Los campos de concentración de Castro
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A Cuba le nació una Villa Rosa

A Cuba le nació una Villa Rosa
Historias prueban que no somos tan homofóbicos, que sencillamente nos lo
hicieron creer
jueves, marzo 17, 2016 | Jorge Ángel Pérez

LA HABANA, Cuba.- Son muchos los que aseguran en Caibarién que el
apelativo de Villa Blanca guarda relación con el rectísimo trazado de
sus calles, mientras otros creen que el título tiene que ver con el
polvo de piedra caliza que rellenó esas calles amplias y muy rectas,
tampoco le faltan hijos a esa Villa que se ufanen creyendo, a pie
juntilla, que si algo relaciona a los habitantes de ese pueblo del norte
de Villa Clara con el color más “puro”, son las grandísimas virtudes que
exhiben sus habitantes.

Es posible que tengan razón los unos y también los otros, pero lo
curioso es que desde hace solo unos días la Villa tiene otro apelativo,
y esta vez fue el rosa el color que se escogió. Resulta que allí se
acaba de estrenar un documental con ese nombre: Villa Rosa, que no
pretende entrar en contradicción con el título anterior, pero sí se
empeña en destacar otras tonalidades. Esta pieza fue dirigida por Lázaro
González; y Nelson, también González, escribió el guión. De ellos dos
escuché decir que son una feliz pareja, aunque, por lo que ya sabemos,
no son un matrimonio.

Los protagonistas de este documental son todos homosexuales, y Adela,
también personaje, es transexual y también la única delegada del Poder
Popular en Cuba con esa condición. Estos protagonistas hablan de su
relación con la villa y sus habitantes, de quienes se alaba la
tolerancia. Quizá este último término no sea el mejor, porque la
tolerancia tiene que ver con la resignación, y lo que allí sucede no
tiene mucho que ver con una conformidad pasiva; tiene que ver con el
respeto, la aceptación, la buena convivencia.

Y quizá este fenómeno no sea tan exclusivo de Villa Rosa, creo que esas
buenas maneras se vuelven lugar común en los pueblos parranderos del
norte villaclareño; Remedios, Vueltas, Camajuaní, Encrucijada… No dudo
que sean las pelucas o los lujosos salones de un palacio que parecen
flotar en las bambalinas de sus carrozas, quienes crearon una
sensibilidad diferente en los moradores de esos pueblos. Y hasta es
posible que no seamos un país tan homofóbico como nos han hecho creer.
Quien lo dude puede ir a Caibarién, es decir, a Villa Rosa, y disfrutar
de la feliz convivencia entre todos, lo que no sucede únicamente durante
los festejos, aunque insisto en la posibilidad de que sean estas
celebraciones bellísimas y hasta delirantes, el sedimento de todo.

En estos poblados no resulta extraño mirar a un heterosexual, extasiado,
que alaba el miriñaque gigantesco que sostiene la falda de María
Antonieta, tan enorme que se necesita de una grúa para dejarlo encima
del chasis de la carroza. Habría que estar en una de esas fiestas para
ver a un muchacho de delicadas maneras entrando con muchísimo cuidado
por la breve abertura de aquella armazón que recibirá luego el fastuoso
vestido. Habría que ver a los moradores de esas villas aplaudiendo al
muchachito amanerado y lánguido que consigue vencer el escollo de
aquella abertura tan breve entre las gruesas cabillas del miriñaque;
para que luego se batan palmas y se elevan los fuegos artificiales.
Quién puede dudar que fuera en esas fiestas donde reapareció el
travestismo que habían hecho desaparecer en Cuba.

Es posible que nuestra homofobia no esté tan enquistada. Creo que ese
machismo que achacan a los cubanos no es tanto, que solo es fruto de
políticas castradoras, como esas que conocimos en los años sesenta y que
nos encontramos todavía. Cómo podemos entender que en Villa Rosa, Adela
se hiciera delegada del Poder Popular; la primera, la única transexual
en toda Cuba que se puso al frente de toda una comunidad sin renunciar a
sus maneras “extraviadas”. Adela es uno de esos personajes que se pueden
ver en el documental, y también está Patrick Link, un travesti que anima
las noches del cabaret “Los paraguitas”, y Javier y Yunier, muy
empeñados en conseguir el matrimonio entre homosexuales; todos guiados
por Roxana Rojo, a quien conozco desde hace mucho tiempo, desde que era
Pedrito.

Y hasta me contó alguna vez Pedro Manuel que había estudiado en una de
las tantas Escuelas Militares Camilo Cienfuegos (Camilitos) que
surgieron en el año 1966, un año después de aquellas Unidades Militares
de Apoyo a la Producción (UMAP). Sin dudas el gobierno no quería dejar
ningún cabo suelto y decidió educar en la reciedumbre a sus varones, y
para ello nada resultaría mejor que una preparación militar vigorosa,
“macha” y uniformada.

