparada intelectualmente, bien formada, que tuvo acceso a cierto mundo cultural a pesar de la censura, que adquirimos desde niños una visión un tanto cosmopolita.

Estoy casi segura que en el contexto generacional, no hubo otro país del mundo —sin caer en el chovinismo— en el que sus niños vieran dibujos animados de tantas partes del planeta: vimos muñequitos norteamericanos desde los animados en blanco y negro de Betty Boop, el Pájaro Loco y las Dos Urracas, hasta manga japonés, en un momento en que ni siquiera era tan popular. También los animados cubanos, con Elpidio Valdés a la cabeza, nacido en 1970. Y muñequitos latinoamericanos y europeos como la serie de animados españoles Violeta y sus amigos.Y los del campo socialista como Bolek y Lolek. O los rusos Basilia la Sabia, El Cocodrilo Guena y su amigo Cheburashka.

A causa de la guerra fría, en EEUU, por ejemplo, nadie veía muñequitos del campo socialista; ni en la URSS se veían muñequitos norteamericanos. Los soviéticos no disfrutaban de las películas de Chaplin o del Gordo y el Flaco. Ni los estadounidenses conocieron al payaso Popov o a Ferdinando. Nosotros veíamos todo y eso nos dio una visión multicultural desde muy pequeños, por lo que resulta paradójico que luego nos quisieran hacer creer que el mundo era Cuba y que no había nada más allá de sus fronteras.

La generación del 70 pudo oír a The Beatles sin esconderse. Tener cassetes de todo el pop, el rock, el reggae y las baladas en ingles de moda. De Bob Marley a Tracy Chapman. O de Queen a Michael Jackson. Asistir a conciertos de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés o Síntesis. Oír a Mercedes Sosa, a Fito Páez y a Serrat. Que pasaran en la radio a Lolita, a Roberto Carlos, a Nelson Ned, o cualquier otro ejemplo mucho más cursi de los baladistas iberoamericanos. Pero no olvidarse de los cantantes de los “países hermanos”, como Biser Kirov (un cantante búlgaro de pop, impuesto en los 80), o el checo Karel Gott, con su cara sonriente en las portadas de los discos de vinil exhibidos en casi todas las vidrieras de tiendas y librerías.

Se consumía de todo un poco, entraba música en inglés, español o francés, la que paradójicamente era traída por los cubanos que estudiaban en las becas otorgadas en los países socialista.

Los nombres de esa generación fueron Alexei, Mijail, Vladimir, Natacha, Nadia, Mariuska, Lisanka, Sergei y Aliosha. Pero también Henry, Edwin, Richard o Susan. Las mascotas se nombraron Laika o Kastankas. Igual Pluto o Yogui.

Pero esa generación también vivió la guerra de Angola, muchos de mis contemporáneos perdieron a sus padres o hermanos, o en el peor de los casos, no volvieron ellos mismos a casa, porque ya tenían edad para el servicio militar. Mi generación vivió los actos de repudio, el tristemente célebre Período Especial, los éxodos masivos del Mariel y de los balseros. Se nos llevaba de la mano a lanzar huevos podridos e improperios a las familias de nuestros compañeritos de escuela, solo porque había decidido irse del país. A vecinos y amiguitos de la infancia, nos enseñaban a llamarle traidores. Y nos hicimos hombres y mujeres oyendo la consigna de “¡Socialismo o muerte!”, como si no existiera sobre la tierra ninguna otra alternativa.

Tuvimos que leer a escondidas a Cabrera Infante, a Kundera o a Vargas Llosa. De mi generación se fueron muchos, acá quedamos pocos. A esa generación pertenezco. Veamos entonces, cuánto tenemos en común y cuánto no con la de Padura. Nosotros, los que nos quedamos, igual a los que tienen más de 50 años,”aún compartimos la vivienda con nuestros padres, incluso con nuestros hermanos y sus hijos, o con mucha suerte tenemos un apartamento que compartimos con nuestros hijos y sus esposas y los hijos de nuestros hijos”.

Los que tenemos más de 40 años, somos hijos de “jóvenes rebeldes”, de alfabetizadores, de cederistas, de federadas, de macheteros destacados, de los que muchos se fueron porque sabían que aquí no se les permitía ningún sueño. O de gente que murió con poco menos o más de 50, sin estar segura de cómo era el mundo fuera del catalejo puesto al revés. O de gente que hoy tiene más de 60 y cobra una mísera chequera y hace colas interminables para comprar las 17 onzas de pollo que les toca al mes.

Los de mi generación, como los de la generación de Padura, “recibimos regaños en la televisión a través de un anónimo calvito que nos sermonea con fondo musical de ‘La Guantanamera’. Cargamos con el sambenito de las malas decisiones, los caprichos y la megalomanía, y la prensa nos pide ser austeros, comprensivos y desde luego, seguir trabajando duro, demostrar lo aprendido y agradecer a la Revolución”.

Y es que a la “generación saltada” de Padura, que tiene más 50 años, a mi “generación frustrada”, que tiene más de 40, y a todas las generaciones decepcionadas que nos siguen, nos toca cambiar nuestro contexto político, económico y social, de una vez y por todas, para que las generaciones de cubanos no tengan más tristes adjetivos.

Source: Generaciones de tristes adjetivos | Diario de Cuba – http://www.diariodecuba.com/cuba/1398161294_8246.html

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