Los campos de concentración de Castro
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Transita Cuba hacia la democracia? (I)

¿Transita Cuba hacia la democracia? (I)
ALEXIS JARDINES | San Juan | 3 Dic 2014 – 8:15 am.

Un examen de las ideologías revitalizadas al calor de las reformas
raulistas: primero de una serie de tres artículos.

En este primer artículo sobre la cuestión que aparece en el título
pretendo examinar las ideologías revitalizadas al calor de las reformas
raulistas. Los criterios a seguir aquí para diferenciar disidencia y
oposición serán: la posesión de un programa de gobierno y el interés
explícito en la toma del poder político.

Solo la oposición está interesada en conquistar el poder y hace de ello
su objetivo supremo. La disidencia, en cambio, pretende que las cosas se
hagan de otro modo y, en consecuencia, se desmarca de la ideología
oficial para mostrar, desde sus tantos desvíos o afluentes, cuál deben
ser la vía y las metas a considerar sin que constituyan alternativas de
gobierno. Por lo tanto ―y aquí va otro criterio diferenciador― la
disidencia es esencialmente reformista.

La Nueva Izquierda

Dentro de la Nueva Izquierda, que abraza obviamente la ideología
marxista, la vanguardia es el proyecto Observatorio Crítico, liderado
por Mario Castillo y que tiene como gurú al señor Pedro Campos. Sin
embargo, todo lo que Campos escribe y sostiene se puede condensar en
cuatro o cinco oraciones, pero baste un par: el socialismo es un mundo
de cuentapropistas; la democracia: la expansión del cuentapropismo a
nivel planetario.

Generalmente, los escritos de Pedro Campos revelan una vaga precisión
conceptual. Sus reclamos solo podrían entrar a considerarse si él
definiera y desarrollara el aparato categorial del cual hace uso y que,
en esencia, se reduce a los conceptos de trabajadores libres, formas
cooperativas, formas autogestionarias, trabajo asalariado (la bestia
negra del capitalismo, según sus escritos) y el concepto premoderno de
mercado como mero intercambio.

Toda la argumentación viene a parar, en definitiva, en la exaltación de
un nebuloso conjunto de formas cooperativas autogestionarias que
deberían suplantar el trabajo asalariado ―responsable de la opresión de
los trabajadores tanto en el capitalismo como en socialismo de corte
estalinista― a escala planetaria. En ello ve Campos el triunfo
definitivo del socialismo sobre el capitalismo. Hasta aquí el contenido
de su propuesta.

Particularizando en algunos aspectos doctrinales, es lamentable que
Campos identifique el marxismo soviético con el estalinismo. En todos
los casos Campos habla de cómo el estalinismo distorsionó la doctrina de
Marx, pero se salta a la torera todo el período postestalinista, que
solo concluyó con la perestroika y donde se ventilaron y desarrollaron
todos y cada uno de los asuntos tratados por Campos en sus escritos y
muchos otros de los que él parece no tener la más remota idea.

En su evolución marxista, Pedro Campos, sin saberlo, reedita temas y
debates sobrepasados por el pensamiento postestalinista, que los llevó a
un nivel de complejidad para Campos inaccesible. En cuanto a Lenin,
sorprende la manera tan distante ―negativa a veces― en que Campos lo
trata. Sobre todo si se tiene en cuenta que, probablemente, Campos sea
su más fiel discípulo vivo. Ya Roberto Álvarez Quiñones le había
recordado a nuestro socialista libertario la siguiente cita de Lenin,
que contiene palabra por palabra lo que Campos asume como novedosa
panacea para los males cubanos y del resto del mundo: “siendo la clase
obrera ya dueña del poder […] en realidad solo nos queda la tarea de
organizar a la población en cooperativas. Consiguiendo la máxima
organización de los trabajadores en cooperativas, llega por sí mismo a
su objetivo el socialismo” (Pravda, enero de1923).

En cambio, a Marx lo trata Campos con una devoción casi fanática. En uno
de sus escritos cita un párrafo del conocido texto marxiano Contribución
a la crítica de la economía política que contiene, según él, las ideas o
―y estas son sus palabras― conclusiones fundamentales de la filosofía de
Marx. Ciertamente es un pasaje vital para el marxismo y Campos lo asume
en calidad de axioma o, lo que es peor, como un dogma.

No es lugar aquí para refutar, como quisiera, cada frase contenida en
ese párrafo definitorio y fundacional que de tantos es conocido porque,
entre otras cosas, contiene la famosa inversión materialista de los
supuestos del idealismo filosófico que Marx situara en la base de su
concepción materialista de la historia. Quien importa ahora es Campos,
no Marx. Y el primero olvida que Max Weber se alzó posteriormente con
una interpretación del origen del capitalismo que invirtió a su vez el
esquema marxista y devolvió las cosas a su sitio: la religión,
particularmente el protestantismo, se encuentra en la génesis del
capitalismo. Y aquí no vale la inversa.

