Los campos de concentración de Castro
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Un ciervo herido (V)

Un ciervo herido (V)
CUBAENCUENTRO concluye con esta entrega la publicación de una selección
de capítulos, en cinco partes, de esta novela testimonio sobre las
Unidades Militares de Ayuda a la Producción (Umap)
Félix Luis Viera, México DF | 22/07/2015 5:55 pm

Desde la puerta de la jefatura el teniente gritó: “¡Metan también a ese
33!” Con esto el teniente quería decir que metieran a Guillermo la Rumba
en la reata de los testigos de Jehová. En este lance la perdición de
Guillermo la Rumba ha sido la leche condensada. La leche condensada la
habían traído hacía poco. Con ella preparaban el líquido del desayuno.
Antes, había sido con leche evaporada; ahora, con la condensada, quedaba
igual de transparente, agua casi. Guillermo había manifestado
constantemente, durante los últimos cuatro o cinco días, que tenía unas
ganas horribles de meterse por lo menos unos buches de leche condensada,
chupados de la misma lata, como hacía cuando niño escondido de la madre;
y ya grande sin tener que esconderse de nadie, “comprada con mi dinero”.
“Hasta que ya ni con dinero: el comunismo acabó también con la leche
condensada, de pinga”, aclara enseguida, levantando el índice,
rastrillándolo en dirección al cielo. Creo que después del ron, la
bebida que más me gusta es la leche condensada, había dicho quinientas
veces en los últimos cuatro o cinco días, desde que había leche
condensada en la “unidad”. Había tratado con los cocineros por todas las
vías: dinero, chantaje (podría decir que tú —a un cocinero— les sirves
más comida a los machos que te gustan), flirteo, apuesta de una lata a
las tres y media. Pero los cocineros tenían pánico: cualquier cosa antes
que soltar una lata y que no les diera correcto el conteo que les hacían
los del “batallón”. La tarde anterior, el teniente en persona entró en
las barracas y se fue directo adonde estaban los testigos de Jehová en
sus grupitos y les metió una descarga que podría dar horror pero que no
conmovió a los testigos. El teniente venía seguido por unos sargentos y
cabos Umap y en el camino pateó cualquier tabla o caja o jarro que
estuvo a la distancia de sus botas. De los jefes, es el teniente quien
más rápido y suelto camina encorvado entre los soportes de las hamacas.
Les dijo a los testigos, primero, que ya les había dado muchos chances
para que rectificaran; hacía días que no los obligaban a formar filas.
Los conminó a que entendieran sobre el porvenir de lo terrenal, que no
tomaran por caso a un dios que no existía. Esto se los había repetido
miles de veces. ¿Qué sería de la patria si todos actuaran como ellos:
sin jurar la bandera, sin formar filas, sin trabajar uniformados, sin
trabajar en fin? Era el atardecer. Se escuchó esta misma charla como de
una grabadora dicha por el teniente a los tres o cuatro grupitos de
testigos de Jehová, que no se ponían de pie y en atención cuando entraba
un jefe, como era obligatorio, ni aunque fuera el teniente. Ninguno de
los testigos de ningún grupito movió una pestaña por lo dicho. El
teniente se volvía para los otros Umap que curioseábamos: “¿Ven?, ¡¿ven
qué parásitos?!” Les dijo, segundo, que quien no trabaja no come y sin
embargo ellos comían, ¿no? ¿Eh?, con ustedes no queda más remedio que la
mano dura, la cañona, y nosotros —señaló abanicando con un brazo a los
jefes que lo acompañaban— estamos aquí para que se cumplan las órdenes
del Ejército y la Revolución, ¿verdad? A los testigos de Jehová que les
miré la mirada, les vi en ellas, como otras veces, una mezcla de
aburrimiento y estoicismo. Hacía días que no les hacían la reata para
obligarlos a formar filas en la mañana. Guillermo no nos dijo a los
socios que se iba a lanzar por una lata de leche condensada. En la
trascocina se guardan los abastecimientos; un almacencito. La Rumba nos
diría luego que él había cubicado bien dónde estaban las cajas de latas
de leche condensada. Y que, ojalá, pensaba, había rogado a sus santos,
pudiera meter mano a dos o tres latas. La Rumba quedó trabado y un cabo
Umap dio la alarma amaneciendo: “Ese negro cabrón está trabado en la
ventana”. La ventana estaba como a siete pies de altura. Guillermo se
subió en dos o tres cajones y afincó manos y se tiró hacia arriba. Él
sabía que a la ventana, muchas veces, no le cerraban la hoja; era más
bien una ventana para la entrada de aire, los cocineros solían pegar la
hoja desde abajo con un palo, con el que podrían también pasarle el
cerrojo, pero este último trabajo casi siempre se lo ahorraban.
