Los campos de concentración de Castro
We run various sites in defense of human rights and need support to pay for more powerful servers. Thank you.

No se pedía un Nuremberg, sólo arrepentimiento

No se pedía un Nuremberg, sólo arrepentimiento
Si no ha muerto aún, me gustaría que hubiera visto hoy a Raúl Castro y
al presidente Obama, hablando de lo que, para mí, recogerá la historia
del porvenir como el comienzo del derrumbamiento del muro que por más de
cincuenta años existiera entre Cuba y nuestra otra parte del corazón
miércoles, diciembre 17, 2014 | Rafael Alcides

LA HABANA, Cuba. -Al ver hoy, 17 de diciembre de este año 2014 que Dios
bendiga, al general Raúl Castro y al presidente Obama hablando sobre los
sorprendentes asuntos cubanos de última hora que tan calladitos se
tenían, recordé, por supuesto, a un amigo que con la cara sombría de los
perdedores, me visito a principios de año. El pobre, un hombre
desesperado que a mediados de los ´70 se marchó en una balsa con nueve
más, todo ellos sin experiencia en las artes de navegación y de los
cuales el farmacéutico que con él y dos niños de once y siete años
tuvieron la suerte de llegar al Cayo arrastrados por las olas se ahorcó
días después sin salir de la locura que el espanto y los soles de la
azarosa travesía le causaran. Venía a enterrar a una sobrina-nieta y
estaba muy triste, no por la defunción, no; por el escenario encontrado
en su país. “Qué vergüenza”, repetía.

Las últimas reformas del régimen (“des-prohibiciones” las llamaba él)
habían borrado las rayas que en su tiempo no se podían cruzar, las rayas
que hicieron desgraciada su vida, aquellos cartelitos invisibles de “No
pasar” cuyo recuerdo le suministrara el rencor que le mantenía vivo, y
no sabía el infeliz, no sabía si ahorcarse como el boticario de su fuga
o si llorar, si entrar pidiendo auxilio en un hospital de dementes o
salir corriendo por la calle Neptuno, donde naciera, con un coctel
molotov en cada mano para tirárselo a su pasado. Era un argumento de
telenovela para OGlobo lo que me contaba.

Romance sin solución

Su abuela, mujerón de ojos verdes que nunca tuvo suerte con los hombres,
se propuso a mediados de los ´60 permutar de Palma Soriano para La
Habana, donde su novio del alma, Federico, único hombre al que amó
después de enviudar, vivía agregado con una hermana cundida de hijos más
su nuevo marido y el anterior: un cartero con el cual había terminado
cuatro años atrás pero que por las leyes no lo podía sacar de su casa.
Claro, quién de La Habana en su sano juicio iría a enterrarse en vida en
Palma. Fue un romance sin solución con un final inevitable, pues ni
Federico por razones de su trabajo podía abandonar La Habana, ni su
abuela Irma tenía en La Habana dónde alojarse. A Federico se lo comieron
los tiburones tratando de llegar a “la otra orilla” para mandarla a
buscar, y su abuela, de treinta y cinco años al iniciar los trámites de
la permuta, cuando muere en el 2010, ya de ochenta años y con una cadera
afectada de sentarse todos los días a la puerta de su casa en un
taburete con dos patas puestas adentro y dos en la acera a esperar al
cartero, seguía en Palma, como el coronel de García Márquez que no tenía
quien le escribiera, esperando la permuta de sus sueños.

No sabía a dónde pretendía llegar aquel viejo amigo, pero lo dejé seguir
sin interrumpirlo. Tenía un hermano, ingeniero de profesión que a su
regreso de una de las primeras guerras de ultramar le dieron un
automóvil y cuando decidió venderlo (no le hacía falta, todavía el
Chevrolet de su mujer tenía un kilometraje discreto) no pudo, no estaba
permitido, el automóvil era suyo pero no podía venderlo, y como también
estaba prohibido creer en Dios, y aunque ellos en su casa no eran gente
de ir a menudo a la iglesia pero allí, enseñados por su padres, todo el
mundo rezaba al acostarse, este detalle le impedía prosperar en su
trabajo, aspirar a ser más útil desde arriba, así que un día no lo pensó
más. Y también este hermano llegó.