Hay que recomendarle en este punto a Campos la lectura de La ética
protestante y el espíritu del capitalismo, porque no fue la versión
marxista la que en lo adelante predominó en la cultura, ni en las
universidades ni en la cabeza de los sociólogos, politólogos y
economistas, sino la weberiana. Si hoy es posible una sociología de la
religión es porque la religión dejó de considerarse como mero reflejo de
las relaciones sociales; si hoy es posible una antropología filosófica,
es porque sabemos que lo que Marx minimizó bajo el concepto de formas de
conciencia es lo determinante.

El hombre común y no pocos doctos gustan de repetir aquello de que la
gente piensa como vive, en lo que ven un sólido argumento materialista.
En efecto, el hombre piensa como vive, solo que vive bajo el imperio de
los símbolos, inserto ─desde el lenguaje que usa y que lo posee a él
mismo, hasta la más remota estrella─ en un entramado de signos y valores
que es la Cultura (con mayúscula) a la cual ―y no a la naturaleza―
pertenece cualquier forma de organización de la economía. A todo ello
Hegel lo llamó Espíritu Absoluto y supo ver en el Arte, la Religión y la
Ciencia las formas particulares en que el mismo se manifiesta; formas
estas que deciden en todo momento el tipo de relaciones ─incluyendo las
sociales─ que habrán de establecerse entre los hombres, pero también el
sentido de la vida y del universo que habitan.

Cabe recordar aquí que el primer tomo de El Capital es el más logrado y
que su capítulo primero es el que alcanza las cotas teóricas más altas.
¿Por qué esto es así? Marx se valió de la lógica hegeliana en el proceso
de investigación y exposición hasta donde pudo y como pudo. En la medida
que el movimiento lógico de los conceptos, típicamente hegeliano, fue
languideciendo El Capital se fue yendo a menos. En rigor, la única parte
filosóficamente lograda es su primer capítulo (“Mercancía y Dinero”) que
sin Hegel nunca hubiera podido ser escrito. Pero Marx mutiló el método
de Hegel, no se atrevió a seguirlo hasta sus últimas consecuencias, se
le escapó de las manos y decidió ocultar el tremendo misterio que le
estaba abriendo las puertas de la forma dinero, así como de la
naturaleza de la mercancía y su fetichismo. De haber sido consecuente,
Marx se hubiera reencontrado con Hegel al final del camino.

La involución de Pedro Campos

Pudiera pensarse a la ligera que la no aceptación del sistema político
vigente en Cuba es un rasgo que separa a la Nueva Izquierda del
neonacionalismo revolucionario, progobierno. Sin embargo, la evolución
política de Pedro Campos desmiente tal perspectiva de análisis.

Por momentos me pareció percibir en sus escritos una clara posición no
ya antiestatista, sino antigobierno. Esta postura la fue matizando con
una andanada de artículos que ha ido publicando en DIARIO DE CUBA. Sus
dos últimas jugadas dignas de mencionar son las siguientes: primero se
inventó lo que llamó la Izquierda diversa, en la que delirantemente
incluyó a la derecha disidente.

En la imaginación de Campos esta izquierda diversa aglutina a todas las
fuerzas antigobierno, porque en la nueva distribución que establece es
el Gobierno el único que debe ser de derecha: “Hoy en Cuba, la derecha
[…] estaría claramente representada en quienes se aferran al poder
político y económico centralizado y monopolizado por la elite que se
considera ella misma única heredera de la revolución popular y
democrática de 1959 […] la Nueva Derecha en el poder que, por mucho
camuflaje, se identifica con la elite minoritaria que todo decide,
poseedora del poder político y económico, el cual no está dispuesto a
compartir con las mayorías.”

Yo me pregunto: ¿Raúl Castro se incluye en esa derecha? Y me pregunto
también si en lo que sigue está hablando del gobierno actual o de los
tiempos de Fidel: “las políticas económicas de corte neoliberal
aplicadas por el Gobierno como el cierre de empresas y fábricas, la
racionalización de miles de empleos, el estímulo a la explotación
asalariada por privados y la apertura amplia al capital internacional,
en quien cifra las esperanzas para salir de la crisis, marginando y
limitando las posibilidades de las fuerzas productivas de los propios
cubanos”.

Todos dirán que aquí obviamente se refiere al gobierno de Raúl Castro
―nuevo derechista, según la cita anterior― y a sus reformas. Pues bien,
en uno de sus últimos artículos publicado en este diario Pedro Campos
defiende resueltamente las reformas raulistas de actualización del
modelo económico, que no implican libertades políticas. Se pronuncia
enérgicamente en favor del levantamiento del embargo norteamericano, no
ya del interno que es mucho más doloroso y real. Pero ahí no acaba la
cosa: también sugiere eliminar a Cuba de la lista de países
patrocinadores del terrorismo. Y, por si todo ello fuera poco, reprende
al presidente Obama por no apoyar a Raúl Castro y sus reformas del
modelo económico.

