Los campos de concentración de Castro
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El silencio del Cardenal

El silencio del Cardenal
PEDRO CORZO

Ortega es un hombre de silencio. Calla todo lo que puede afectar a la
dictadura castrista y en particular lo que pueda resultar en su
perjuicio, por eso sus declaraciones de que en Cuba no quedan presos
políticos, encuadran perfectamente con su comprobada inclinación de
favorecer al régimen de la isla en todo lo que le sea posible.

Su conducta permite suponer que escogió la vida eclesial más por
conveniencia que por fe. También deja apreciar que su actuar se semeja
más al de algunos clérigos de las antiguas cortes europeas que gustaban
incursionar en el poder temporal y para lograrlo, hacían todo tipo de
concesiones a los reyes, dicho sea de paso, los Castro tienen más de
monarcas absolutos que de dictadores.

Jaime Ortega y Alamino es posiblemente el más sinuoso y genuflexo Obispo
que ha tenido la iglesia Católica Cubana. Su petulancia no honra en
medida alguna el evangelio que predica.

El cardenal es incapaz, cabe la pregunta de cómo ascendió al purpurado,
de insuflar valores cristianos o predicar la ética sobre la cual se ha
sostenido el mundo occidental. Su práctica es la de un político
oportunista. Calla, tergiversa y manipula con eficacia.

La realidad es que las conmociones sociales y políticas tienden a
generar oportunidades para que determinadas personalidades accedan a
posiciones protagónicas, capitulo en el que es de suponer debe ser
encasillado el cardenal cubano Jaime Ortega y Alamino.

El cardenal Ortega debe ser catalogado como un sobreviviente exitoso.
Superó la cruel experiencia de las Unidades Militares de Ayuda a la
Producción, entidad criminal creada por el castrismo para encerrar a
miles de jóvenes desafectos al nuevo orden.

Todo parece indicar que su estancia en los campos de concentración le
llevó a concluir que la fórmula ideal para su éxito personal, estribaba
en no ver y enmudecer, ante los crímenes que la iglesia en la que hacia
vida condenaba. Pasar por alto que miles de fieles se pudrían en las
cárceles y que centenares de creyentes, antes y después de sus vivencias
en la UMAP, ofrendaron sus vidas frente a un pelotón de fusilamiento
clamando por Cristo Rey.

Ortega escaló posiciones en una iglesia que enfrentaba serios problemas
por falta de sacerdotes y las restricciones gubernamentales que le
impedían acceder a la población, cuyos fieles eran brutalmente
reprimidos y discriminados.

Paralelo a la represión e intimidación contra los creyentes y sus
iglesias, el futuro Obispo establecía relaciones personales con los
jerarcas de la dictadura, con un gobierno que especificaba en su
constitución que era oficialmente ateo.

Paulatinamente se fue asegurando un rol importante en el escenario
principal del totalitarismo cubano. El fracaso absoluto del castrismo le
favoreció y se convirtió en el interlocutor más relevante del régimen.

La crisis estructural de la dictadura ha beneficiado el protagonismo de
Ortega. El régimen necesita un cardenal de sus características, por eso
le permitió ser uno de los intérprete en la ficción de diálogo que
culminó con la salida del país de prisioneros políticos y sus familiares.

Raúl Castro había tomado la decisión de la excarcelación y deportación,
pero necesitaba que Ortega y Alamino asumiera un rol protagónico para
afianzar una figura que favorecería su propósito de lavar la cara de la
dictadura, con el único fin de que todo siguiera igual.

Las declaraciones del cardenal sobre los prisioneros políticos le
colocan una vez más en la principal línea de defensa de la dictadura, ya
que la prisión la nutre el régimen con sus acciones represivas y las
injustas condenas que dicta.

El cardenal debería ver el informe de la Comisión Cubana de Derechos
Humanos y Reconciliación Nacional, firmado por el activista Elizardo
Sánchez. El documento refiere que en la isla hay 21 personas que llevan
entre 12 y 24 años encarcelados por delitos contra el estado, al no ser
que Ortega y Alamino no considere a estas personas como prisioneros
políticos tal y como hace la dictadura.

La relación presenta 71 personas que han sido condenadas o procesadas
por razones políticas. Entre ellas, Mario Ronaide Figueroa sancionado a
tres años de prisión por hablar en contra del gobierno o Armando Sosa
Fortuny, penado a 30 años, por infiltrarse clandestinamente en Cuba, una
misión que cumplieron Fidel y Raúl Castro en 1956, con el agravante de
que ellos con sus acciones han causado la muerte de millares de personas
y la devastación de todo un país.

El cardenal debería revisar la lista. Está Ernesto Borges, un prisionero
político visitado por su eminencia en el 2012 cuando realizaba una
huelga de hambre. Borges, 17 años preso, reclamaba ser puesto en
libertad, condición a la que tenía derechos según las leyes cubanas,
pero no, “en Cuba no hay presos políticos”.

Source: PEDRO CORZO: El silencio del Cardenal | El Nuevo Herald El Nuevo
Herald – http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article26205691.html

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