Los campos de concentración de Castro
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Ramiro, el represor

Ramiro, el represor
Ostentaba el poder de confinar a hombres y mujeres en sitios insalubres
por el tiempo que decidiera el investigador encargado del caso.
Pedro Corzo
diciembre 24, 2014

Durante los meses finales de 1960 y hasta 1975, Ramiro Valdés dispuso el
desplazamiento forzoso de miles de campesinos de diferentes zonas
rurales de Cuba, particularmente de la región montañosa del Escambray.

Estas personas fueron trasladadas contra su voluntad a cientos de
kilómetros de sus lugares de nacimiento, separadas de la mayor parte de
sus familiares, generándose así los tristemente célebres “pueblos cautivos”.

La Seguridad del Estado o G-2 que dirigió Valdés, tenía licencia para
arrestar y matar, condenar sin juicios y fusilar sin pruebas.

No faltaron masacres como la de “La Ceiba”, Escambray, donde fueron
ejecutados con una ametralladora calibre 30, 19 hombres. Para el
Ministro y sus discípulos la convicción de que un indiciado era culpable
hacía posible cualquier condena.

Ramiro creó campos de concentración en todo el país, “La Sierrita”,
“Arroyo Blanco”, “El Condado”, y muchas más. Estas instalaciones fueron
establecidas en zonas rurales y quienes más las sufrieron fueron los
campesinos.

Fue quien aplicó las órdenes de Fidel Castro de destituir y encarcelar a
los dirigentes sindicales que en su mayoría habían sido miembros
destacados del Movimiento 26 de Julio. Fue uno de los artífices, junto a
Ernesto Guevara, de la llamada “Operación de las Tres P”, en la que
fueron arrestados y enviados a campos de trabajos forzados, sin que
mediara un proceso judicial, pederastas, prostitutas y proxenetas y
cualquier otro individuo que fuera considerado ajeno al proceso
revolucionario.

Años más tarde, colaboró estrechamente con el Ministerio de las Fuerzas
Armadas para poner en función las sádicas Unidades Militares de Ayuda a
la Producción (UMAP), una de las pocas ocasiones en las que Raúl Castro
y Valdés superaron sus supuestas diferencias y trabajaron juntos.

Esta dependencia era la encargada de investigar y determinar, así como
ubicar el lugar de residencia, trabajo o estudio de todos aquellos
individuos considerados CR, o sea contrarrevolucionarios.
Posteriormente, las Fuerzas Armadas llamaban al individuo a servicio y
lo situaban en el lugar que más les convenía.

Ostentaba el poder de confinar a hombres y mujeres en sitios insalubres
por el tiempo que decidiera el investigador encargado del caso.

Bajo la dirección de este individuo se introdujeron en los
interrogatorios torturas muy sofisticadas. La aplicación del pentotal
sódico (conocido como el suero de la verdad), cambios de temperaturas,
aislamiento prolongado y métodos sicológicos muy agresivos para
desestabilizar al preso, entre ellos el electroshock, pero también se
continuaron aplicando golpizas brutales. Numerosos presos recluidos en
el hospital de Topes de Collantes, transformado en cárcel, fueron
lanzados atados a una laguna situada cerca del antiguo centro
hospitalario. Esta tortura también se realizó en otros lagos y pantanos
de la isla.

El Ministro promovió unas asambleas en las que los oficiales del MININT
eran instados a hablar con plena libertad, incluyendo críticas al propio
Ministro, con la garantía de que no se tomarían represalias. Los que se
atrevieron a ejercer el derecho que les había sido concedido fueron
reprimidos y muchos sancionados.

Cuenta Manuel de Beunza, ex oficial de Inteligencia Naval, que estaba
presente cuando Valdés le dijo a un individuo que quería dejarse la
barba y el bigote, que el único que podía hacerlo era él, porque era el
ministro del Interior.

Otro detalle del carácter de Ramiro Valdés que destaca De Beunza, es su
sadismo. Dice que gustaba visitar las prisiones, en particular las menos
conocidas, como unas que estaban a disposición exclusiva del
Departamento Técnico de Investigaciones, en las que el detenido podía
estar siete u ocho meses sin ser presentado ante autoridad judicial.

Estas visitas las disfrutaban y las comentaba como si fuera una hazaña
tener hombres encerrados sin derecho a un juicio. Otra particularidad de
Valdés es que le gusta que le teman. Aprecia que la gente sienta miedo
por su sola presencia.

Las condiciones carcelarias bajo la dirección de Valdés no solo eran
difíciles sino que podían generar un genocidio, si en el país se
producía alguna circunstancia que pusiera en peligro la permanencia del
régimen.

El Ministro tomó todas las medidas necesarias para lograr ese objetivo y
el ejemplo más contundente fue lo que aconteció en el Reclusorio
Nacional para Varones de Isla de Pinos, cuando miles de libras de TNT
fueron colocadas en los túneles de las cuatro circulares y el comedor,
que también es un edificio circular, con la orden de hacer detonar los
explosivos si se producía una sublevación o un ataque del exterior.
Durante más de 20 meses 5.000 presos políticos durmieron sobre un
virtual colchón de explosivos.

Manuel de Beunza tiene la convicción de que la primera vez que
removieron a Ramiro Valdés de su alto cargo fue consecuencia de una
decisión de Fidel Castro, porque al parecer quería cambiar en alguna
medida la imagen que tenía en el país el Ministerio del Interior, pero
como la persona que nombraron, el comandante Sergio del Valle, demostró
no estar capacitado para tan compleja posición en un régimen policíaco,
Ramiro tuvo que regresar a su oficio predilecto, el de represor.

La segunda vez que destituyeron a Valdés fue por decisión de Raúl
Castro, que en su condición de Segundo Secretario del Partido Comunista
de Cuba, tenía autoridad para decidirlo, siempre y cuando la medida
contara con el respaldo de su hermano.

Especulación aparte, hay una verdad histórica que no se puede obviar:
Valdés por encima de todas las diferencias que pueda haber tenido con
Raúl, ha demostrado ser fiel a Fidel y al Proyecto que este representa,
aunque algunos dicen que la dinastía de los Castros vería con agrado que
“Ramirito” tuviera el final, feliz para sus intereses, de Guevara o
Camilo Cienfuegos.

Los funcionarios del Minint y los agentes del G-2, Seguridad del Estado,
eran una élite dentro del régimen. Disfrutaban de prerrogativas y
privilegios que jerarcas de otras estructuras gubernamentales no
disponían. Un oficial del G-2 era mucho más importante que su par de las
Fuerzas Armadas, por otra parte la condición de sacerdotes del
totalitarismo, les permitía intimidar, detener y eliminar a cualquier
hereje sin mayores consecuencias, y ese es el verdadero poder en un
régimen como el de los Castro.

Source: Ramiro, el represor –
http://www.martinoticias.com/content/ramiro-el-represor/82971.html

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