Los campos de concentración de Castro
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Censura, la arteria vital del régimen cubano

Censura, la arteria vital del régimen cubano
Todavía cada director de emisora radial o televisiva tiene sobre su
escritorio, una lista de música y artistas prohibidos, y las editoriales
proscriben a los autores incómodos.
Dr. Jeovany Jiménez Vega
noviembre 04, 2015

La reciente inhabilitación de Juan Carlos Cremata como director teatral,
previa suspensión de “El Rey se muere”, su última obra sobre las tablas
del Centro de Teatro, y la publicación en red hace algunos días de una
inflamada carta del prestigioso crítico Enrique Colina motivada por el
hecho, avivaron nuevamente en La Habana las brasas de la polémica sobre
la censura.

Cariñosamente recordado por “24 por segundo”, su excelente programa
–definitivamente reformador de nuestra cultura cinematográfica y al que
más de un cubano debe su afición hacia lo mejor de ese arte– Colina sale
esta vez en valiente defensa de Cremata, y por extensión de todos los
creadores censurados en la Cuba postrevolucionaria.

Quien desee seguir un hilo conductor común a lo largo de esta larga
vida/agonía de la “revolución” de los Castro, no tendría más que
serpentear su dedo sobre la ininterrumpida línea de la censura, esa
herramienta indispensable del régimen cubano, junto a la represión
física, siempre usada para mantenerse en el poder contra la voluntad de
mi pueblo. Semejante ejercicio confirmaría una máxima histórica: por una
cuestión de esencia ninguna dictadura abandonaría jamás esta aberración
sencillamente porque está codificada en su ADN, porque forma parte
indisoluble de su naturaleza misma.

Los jerarcas en la Plaza de la Revolución están cabalmente conscientes
de esto. Saben muy bien que si la dictadura dejara de reprimir y
censurar estaría firmando en el acto su sentencia de muerte, porque la
libertad de pensamiento y el libre albedrío personal, incompatibles con
la voluntad retrógrada y enfermiza de los dictadores, son frutos
exclusivamente cultivables en las tierras abonadas por la democracia y
esta palabra está excluida del catálogo técnico de los dementores de La
Habana.

La represión y la censura son a la dictadura cubana tan inherentes como
lo es la fusión nuclear a la luz del sol, o como lo es la humedad al
agua. De hecho, esta letal combinación constituye el único modo en que
alguien puede perpetuarse en el poder durante 56 años a pesar de
gobernar tan escandalosamente mal, en contra de los intereses vitales
del pueblo cubano, y de haber hundido a su nación en la más grave ruina
económica y moral de su historia.

Ayer fueron otros los motivos elegidos por los inquisidores, y no
siempre tuvieron una utilidad o “justificación” política clara o
inmediata, sino que en no pocas ocasiones sufrimos prohibiciones
llanamente banales como ver vetadas aquellas geniales canciones de
cuatro chiquillos de Liverpool, o de trasfondo francamente estúpido como
haber vedado el culto religioso cuando esto no atentaba en modo alguno
contra la estabilidad política del régimen.

Pero que a estas alturas sucedan todavía incidentes como el de Cremata
desmiente definitivamente a quienes han querido limitar esta sistemática
reprensión gubernamental al quinquenio gris de los 60 –que hay quien
prefiere extender a decenios negros. Hoy se divisa nuevamente detrás del
telón la misma mano peluda que hace medio siglo ordenara la creación de
las UMAP o el ostracismo de Virgilio y de Lezama, o de tantos otros.

No existe expresión artística que haya escapado a este mal en la Cuba de
los Castro. Hoy la larga zaga continúa y la misma presencia oscura
denuncia a gritos que, en rigor, nada ha cambiado durante esta larga
puesta en escena, solo que corren nuevos tiempos y la misma
gerontocracia ahora reprueba el acceso pleno a Internet y a la TV
satelital, la posibilidad de una prensa independiente debidamente
legalizada y además somete a la más hermética censura a toda su prensa
oficial. Todavía cada director de emisora radial o televisiva tiene
sobre su escritorio, bien visible, una larga lista de música y artistas
prohibidos, y las editoriales proscriben a los autores incómodos
priorizando casi siempre a lo más mediocre de la cloaca del oportunismo.

Son los mismos los verdugos, solo que ya Cuba no lo es; ya Cuba se cansó
definitivamente porque se conoce de memoria, de tan reiteradas, las
viejas mascaradas que sólo buscan algún nuevo “… retoque de los
afeites”. Por eso siempre reconfortan gestos viriles y solidarios como
el de Colina y compromisos incondicionales como el de Cremata. Gestos
así son necesarios para demostrar a las claras que detrás de aquella
“…apelación hecha por la más alta instancia de Gobierno de asumir la
realidad con sentido crítico, honestidad y compromiso ético” –único
punto donde discreparía con Colina– no existen más que hipocresía y la
más pura y abyecta demagogia.

Pero otra vez levita el fantasma de la censura sobre el latifundio de
Birán, como un mal llamado a perdurar mientras perduren los verdugos, un
mal no dispuesto a ceder, que siempre puja por extenderse fatalmente
amenazador sobre las conciencias. Una vez más las sombras entronizan su
dominio en medio de la aldea medieval donde lóbregos reyezuelos, ya
sepultados por la Historia, tozudamente se niegan a morir.

Este artículo fue publicado en el blog Ciudadano Cero

Source: Censura, la arteria vital del régimen cubano –
www.martinoticias.com/content/censura-arteria-vital-del-regimen-cubano/108345.html

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