Fue en 1971 cuando Pedro Manuel González hizo su matrícula en los
“Camilitos”. Tres años habían transcurrido desde el cierre de aquellos
campos de concentración que pretendieron corregir, y castigar, el
amaneramiento de tantos hijos de cubanos, y también las vocaciones
religiosas, y aquellos gustos tildados de extranjerizantes de quienes
preferían escuchar ritmos foráneos mientras otros suponían que solo era
bueno dejarse seducir por las cadencias del patio.

Pedro Manuel entró siendo muy joven a esos “Camilitos” que, con
muchísima frecuencia, me llevan a pensar en las UMAP, o viceversa. Es
que supongo cierta relación entre los “unos” y las “otras”, y no creo
nada descabellado defender tal parentesco. Hasta puedo imaginar el
discurso de los oficiales vestidos de verde queriendo demostrar a sus
alumnos las abyecciones de unos seres muy blanditos que eran traidores
en potencia…, ellos, esos Camilitos, tenían una gran responsabilidad…

Sin dudas la entereza de los miembros de ese joven proyecto militar
podía ser enfrentada, si resultaba necesario, a quienes estuvieron
recluidos en las UMAP “¡tan plagadas de vicios y debilidades!”. La
virilidad y la fuerza de los Camilitos podían enfrentar, si hacía falta,
esos vicios y debilidades de quienes estuvieron encerrados en aquellos
campos de concentración.

Los defensores de esos espacios cerrados y humillantes no se creían
mucho el cuento de que la revolución podía acabar con ese “mal”, y ¿qué
mejor para educar a ese hombre nuevo que el rigor de la vida militar?
Ambas creaciones son el reflejo de una política machista,
segregacionista. Quienes reclutaron a Pedro Manuel González pudieron
suponer en él un proyecto de macho revolucionario. En ese muchacho
podrían estar las cimientes del hombre nuevo, el mas viril, ese que luce
un uniforme verde olivo…, un hombre nuevo dispuesto a ganar la batalla a
las “mariposas”.

Y se les fue el tiro por la culata. De nada sirvieron las largas horas
de entrenamiento ni las órdenes más viriles. De nada sirvió el toque
temprano de la Diana ni la imposibilidad de dejarse asistir por un
espejo para conseguir un rápido peinado. Aquellos oficiales encargados
de formar al hombre nuevo no imaginaron jamás que aquel muchacho
abandonaría alguna vez el nombre con el que lo inscribieron en el
Registro Civil de Caibarién, es decir en Villa Rosa, para llamarse,
algunas veces, Roxana Rojo.

Me pregunto qué dirían aquellos militares que lo entrenaron si lo vieran
ataviado como Roxy, y representando historias, como las de aquella rusa
que llegó a Cuba y se enamoró de un pescador en Caibarién, y allí se
quedó. ¿Quién podía creer que aquel muchacho sería años después una
estrella del Mejunje en Santa Clara? Había que creer en aquel joven,
sobre todo porque entró a los Camilitos un año después de que un sinfín
de machos no consiguió los añorados diez millones en aquella zafra
azucarera fracasada. ¡Ay, cuánta cacofonía!

Pedro Manuel, aquel proyecto de macho varón masculino terminó siendo
homosexual, y defensor del derecho de los gays. Roxy, el Camilito, fue
una estrella de plumas y lentejuelas a pesar de su breve educación
militar, y hasta escribió libros, y tradujo los que otros escribieron
antes. Pedrito no se hizo teniente ni capitán. La humanidad de Pedro
Manuel dijo basta un día…, y se vistió de hembra; después de abandonar
los predios verde olivo. Lo que de seguro ha pasado otras veces…

Y voy a terminar, pero antes quiero dejar claro que todo cuanto escribí
no es un relato que se anticipa a lo que puede encontrar en el
documental. Lo que hasta aquí leyó no son más que algunas de las ideas
que puede sugerir un documento como ese. Esas historias prueban que no
somos tan homofóbicos, que sencillamente nos lo hicieron creer, y además
que deben existir en nuestros pueblos, incluso entre los más
intrincados, un montón de Villas Rosas. ¿Por qué una cosa es Caibarién y
otra…? Usted podrá descubrir que la homofobia está más
institucionalizada que en la sangre de los cubanos. Y no dudo que
veamos alguna vez la historia de un militar de alta graduación que sufre
por un amor que lo asfixia, ese que siente por un subordinado.

Source: A Cuba le nació una Villa Rosa | Cubanet –
www.cubanet.org/opiniones/a-cuba-le-nacio-una-villa-rosa/

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