Dicho texto fue, al parecer, motivado por el editorial del 12 de octubre
de The New York Times. La pregunta cae por su propio peso: ¿es esto
oposición o disidencia?

El neonacionalismo revolucionario

El neonacionalismo se puede encontrar en tres variantes que se
retroalimentan y complementan en sus marcadas diferencias: el
nacionalismo oficialista, el católico y el diaspórico o diasporal. Los
tres (de cada uno de ellos me ocupo a continuación) pueden reunirse bajo
la denominación común de neonacionalismo revolucionario. Es este el
contexto donde brota lo que se ha dado en llamar oposición leal.

1) Nacionalismo oficialista

El nacionalismo oficialista descansa en una sólida tradición
revolucionaria. Después del triunfo de 1959, en Cuba comenzó a
desarrollarse una interpretación del marxismo que no comulgaba con la
estalinista del Partido Socialista Popular (PSP). El Che Guevara fue su
iniciador y dejó toda una serie de seguidores entre la generación de los
60 (por su debut intelectual). En ese contexto surge un grupo formado
mediante un curso intensivo de 6 meses que tenía la misión de reabrir el
Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana. Fernando
Martínez Heredia fue su director y continúa siendo el gurú de aquel team
que posteriormente se reencontró en el Centro de Estudios sobre América
(CEA) y que con la revista Pensamiento Crítico había llegado a ser el
verdadero think tank del nacionalismo revolucionario.

Resulta cuando menos curiosa esta situación: ¿Quién reinició la carrera
de Filosofía con la nueva hornada nacionalista de marxistas leales?
Raúl Castro. ¿Quién la volvió a cerrar, expulsando y hasta encarcelando
a algunos de estos marxistas revolucionarios? Raúl Castro. ¿Quién la
volvió a abrir, esta vez con un teniente coronel del ejército como
decano de la Facultad de Filosofía? Raúl Castro. ¿Quién clausuró la
revista Pensamiento Crítico? Raúl Castro. ¿Quién persiguió a aquellos
marxistas revolucionarios hasta su nuevo refugio en el CEA,
expulsándolos nuevamente? Raúl Castro, el mismo que inventó las UMAP,
que desmanteló el MININT, que promovió el fusilamiento del general Ochoa
y, curiosamente, el único que se benefició con las muertes de Camilo
Cienfuegos y de José Abrahantes Fernández. Ante ese individuo, que desde
los días de la Sierra Maestra ganó fama de verdugo y no de guerrillero,
hoy se postran no pocos ofreciendo lealtad, mientras otros lo ven como
el interlocutor perfecto para negociar el levantamiento del embargo.

El hostigamiento a los académicos, artistas e intelectuales leales no
fue una invención de Raúl, sino la continuación de la obra iniciada por
su hermano en aquellas históricas reuniones de 1961 en la Biblioteca
Nacional. Vale la pena releer el discurso de clausura pronunciado por el
Comandante en Jefe, porque ayuda a comprender uno de los problemas
básicos de la oposición cubana: la carencia del factor intelectual. En
todas partes del mundo disidencia y oposición son movimientos animados
por intelectuales. Dentro de Cuba sucede todo lo contrario.

Las reuniones en la Biblioteca Nacional, signadas por aquel
acontecimiento reciente del mes de abril, cuando se declaró el carácter
socialista de la Revolución cubana, fueron derivando hacia el tema de la
naturaleza del socialismo y su posterior desempeño dentro del nuevo
marco abierto por el proceso revolucionario. Las alternativas eran:
socialismo nacionalista o socialismo soviético. Fidel priorizó la
Revolución, a la que consideraba capaz de asimilar ambas tendencias.

En consecuencia, del teatro de la Biblioteca Nacional también salió el
mandamiento que regiría en lo adelante las políticas gubernamentales y,
muy especialmente, la cultural: “Dentro de la Revolución, todo; contra
la Revolución, ningún derecho”.

Transcurrido medio siglo de política exclusionista —como cabía esperar
del precepto anterior— varias generaciones de intelectuales
comprometidos se encuentran varados en el mismo punto: especulando
dentro de la Revolución y conminados por el propio presidente Raúl
Castro, a “debatir” sobre la forma y el rumbo que tomará el socialismo
en Cuba. Palabras a los intelectuales pesa sobre nuestras cabezas como
una maldición.