Pues parece que en su familia existía un espíritu marino que los puso a
navegar a todos, o por lo menos a los varones, tan marinos que quizá por
eso los cinco nacieron en Neptuno. Con Isabel, en cambio, nacida en
Lucena, fracasó. Isabel nunca se atrevió a hacerse a la mar, ni en las
lanchas que venían a buscar pasaje. Pero sufrió mucho, la pobrecita.
Vivió en la época en que al nativo cubano de adentro no lo dejaban ni
acercarse a los hoteles, así que cuando en junio venían él y sus cuatro
hermanos, estos con sus familias, a veranear a Varadero, y de paso a
encontrarse aquí en la Isla, pues Allá Afuera vivían en distintos
países, y si en el mismo país, en estados diferentes, entonces Isabel,
que era ginecóloga, para acompañarlos en su veraneo tenía que alquilar
en casas particulares o en su defecto dormir y todo lo demás en el
automóvil; y como para remate le daba miedo el avión, nunca pudo la
infeliz ir a visitarlos. Le enviaron dinero, le compraron por debajo de
la mesa una casa para sacarla del solar donde vivía con sus hijos y su
marido policía, y esos fueron los alicientes de Isabel. La pobrecita,
completándose su sino, se la llevó de repente una guagua loca al cruzar
la calle cuando empezaban las des-prohibiciones.

Sin embargo, fuera de la novedad de la difunta sobrina, nuestro amigo
hoy avecindado en Madrid viviendo de rentas luego de haber residido en
Canadá, encontró muy felices a los hijos de Isabel, los cuatro –decía
él–, corriendo de aquí para allá a legalizar la casa y los automóviles y
todo lo comprado “de boca” con el miedo de quien te lo vendió te lo
fuera a reclamar. Les encantaba poder, al fin, entrar en los hoteles
como Pedro por su casa, poder adquirir bicicletas de motor,
computadoras, microondas, en fin; hinchados de placer como vivían, no
cabían en sus ropas; caramba, saber que ahora se podía viajar tan pronto
se obtuviera la visa, decían abrazándole, pues menos el militar cuando
salía para las guerras, a los otros nunca los habían dejado salir del
país, y un pariente de ellos por parte de padre, abogado que “sacó ” a
sus hijos cuando la “Operación Peter Pan”, murió sin que el gobierno le
diera “la salida” a pesar de tener la visa americana hacía cerca
cuarenta años. Había que verlos, qué alegría la de los sobrinos. Pero
todavía no había visto bastante.

La colonia de Felipe

Felipe, gay igual que él, y que al igual que él estuvo en la UMAP por
gay, los dos sacados por gay de la universidad al comienzo de la
carrera, le había dicho apretándole la mano transido de perdón, que
ahora “se les reconocía”, que ahora no había que esconderse, o no al
menos de la policía, que al revés de antes, ahora se hacían campañas en
la televisión para que se les respetara, y hasta había algunos muy de
arriba que habían entrado en el Partido. Todo esto llorando como un niño
aquel zagaletón de sesenta y cinco años. Él le había traído una colonia
que sabía que lo mataría, unas gafas de lo más monas para el sol, de
marca, y 300 euros en billetes de cien. Cuando Felipe hubo llorado
bastante, él, muy lord, en silencio le retiró la mano mojada, le pidió
los 300 euros para mejorarle la cifra con un billete de 500, se los
guardó en la billetera, agarró en la mesita de noche la colonia, las
gafas y salió de aquel cuartucho a la carrera para no cometer un
disparate. Pero al llegar a la esquina, regresó, le devolvió a Felipe la
colonia, las gafas y los 300 euros, y le pidió perdón. Si antes no
escupió a los hijos de Isabel, sobre todo al militar y al médico,
tampoco tenía derecho a ser severo con aquel pobre hombre que por
primera vez se atrevía a levantar la cabeza sin temor a que se burlaran
de él, aunque todavía al hablar de su elección sexual la llamaba por
costumbre, apenado, achicando la voz: “mi defecto”. Un poco más y Felipe
le habría mandado rosas a Raúl. Igual que los desvergonzados hijos de
Isabel.

Seguía sin atreverme a precisarlo, a hacerle decir qué quería de mí,
pues no me parecía conveniente interrumpirlo en su estado. Además,
cuando veo a alguien llorar me encojo. Pero además de hablar llorando,
mi amigo el madrileño de ahora estaba rojo y con las venas del cuello
hinchadas, más el azul de los ojos chisporroteando casi. Por fin
mintiendo aquí y disimulando por allá, creí haber empezado a devolverle
en parte el sentido común. Pero no me dejó seguir. No pude. Necesitado
de completar su catarsis, continuaba con sus infinitos “¿Por qué ahora
sí y antes no.”? Eso fue un no acabar de ¿por qué ahora se podía salir a
trabajar fuera del país sin dejar a los hijos de rehenes, y antes no?
¿Por qué ahora la gente de Palma Soriano podía vender su casa de allá y
comprar acá en La Habana, y antes no? ¿Quién se disculpaba por eso?
¿Quién pagaba por ésa, la oportunidad que a su abuela Irma le robaron?
¿Y por lo de Federico: “el novio (como decía ella) que me comieron los
tiburones”? ¿Quién…? Creyendo tener la respuesta de los 64 mil pesos,
uno de los fatuos hijos de Isabel se había atrevido a aventurar que,
como los mangos, todo tenía su tiempo. “Además, las cosas cambian”,
había adicionado otro de ellos: “a pesar de lo habido cuando la segunda
guerra mundial, hoy los alemanes son íntimos de los judíos.” “Sí”, le
había respondido él tajante, “pero estos alemanes de ahora no son los
de antes”.

