Los campos de concentración de Castro
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Los medios en Cuba no son cronistas de época

Los medios en Cuba no son cronistas de época
ROBERTO ÁLVAREZ QUIÑONES | Los Ángeles | 5 Jun 2016 – 10:27 am.

Los medios de comunicación de Cuba no son cronistas de su época, como
ocurre en todo país normal. Cuando el castrismo sea ya solo el recuerdo
de una larga pesadilla, muy poco de lo escrito en la prensa plana, o
difundido en la TV, la radio, el cine, internet o los ensayos
publicados en la Isla, tendrá realmente valor histórico o sociológico.

Tampoco servirá de mucho la literatura escrita y publicada desde que
Fidel en 1961 adaptó una célebre frase de Benito Mussolini y precisó:
“Dentro de la revolución todo; contra la revolución, nada”. Pero no es
en la literatura donde me quiero detener hoy, sino en la prensa.

La razón de ello la resume un comentario que me hizo una destacada
colega y amiga hispana que hace algún tiempo fue de visita a La Habana:
“Es increíble, en los periódicos y la televisión no te enteras de nada
de lo que está pasando en Cuba y afecta a la gente de a pie”.

El papel de la prensa como veedora de la realidad cotidiana es bien
antiguo. En la Roma imperial, por ejemplo, las cartas (escritas para
ser publicadas) de Plinio el Joven permitieron conocer detalles de la
vida romana y de la erupción del Vesubio que sepultó a Pompeya. Pero fue
luego de que Gutenberg en el siglo XV revolucionó al mundo con la
imprenta que la prensa escrita hizo propiamente su aparición, con las
hojas volantes impresas que describían la vida urbana, rumores,
curiosidades y daban noticias. En América la primera hoja volante se
vendió en la Nueva España en 1542, y relataba un terremoto ocurrido en
Guatemala.

En el siglo XVII surgieron los periódicos impresos. Con la Revolución
Francesa se crearon más de 300 periódicos, casi todos destilando
sangre, pues unas 40.000 personas fueron guillotinadas, sobre todo en el
período de Terror (1793-1794). Desde aquellos tiempos genésicos hasta
hoy, en que la noticia se eleva 35.786 kilómetros en el cosmos y rebota
desde un satélite artificial hasta nuestro teléfono móvil, la prensa
escrita, radial, online, o televisada, deja constancia fundamental de
lo que ocurre en cada nación y en el mundo, siempre que no lo impida un
régimen tiránico.

Cuando Fidel Castro tomó el poder en 1959 lo primero que hizo fue
estatizar los periódicos, revistas, radioemisoras y los canales de TV.
Así, lejos de restablecer las libertades en el país como había prometido
desde la Sierra Maestra, las suprimió por completo. Cuba había sido
hasta entonces el país con más periódicos, revistas y aparatos de TV per
cápita en toda Latinoamérica.

De hecho, Castro convirtió en propiedad suya a la televisión e hizo un
uso de ella nunca antes visto. Dirigía el país por televisión, pues en
sus intervenciones televisadas tomaba decisiones que afectaban a todo el
pueblo.

Como también estatizó todo el sistema de educación, y expulsó del país a
sacerdotes y monjas, el dictador cumplió el sueño de Antonio Gramsci,
fundador del Partido Comunista de Italia, para quien la vía para
implantar el comunismo no era la revolución sangrienta postulada por
Marx y Lenin, sino lograr el control de las escuelas y universidades,
los medios de comunicación, y acabar con la influencia religiosa en la
población. Entre 1960 y 1961 Fidel lanzó la mayor operación de lavado de
cerebro realizada nunca en las Américas.

Y si bien hoy con los “paquetes de TV”, los teléfonos celulares, memory
flash, tabletas, etc, muchos jóvenes se enteran en la Isla de lo que
oculta la prensa nacional, la abrumadora mayoría de la población sigue
teniendo una visión distorsionada del mundo y de Cuba.

Ocultar la verdad

La prensa castrista no cumple la máxima martiana de que “la palabra es
para decir la verdad, no para ocultarla”. Tampoco cumple la regla
universal periodística de que en una noticia hay que ofrecer todos los
elementos en juego, y que con despolitizada objetividad hay que reflejar
las dos caras de la moneda. El PCC obliga a que se dé una sola, la
favorable a la “revolución”.

No fue leyendo Pravda que se enteraron los soviéticos de los 20 millones
que murieron durante el terror estalinista de 1932-1941 en la Unión
Soviética, la mitad fusilados y la otra mitad de hambre a causa de la
colectivización de las tierras, según un informe del Partido Comunista
de la URSS en un pleno del Comité Central en 1960 presidido por Nikita
Jrushov. Ni por medio de Renmin Ribao (Diario del Pueblo) los chinos
supieron de los millones de ciudadanos ejecutados o asesinados durante
la “revolución cultural” de Mao Tse Tung.

Revolución, Hoy, Granma, la radio y la TV y el ICAIC jamás reflejaron
los miles de fusilamientos extrajudiciales en el Escambray, o de
“gusanos” civiles; ni el desalojo, detención y traslado forzoso de
miles de familias campesinas de Villa Clara hacia “pueblos cautivos” en
Pinar del Río; o las expropiaciones y abusos contra quienes deseaban
emigrar, los atropellos y crímenes cometidos en la UMAP y en las
prisiones, etc.

¿Podemos hoy imaginarnos que Juventud Rebelde publique una foto de
Antonio Rodiles con la nariz destrozada luego de ser golpeado por un
esbirro, o ver en la TV a una Dama de Blanco arrastrada por el piso
hacia un vehículo del MININT?

¿Puede leerse en Bohemia un reportaje sobre la pobreza extrema de los
cubanos, la falta de libertades básicas, o las tribulaciones de la
gente para conseguir alimentos, vivienda, ropa; o la prostitución
controlada por la propia policía, o detalles de la dolce vita del
generalato y la elite civil de la dictadura?

“Radio Bemba”

No, los cubanos de a pie solo conocen lo que acontece en su barrio de
residencia, o en la ciudad si no es muy grande, y gracias a “Radio
Bemba”, el medio de difusión de nuestros primitivos ancestros en la Edad
de Piedra: la comunicación oral de persona a persona, típica hoy en
naciones con regímenes totalitarios.

Pero esa comunicación ancestral no trasciende a conglomerados humanos
lejanos, puede ser solo un rumor, y no deja constancia imperecedera
para los historiadores y sociólogos, que es el punto que quiero destacar.

O sea, hurgando en los medios de la Isla a partir de 1960 los futuros
investigadores sociales no podrán conocer las entrañas del castrismo, ni
los detalles del cataclismo que convirtió en ruinas a uno de los países
latinoamericanos más prósperos hasta 1958.

Claro, por suerte contarán con el vasto volumen de información y de
testimonios acumulado por la diáspora cubana, y por los valerosos
periodistas independientes en la Isla, que pese a las palizas, el
encarcelamiento y el hostigamiento constante, sí están dejando
constancia del drama cotidiano causado por los hermanos Castro.

Sin embargo, esos periodistas se ven obligados a difundir esencialmente
allende los mares lo que otean de la realidad cubana. Irónicamente, no
son aceptados en la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) cuando son
precisamente ellos los cronistas de su época, y quienes preservarán la
honrosa tradición del periodismo cubano: José Martí, Juan Gualberto
Gómez, Manuel Márquez Sterling y tantos otros tantos brillantes
exponentes de la profesión.

Source: Los medios en Cuba no son cronistas de época | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1464902530_22818.html

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