Guillermo la Rumba, mitad inferior del cuerpo colgando hacia afuera,
mitad superior hacia dentro, logró agarrar par de latas de leche
condensada con la derecha; con la izquierda, afincada en la base de la
ventana, trataba de ayudarse en el equilibrio. Pero la sangre se le iba
toda a la cabeza y sus pies, allá afuera, patinaban en el vacío. ¿Qué
coño hago ahora?, se preguntaba sin soltar el par de latas. ¿Cómo meto
ahora la marcha atrás?, se preguntaba. Entonces decidió que se iba a
tirar hacia dentro, esperar a los cocineros, amenazarlos, llevarse las
dos latas, guardarlas en sus pertenencias, meterse en la hamaca,
esperar, tranquilito, el “¡de pie!” Él, furtivo, se había levantado, aún
a oscuras, para llevar a cabo la operación. Él, la tarde antes, había
localizado y calculado a vista los cajones que le iban a servir, y la
ruta que seguiría para no toparse con algún cabo Umap. Pero sus cálculos
fallaron en cuanto al tiempo que emplearía en la operación: ya casi
amanecido fue que logró saltar a la ventana. Si perdí tanto tiempo fue
porque había que hacerlo sin ruido, de pinga, nos dijo luego. ¿Y por qué
no nos avisó que pensaba embarcarse en este asunto? De pinga, respondió,
ya ustedes lo saben: no me gusta preocupar a los socios. ¿Y cómo fue que
el cabo Umap descubridor, si sólo lo veía del culo para abajo, supo que
era Guillermo? “¡Ese negro cabrón está trabado en la ventana!”, había
gritado el cabo Umap. Me miró a los pies, contestó Guillermo, yo fui
descalzo, sutilito, sin ruido, de pinga. “¡Cáete pa’ dentro, 33!”, le
ordenó el teniente desde dentro de la trascocina. El teniente y otros
jefes habían sido avisados y estaban mirando el desenlace dentro de la
trascocina. Toda la sangre de Guillermo la Rumba se agolpaba en su
cabeza; rojísima debía estar mi cabeza, dijo él luego. “¡Suelta las
latas, ladrón! ¡Cómo se te ocurre robar lo que es del colectivo!”, le
gritó el teniente. Guillermo dejó caer el par de latas y ya, de tanta
sangre acumulada en la cabeza, apenas le quedaba vista, contó luego.
“¡Que te dejes caer pa’ cá, ratero!”, le gritó el teniente. Guillermo se
deshizo de la palanca que se hacía con la mano izquierda y la
contracción del vientre, y se dejó ir en brazos de dos o tres cabos Umap
que lo pelotearon él cayendo de cabeza. De pinga, dijo ya con los pies
en el suelo, respirando a trancos, mareado, y más que todo: se sentía
humillado. “¡Y encima dices malas palabras!”, le gritó el teniente
levantándole la cara mediante un apretón en la barbilla. No había
terminado el teniente de gritar: “¡Metan también a ese 33!”, cuando un
sargento, que desde los primeros días había dado muestras de sentir por
Guillermo la Rumba el sentimiento más contrario al amor que pueda
existir, se lanzó hacia él y de una patada en las nalgas lo sacó de las
filas, donde ya estábamos en posición de atención, y lo llevó adonde se
hallaban los testigos de Jehová esperando para que los mancornaran. Los
testigos de Jehová son todos iguales, no es posible decir el rubio o el
trigueño o el alto o el chico o el delgado o el grueso, son como un
ejército hecho con el mismo gen. Nunca se resisten cuando les amarran el
cuello, los ponen en reata, los encaminan a las filas. Pero cuando los
están haciendo llegar a la formación se dejan caer, se desmadejan. A
Guillermo lo llevó el un sargento y lo enganchó al final de la reata; ya
sólo quedaba un pedacito de soga libre. A veces, hacen tres o cuatro
reatas con sendos grupitos de testigos. A veces, como hoy, empatan las
sogas y hacen una sola: como una larga sarta de chorizos. Ningún sentido
tenía sacar a Guillermo de la fila, ponerlo en la reata, traerlo sumado
a ésta como si también él se negara a formar, fuera un testigo. Pero el
teniente estaba este amanecer con inmensa mala sangre. Guillermo nos
había dicho antes de formar, recién llegado de su derrota: y el muy
maricón me dijo que en ésta iba un buen castigo, ya lo vería yo, pero en
la próxima falta me mandaba enterrar, y eso sí es del carajo, de pinga.
El teniente hizo una señal desde la puerta de la jefatura y los
sargentos ordenaron ponerse en posición de descanso. Yo lo vi: el
segundo teniente se había ido a los excusados ya zafándose el cinto por
el camino y apretándose la barriga, como quien se está cagando ahora
mismo y se está reventando de dolor de vientre. ¿Sería? Guillermo la
Rumba venía cabizbajo al final de la reata y con las manos entrelazadas
a la altura de los cojones. Todos los testigos de Jehová serán iguales,
pero debo decir que ahora, el que más gaznatones cogió fue el más rubio
de los rubios; que se tiró en el suelo antes de lo tradicional y paró el
compás de la reata antes de lo tradicional. ¿Por qué este testigo, que
agrego era de los más suaves, se dejó caer en el suelo antes de tiempo?
Él, Dios y el Misterio sabrán. Su tez era blanquísima y a cada bofetón
la sangre parecía parársele sobre la piel. El soldado de guarnición Luis
Díaz Campanería, par de cabos Umap y par de sargentos lo sonaron a
cachetadas más largas y más cortas. Un sargento político haló la soga
por el extremo delantero y el tirón, en contra del peso del testigo de
Jehová que ya estaba en el suelo, se llevó a la tierra al resto.
¡”Cojones, me cago en Dios, sáquenme de aquí!”, gritó arrodillado
Guillermo la Rumba. El sargento de su pelotón, el un sargento que tanto
desamor por él sentía, fue y, arrodillado el mulato, le pegó un aletazo
que traqueteó por todos estos montes. El testigo rubio continuaba en el
suelo, ahora boca abajo y tirado a todo lo largo que el lazo le
permitía, y cabos Umap y sargentos y sargentos políticos fueron y lo
pusieron en pie a la fuerza, a jalones, y arrearon con toda la fila
mancornada adonde la formación. El bulto de testigos de Jehová con
Guillermo la Rumba de rémora fue desenlazado. Los testigos de Jehová
nunca habían respondido por sus números. El segundo teniente seguiría
cagando y adolorido de panza; debió ser el teniente quien diera la orden
a los sargentos: llamar a cada cual por su número y que se incorpore a
su lugar. Los sargentos, con el desgano de quien ya sabe de antemano la
respuesta, llamaron a los testigos por su número. Y ellos siguieron en
el suelo. Sin oír. Sin mirar. Sin estar. Con qué clase de mala sangre
amaneció hoy el teniente: “¡Métanlos!”, gritó desde la puerta de la
jefatura. Es también el amanecer del Misterio: golpean mucho más los que
hasta ahora golpeaban poco, y aun golpean los que yo no había visto
golpear. Sólo el 33 se había incorporado a su puesto con el llamado.
Bajito, venía repitiendo, “de pinga”. A empujones y patadas por el culo,
fueron llevados a sus sitios vírgenes en la formación los testigos. Y
allí, unos se sentaron, otros pusieron una rodilla en tierra, otros se
encorvaron mirando al suelo. El teniente gritó que ya el sol estaba en
medio del cielo —el sol, en verdad, apenas estaba tomando cuerpo a
espaldas de nosotros— y entonces ¿qué?, que desayune esa tropa y que
vaya a trabajar la tierra, que eso es lo que la Revolución socialista
está esperando. Dicho esto, el teniente se acercó, en su mañana hasta
ahora de más mala sangre según mi contabilidad, y señaló uno por uno a
los testigos diciendo “amarrado a un poste hasta el atardecer”, y
apuntaba a las cercas, y dejó para el final al rubio pielblanquísima:
“Enterrado hasta que yo me acuerde que existe”. Y a mí me temblaron los
huevos.

Source: Un ciervo herido (V) – Artículos – Cuba – Cuba Encuentro –
http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/un-ciervo-herido-v-323257

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