Vamos, él sabía lo de las “des-prohibiciones” por los periódicos y por
el chateo con sus hermanos, pero quería confirmarlo, necesitaba verlo y
oírlo ahí in situ, escucharlo de la gente de antes, ver a familiares y
amigos encomiar todo eso delante de su cara así como si se les hubiera
muerto la vergüenza, pues con gran desparpajo olvidaban que más de una
de las antañas prohibiciones ahora de repente “desprohibidas “porque el
prohibidor de ayer tenía el agua al cuello y como táctica de distracción
además (cosa de la que tampoco se daban cuenta estos mentecatos) originó
partes de la huida de la familia cubana, y en esas partes del fabuloso
éxodo sin término aún, quién podría decir de cuántos de las decenas de
miles de compatriotas que hoy yacían en el buche de los tiburones. Zorro
al fin, una vez más el gobierno se había lucido. Muy hábil en su juego
de las tres tapitas. “Pero yo no olvido mis días en la UMAP”, decía. “Ni
olvido lo de mi abuela, ni lo de Federico. Ni lo de Isabel durmiendo en
un automóvil a las tres de las mañana bajo un aguacero con granizos
grandes como huevos de paloma, truenos y centallas sacudiendo el suelo,
teniendo enfrente, la pobrecita, un hotel que por nativa de adentro ella
no la había hospedado. Yo perdono, pero no olvido.” Él, baje Dios y lo
vea, él que con tal de ir alfabetizar se puso un año más de los diez que
tenía al comienzo de la campaña.

No pedía un Nuremberg

“¿Y qué es lo que quieres?”, lo interrumpí. “¡Indignación!”, contestó
enérgico, parando un dedo como el de José Martí en su estatua del Parque
Central. “¡Indignación!”. Él no pedía un Nuremberg aquí. No señor. (Nada
más lejos de su cabeza.) Él pedía que los del gobierno, si lo hicieron
porque no sabían, se disculparan, que pidieran perdón y se marcharan en
vez de, aprovechando el deslumbramiento causado por las tan repentinas
como astutas “des-prohibiciones”, ponerse a seguir inventando ahí donde
no había ya nada por inventar y sí mucha oscuridad por llegar.

“Pero los tiempos en que la gente se indignaba pasaron”, abundaba, con
aire de testamento; “ya nadie se acuerda de lo que ayer le hicieron;
con migajas de lo que antes te quitaron, hoy te tapan los ojos.”

En ningún momento pude hacerle comprender que cuando Allá Afuera se oyen
los tiros de Acá Adentro, nadie por Allá resulta herido; y en segundo
lugar, que el hecho de estar ellos desprohibiendo por tener el agua al
cuello quería decir que estábamos ganando, con la ayuda, por supuesto,
entre otros factores, de las nuevas tecnologías de la comunicación, y
porque el mundo actual estaba siendo para los dinosaurios políticos
ortodoxos un lugar tan horrido como el de los dinosaurios biológicos
después que cayó el aerolito. Pero aquel ser desesperado no me oía. En
realidad no vino a casa a dialogar, vino a oírse. Qué soledad la suya,
Dios mío, me dije apiadado.

Desaparecido ya en la noche el barrio, terminamos la botella de vino
traída por él, un riojano, crianza 2001 de las bodegas Valle Mayor
(botella cuyo número 009111 no he olvidado por suponerla sacada de quién
sabe cuál misteriosa cava después de tantos años para esta ocasión),
llegó el taxi a la hora convenida al dejarlo en casa a media tarde, y se
marchó hablando de las dos mitades de que uno está hecho, pero sin
contestar si habría preferido suprimir las “des-prohibiciones” o
dejarlas en pie. Sabía, sí, decía, que acaso uno de estos días lo
encontrarían por ahí, en Madrid o de viaje, muerto de tristeza, de
desencanto.

Si no ha muerto aún, me gustaría que hubiera visto hoy a Raúl Castro,
que preocupado desde luego por el porvenir de su familia después que
nos quitemos de encima estas pesadilla, y al presidente Obama, hablando
de lo que, para mí, recogerá la historia del porvenir como el comienzo
del derrumbamiento del muro que por más de cincuenta años existiera
entre Cuba y nuestra otra parte del corazón. En fin, coño, la caída de
nuestro oneroso muro de Berlín.

Source: No se pedía un Nuremberg, sólo arrepentimiento | Cubanet –
http://www.cubanet.org/opiniones/no-se-pedia-un-nuremberg-solo-arrepentimiento/

Tags: , , , , , , ,

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *