Los campos de concentración de Castro
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Un ciervo herido (III)

Un ciervo herido (III)
CUBAENCUENTRO continúa la publicación de una selección de capítulos, en
cinco partes, de esta novela testimonio sobre las Unidades Militares de
Ayuda a la Producción (Umap)
Félix Luis Viera | 20/07/2015 11:30 am

Buruburuburu hacían las tripas de la loca, 21, en la noche. Si yo
hubiera tenido las pastillas de Meprobamato me hubiese tomado un par
luego de asegurarme de que él dormía. Pero no tenía. Y después que lo
sabía dormido intentaba dormirme yo y me demoraba mucho, muchísimo. No
tenía dudas de que era una loca intrépida. Tampoco se refrenaba para
ocultarlo. Yo me dije: 22, termina esta jodedera de una vez porque te
vas a enloquecer más de lo que siempre has estado, durmiendo tan
poquito, con sobresalto tanto y derritiéndote requetesoñoliento en el
día contra los números. Yo hacía broncas en las raspas de arroz por Luis
Arturo. Si agarraba yo una buena torta de raspa, Luis Arturo se alegraba
descomunalmente porque, agarrase lo que agarrase, le daba a él tres
cuartos. Él se comía toda la que pudiera agarrar para sí. Las raspas las
sacaban anochecido hasta unos metros más allá de la entrada del comedor.
Cerca de la pipa de agua. Junto al tramo entre los excusados y los
lavabo-lavaderos. Allí se iban los grupazos de Umap en cuanto terminaban
de comer. Muchos fingían una cola para tomar agua. Los cocineros sacaban
el calderón y el enjambre le partía encima. Creo que a veces los
cocineros dejaban que el arroz hiciera más raspas de la cuenta. Y otras
aun venía arroz real sobre las raspas. Cuando ya no era posible sacar
más puesto que el fondo del calderón y la lámina de raspas eran la misma
cosa, los cocineros, que habían observado como quienes se hallan de
espectadores en una arena de boxeo, metían agua al calderón y limpiaban
bien y soltaban en la cubeta del sancocho —dicen que destinado a una
granja de puercos. Cada Umap procurador de raspas llevaba una cuchara,
algunos dos para halar con todo y echárselas hasta en los bolsillos y
masticar luego aun cuando ya habían dado la orden de silencio. Llegó un
sargento político y dijo está bueno ya de pelearse por las raspas. Tenía
trazas de mandril y hablaba como si los mandriles hablaran. Los Umap
rasperos nos quedamos congelados, en firmes, mientras el uniforme
verdeoscuro, yendo de un lado a otro, brillaba con los destellos de los
mechones del comedor. Quiso decir que era un espectáculo infame eso de
ver a los hombres que se están formando en los principios socialistas y
revolucionarios del Hombre Nuevo peleados por un poco de raspas. Quiso
decir que era una debilidad ideológica que debilitaba ideológicamente la
ideología de un soldado de la patria de Fidel y de Martí esa mierda de
estar guerreando como contrarrevolucionarios por un poco de raspas. Esto
fue en suma lo que quiso decir, si bien utilizó palabras de mandril.
Algunos lacrosos Umap masticaban o mordían o guardaban en bolsillos
cuando él apareció y quedaron fragmentos de raspas afuera de varias
bocas y otros desdichadamente cayeron al suelo al ponerse sus posesores
en firmes. Yo estaba fuera de la vista del mandril; venía por la acera
de entrada al comedor y quedé en atención con el mandril de espaldas a
mí. Mandó a ponerse cómodos y siguió mandrileando oralmente unos
minutos. Dijo a los cocineros que en lo adelante le avisaran a él cuando
estuvieran listas las raspas. A los demás Umap cada uno a su barraca. Se
vio al mandril ir a la jefatura y regresar con sus congéneres sargentos
políticos. Se reunieron junto al calderón y finalmente lo halaron más
allá, hacia la cabeza de la pipa. Volvieron a reunirse y al minuto y
medio o dos desenvainaron cucharas y se pusieron a comerse las raspas.
Me alejé y, porque estaban al dar la orden de silencio y no quería me
agarrara caminando por fuera, me metí por la entrada del fondo y
atravesé la barraca encorvado a todo dar entre las hamacas. Me sentí
triste. Hasta la mudez. Como otras veces por diferentes causas me eché
un par de cabecitas de lágrima por lo menos. Me metí en mi hamaca medio
muerto de pesar y ya la arrojada loca se hallaba acostado y comenzó el
regateo. Sus tripas cabronas como conejos haciendo cuevas. Lo enfilé de
reojo mucho después para asegurarme de que no sólo sus ronquidos
indicaban que se había dormido. No se le veían las chispas de los ojos.
Moví mi codo derecho bien fuerte y por tanto igual mi hamaca contra la
suya y la señal que dio fue la de un sueño de muerto. Me concentré en
busca de mi dormir mirando al techo o creyendo que miraba al techo que
no se veía. De primer paso al quedar dormido soñé con mi mujer
estudiantica y jovencita, sus ojos candorosamente oscuros. Yo había
regresado y llevaba catorce horas haciendo el sexo con ella y mi mamá
gritaba derribando la puerta del cuarto coño pero te vas a morir de
tanto templar, diciendo. Esto yo lo sabía y lo afirmaba mi mamá con sus
gritos. Pero era sólo la memoria del sueño porque en imágenes únicamente
había transcurrido el palo que ahora estaba echando: mi mujercita
bocabajo con su hermoso y tierno culo trigueño como toda su piel y yo
que la iba penetrando despaciosamente mientras la asía por la cintura
con ambas manos como si mis dedos fueran colmillos. La clavé hasta donde
dice “aquí termina el camino” mientras gozaba mirando cómo se agitaba su
revuelta negra cabellera y cuando me sentía al eyacular desperté. En la
vida real la avezada loca, el 21, tenía mi majagua, parada y durísima,
agarrada con toda saña por encima de los calzoncillos verdeoscuros de
popelín satinado.

Source: Un ciervo herido (III) – Artículos – Cuba – Cuba Encuentro –
http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/un-ciervo-herido-iii-323236

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