Una intelectualidad humillada en masa, responsable directa del secuestro
castrista de la libertad de expresión que se estaba consumando en aquel
teatro de la Biblioteca Nacional, canalizó su disidencia mediante la
débil exclamación de Virgilio Piñera: “Tengo miedo”. No sorprende
entonces que hoy lo hagan ofreciendo lealtad.

El neonacionalismo oficialista tiene entre sus principales figuras al
histórico Rafael Hernández, Julio César Guanche, Pavel Vidal, Esteban
Morales, algunos miembros de la UNEAC y del Centro de Estudio de la
Economía Cubana, así como los sobrevivientes, junto a Rafael Hernández,
del Centro de Estudios sobre América.

2) Nacionalismo católico

Una fundamentación detallada de la llamada oposición leal puede
encontrarse en el artículo de Roberto Veiga “Oposición leal:
construyendo caminos de estabilidad y progreso”, aparecido en el primer
número de Espacio Laical, correspondiente a 2014. En síntesis y apegado
a la descripción del autor, tenemos que la oposición leal:

Acepta la Constitución actual.
Acepta el socialismo cubano.
Apoya al Gobierno ―del cual pretende ser un complemento― y sus reformas.
Cuestiona el embargo.
Cuestiona a la oposición interna y externa.
Cuestiona y rechaza el pluripartidismo.
Defiende una sociedad civil diseñada y controlada por el Estado.
De manera que esta variante supuestamente opositora tiene todo el
espacio que necesita para ser leal, pero bien poco para disidir. Su
actividad y objetivos están condicionados por la vigencia del
mandamiento totalitario “Dentro de la Revolución, todo; contra la
Revolución, nada”, que suscriben sin dificultad.

También figura como una condición de su posibilidad el artículo 5 de la
Constitución que pone al PCC por encima de la sociedad y de la ley
misma. Los leales suscriben ese artículo 5 ―junto a la Constitución
toda― fuente de legitimación del unipartidismo. Sin embargo, justo tres
semanas después que yo presentara las ideas que manejo aquí sobre el
nacionalismo católico en el Cuban Research Institute de Florida
International University (FIU), dichos autores hacen pública su adhesión
al pluripartidismo, sin renunciar al modelo castrosocialista vigente ni
al exclusionismo (¿?).

Varias son las definiciones que sobre el concepto de oposición leal han
dado sus seguidores. Adelantaré tan solo dos de sus más destacados
partidarios:

Lenier González: “[…] la necesidad de ser leales a un conjunto de
actitudes que favorezcan la despolarización del campo político cubano”.
“Ser leales al núcleo de ideas que dan fundamento al nacionalismo
revolucionario cubano”.

Roberto Veiga: “Algunos analistas han acuñado la frase ‘oposición leal’
para referirse a un presunto desempeño político, diferente del Partido
Comunista de Cuba, que pudiera ser legalizado en la Isla para realizar,
de alguna manera, un quehacer dentro del actual sistema político”.

Para la alta dirección del Partido la oposición leal es algo más que una
idea y algo menos que una realidad. Al parecer es por ahora un proyecto
que se experimentará con gente de probada confianza y no con los
autoproclamados leales.

3) Nacionalismo diasporal

Desde la perspectiva de la diáspora, la oposición leal es una idea que
convoca a individuos que no necesariamente coinciden en todas sus
apreciaciones relacionadas con el tema cubano. Los casos de Armando
Chaguaceda y Arturo López-Levy son un buen ejemplo, pues difieren en más
de lo que coinciden.

El propio Chaguaceda se ha desmarcado de la posición de López-Levy en
los siguientes términos: “La suya, defensora de un ‘nacionalismo’
elitista donde se presenta la defensa del statu quo como inapelable
‘realismo político’ y se caricaturiza como ‘plattista’ a todo aquel que
no coincida con sus ideas. La mía, desde una identificación con un
socialismo democrático que no subordine la soberanía popular ―el goce y
el ejercicio de todos los derechos por todos los ciudadanos― a una
noción de soberanía nacional administrada por el Estado Nación”.

Como puede apreciarse, se trata de polos opuestos de la autotitulada
oposición leal. Las divergentes posturas obedecen a diferentes orígenes
y mentalidades. López-Levy es, para un socialista libertario de
Observatorio Crítico como Chaguaceda, lo que se llama un burgués de
clase media alta. Otra diferencia palpable es que Chaguaceda es
inclusivo (como Pedro Campos) y López-Levy excluyente (como Veiga y Lenier).

Siguiendo la línea argumental de López-Levy cabría decir que los nuevos
aliados del régimen de La Habana, bajo las condiciones actuales de
reforma, ya no son los que asumen o aceptan la ideología marxista, sino
los nacionalistas de todos los credos, los que repudian el embargo y el
plattismo. En esencia, esto es lo que él entiende por oposición leal.

Source: ¿Transita Cuba hacia la democracia? (I) | Diario de Cuba –

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